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REVISTA

Miguel López Cano: Una figura en el tiempo

Al conmemorarse 100 años de su natalicio
Dentro de pocas semanas se cumplirán 100 años del natalicio del político, poeta e intelectual Miguel López Cano Saponara (Pisco, 1911). En tal sentido, queremos destacar el significado de su legado; es decir, el de un peruano intensamente identificado con la justicia social y con los destinos del país.
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Miguel López Cano: Una figura en el tiempo

Miguel López Cano Saponara perteneció a una generación influenciada por el pensamiento de Manuel González Prada, por la creación literaria de Abraham Valdelomar y César Vallejo y, fundamentalmente, por los importantes cambios sociales y políticos suscitados en el contexto internacional y nacional, en las primeras décadas del siglo XX.

Se integró a las filas del llamado “Partido del Pueblo” (1931) y formó parte de una “generación heroica”, como la ha denominado uno de los discípulos de Víctor Raúl Haya de la Torre y destacado líder aprista, Carlos Roca Cáceres

La promoción de Miguel estuvo compuesta por un contingente de jóvenes que renunciaron a sus legítimas aspiraciones personales, profesionales y familiares, para consagrar su vida a los ideales de “pan con libertad”.

Durante el gobierno de Manuel Odría, padeció exilio. Trabajó en la fábrica de torpedos Werke de la República Federal Alemana y recorrió Europa Occidental, Egipto, Asia Menor y África del Norte, visitando lugares que ameritaron su inspiración poética.

Fue alcalde de Pisco (1945 - 1948), diputado por Ica (1963 - 1968), secretario de Víctor Raúl Haya de la Torre en la presidencia de la Asamblea Constituyente (1978 - 1979) y senador de la República (1980 - 1985). Sin embargo, las eventuales responsabilidades ejercidas por mandato popular, no alteraron su conducta diáfana. Será siempre reconocido como un servidor de la ciudadanía de impecables credenciales democráticas.

En clara demostración de su vocación concertadora, reunió a cuatro escritores para dialogar sobre un tema de interés nacional. Ejerciendo la presidencia de la comisión formada por los diputados Ciro Alegría y Julio Garrido Malaver, que dictaminó en 1963, el proyecto de ley de la Casa de la Cultura, convocó a su director, José María Arguedas, y al entonces ministro de Educación, Francisco Miró Quesada Cantuarias, en calidad de asesores.

Dio muestra –una vez más- de su capacidad de renuncia, cuando en 1985 declinó integrar la lista del Partido Aprista Peruano al Senado. “Abstenerse es obrar”, como dijo Nicolás de Piérola, pareciera que fue su dictado.

Su desenvolvimiento personal y político se caracterizó por su modestia y sencillez. Seguramente por esas razones en su artículo Haya, político impar (La República, 22 de febrero de 1999), destacó la actitud desprendida del fundador del aprismo, cuando señaló: “Consecuente consigo mismo, Víctor Raúl declinó el emolumento oficial, suprimió las atenciones gratuitas de la cafetería, no usó el automóvil oficial y devolvió a la Policía el patrullero que debía escoltarlo, recibiendo solamente la protección fraterna”.

En 1980, Miguel rehusó el vehículo oficial asignado a todos los senadores. ¡Cuánta falta le hace a nuestra clase política esos enaltecedores gestos!

Me correspondió conocerle en 1984, cuando numerosos problemas ambientales aquejaban a la Reserva Nacional de Paracas. La pretendida explotación de la bentonita (arcilla de aplicación industrial), la extracción indiscriminada de la concha de abanico, la contaminación marina ocasionada por la industria harinera, todo ello sumado a la negligencia gubernamental, estaban contribuyendo a la destrucción de uno de los parajes más representativos de las costas del Pacífico Sur.

Su firme defensa de Paracas, llevada a cabo solitariamente con el conservacionista Felipe Benavides Barreda, fue la culminación del trabajo iniciado en 1963, para salvaguardar un lugar con gran potencial histórico, paisajístico y ecológico. En 1965, logró la aprobación de la Ley 15386, que garantiza la protección del patrimonio arqueológico de la cultura Paracas y promueve “su estudio e investigación técnicamente dirigidas y para su exposición al público bajo control”.

Fueron incansables sus iniciativas legislativas para asegurar la intangibilidad de Paracas y el aprovechamiento inteligente de sus recursos naturales. Por ello, fue incomprendido por muchos, aunque sus argumentos fueran de un político visionario y sensible a las demandas sociales de los pobres.

Así se desprende de su discurso pronunciado en el Senado de la República, el 12 de agosto de 1982: “Se ha dicho y nos place repetirlo ahora, en el recinto de las leyes, que de la protección de los recursos naturales depende el desarrollo de la sociedad y el futuro del hombre. Defender la naturaleza es una forma noble y bella de defender la patria. En el caso de la Reserva Nacional de Paracas y, por extensión de todas nuestras reservas, demandamos, nada más y nada menos, preservar la integridad del Perú físico y la imagen cultural proyectada al mundo”.

También, sus inquietudes estuvieron relacionadas con la integración continental y el desarrollo económico de la región. Por lo tanto, creemos oportuno recordar sus vigentes afirmaciones al respecto: “Unir el Mar de Grau al gigantesco sistema vial transamazónico brasileño no solo sería un auspicioso inicio de integración económica sudamericana, sino también el factor determinante para el desarrollo de la infraestructura, del trabajo mejor remunerado y de la economía de algunas provincias peligrosamente deprimidas de Ayacucho, Apurímac, Cusco y las del hoy denominado “Trapecio Andino” influenciadas por la carretera Nasca - Madre de Dios en niveles agrarios, mineros, comerciales y turísticos. Además, la enorme cantera de los andes cusqueños puede proveer de minerales no metálicos a la región amazónica los cuales carece, mencionando uno de los de inferior costo, el óxido de calcio, indispensable para el tratamiento del agua turbia y contaminada”.

Militante aprista, luchador social, preocupado por la naturaleza, Miguel López Cano fue un peruano leal a sus ideas y comprometido con el pueblo. Practicó la bondad y la generosidad como una cultura de vida. De esos valores podemos testimoniar quienes tuvimos el privilegio de estar a su lado –disfrutando de su aprecio fraterno- durante casi dos décadas de relación personal y afectiva. Mi gratitud emocionada por su genuina amistad e inapreciable aliento.

Su vida fue intensa en logros, entregas y demostraciones de sólidas convicciones morales. Precisamente esa es la más valiosa herencia de este ilustre pisqueño, querido y admirado por sus enseñanzas cívicas, enseñanzas que serán inmortales. Descansa en la Casa del Señor, el compañero, amigo y padre espiritual.

Por Wilfredo Pérez Ruiz

Docente, conservacionista, consultor en temas ambientales, miembro del Instituto Vida y ex presidente del Patronato del Parque de las Leyendas – Felipe Benavides Barreda.

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Foto: Miguel López Cano con el autor de esta nota, en 1986.

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