Miércoles 18 de septiembre 2019   |   Contáctenos
REVISTA

EL REGALO PERFECTO

Historia de una Navidad esperada
La Navidad es el tiempo de redimir el pasado y proyectar la esperanza, buscar la paz interior y refugiarse en la magia de la inocencia. Este relato de recuerdos y presentes es mi mejor manera de celebrar la vida que se renueva en cada Navidad. Es la excusa para dar rienda suelta a la ilusión y a la solidaridad que todo lo hace real.
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EL REGALO PERFECTO
La habitación está iluminada solamente por la luz que viene de la ventana, esa luz grandota que siempre me da en la cara cuando giro a la derecha arropada en mi cama camarote, mis papás ya están durmiendo, creo, y sólo tengo que esperar. Mi hermano duerme apaciblemente en la cama de abajo, la curiosidad no lo consume como a mí. Permanezco despierta luchando con unos bostezos que persistentemente vienen a atacarme, pero soy fuerte y resisto.
 
Bajo por mis escaleritas y con sigiloso paso, salgo; deslizo mis dedos por las paredes que de pequeña me servían de lienzo, como artista liberada me entregaba al placer de dibujar y escribir en paredes prohibidas, para luego borrar cada línea y garabato bajo la atenta mirada de mi madre. Llego al cuarto de mis padres y compruebo que están profundamente dormidos, los observo y pienso que soy más astuta que ellos, que soy demasiado lista y que descubriré mis regalos primero. Me asomo a la sala, al árbol de Navidad y sólo encuentro un papel que dice: “Espera a mañana, que mañana es Navidad”…
 
Algunos años después
 
La oferta de la juguetería está demasiado buena, los precios insuperables, coordinamos papá y mamá por teléfono, diseñando una estratégica compra a espaldas de nuestra hija. La carroza de sus sueños, aquella con el caballo rosado y brillos deslumbrantes. Papá es el encargado de lograr la hazaña de conseguir, por el mejor precio, la sonrisa más grande en sus pequeños labios.
 
En estas fechas descubrir el regalo de Navidad se convierte en el objetivo para ella, despierta sus sentidos agudizando su intuición al máximo. Con sutiles preguntas y dulces coqueteos pretende que le digamos solo una palabrita que le permita descubrir el secreto. Primer intento: El padre, menos acostumbrado a las lides de la manipulación infantil, entra en el juego del interrogatorio. Con sonrisitas y apapachos busca comprar su confesión bajo el sagrado juramento de no decirle nada a mamá, y guardar el divino misterio hasta la noche de Navidad.
 
Nada funciona, fuerte y entero sale bien librado de la tentación y paso siguiente, el contraataque viene por el lado materno, más duro y más experimentado. La estrategia a seguir es una muy diferente: Las eternas promesas de buen comportamiento que llegan hasta cuando cumpla quince años. Si tan solo creyera que algo de lo que dice es posible caería rendida a sus pies, pero no, sus palabras están influenciadas por la natural curiosidad y emoción que la Navidad despierta en los niños.
 
-Mami, sólo respóndeme una pregunta y te dejo tranquila-, dice con férrea determinación. Accedo a responder con la seriedad que se tiene al cerrar una transacción comercial del más alto nivel, -qué pregunta-, respondo, -¿Ya compraste mi regalo?- ja, ya veo el juego muchachita, pienso. Una pregunta que en si misma no significa mucho si es que la repregunta no viene de inmediato; pero sigo su juego y digo, -Si, ya lo compré-.
 
Y justo en ese instante su rostro se desfigura de felicidad perdiendo la compostura de litigante, se tiende en mis brazos para rogar que se lo diga,
solo atino a reír y darle un beso en la frente porque me resulta tan deliciosa su capacidad de disfrutar la magia de las emociones.
 
Pasan los días y procura descubrir por ella misma la verdad asegurando que maneja información confidencial, alardeando con la supuesta certeza de conocer dónde y cuál es su regalo perfecto para esta navidad. Nos cuenta que está en el closet de mi cuarto, guardado en el maletero para que ella no lo vea. Nos persuade con esta teoría pero estoicamente resistimos el segundo ataque.
 
El juego que vivimos en casa continúa atizándose de chispas repentinas de inquietud que mantienen la alegría hasta la noche de navidad, noche en la que los secretos se develarán y dejará el recuerdo de esas sonrisas que con el tiempo resonarán fuerte en su memoria… y en las nuestras.
 
Virar la mirada al corazón
 
A la Navidad yo le debo agradecer algo muy especial. Con los años he transformado mi natural necesidad de recibir con la de dar. Hoy trataba de recordar cuando fue la última Navidad que pensaba en lo que recibiría, y ya no lo sé. Quedó atrás, perdida en esa ansiedad infantil por el regalo y los juguetes. Ahora las ganas de dar y compartir espacios que renueven mi fe en la familia y la amistad es lo más importante.
 
Jugar a esconder los regalos de mi hija y convertirme en niña otra vez para transar y emocionarme con toda la libertad, eso también es la Navidad. Decorar un árbol, iluminar sin razón alguna la casa, resucitar mi fe en un pequeño pesebre hecho de cerámica de Chulucanas, es la verdadera oportunidad de creer y disfrutar más allá de tradiciones heredadas o influencias comerciales.
 
Dicen que la magia es la capacidad de creer y así empezar a ver, ver un espacio inexistente, una parte de otro mundo. Así es como la Navidad recrea esa transformación que te lleva del universo material al espiritual, de la experiencia individual a la colectiva. Dar, es la clave de muchos peruanos en esta fecha, dispuestos a rescatar sonrisas en los otros, dándose como Jesús se dio, en la sencillez de un humilde pesebre, para conseguir cumplir las promesas y ver ese espacio nuevo, renovado de afecto y confianza en la raza humana.
 
Recargar las baterías de la solidaridad que finalmente encierra el amor que todo lo puede y todo lo entiende… una carroza brillante, una caja de bombones o una palabra de aliento, son simples símbolos que consuman la entrega de un corazón a otro corazón, ese es tal vez el regalo perfecto, aquel que no tiene precio, aquel que va más allá, aquel que arraiga el sentimiento en la gratitud y la bendición de poder dar algo que salga de ti mismo.
 
Antes de cerrar este relato preparo con mi hija paquetes cargados de juguetes y detalles que ella misma decide compartir esta Navidad, nos imaginamos a las niñas que abrirán los regalos que envolvemos, sus caritas, su emoción, y me siento satisfecha por intentar sembrar esa mirada compasiva y solidaria que hoy en día es tan difícil lograr. Intento recrear en la memoria emotiva de mi familia no solo la dicha propia, sino la bendición ajena, esa que no se ve, pero que va existiendo gracias a la fe.
 
La observo colocar los lazos rojos en las cajitas y agradezco a la vida poder experimentar estos momentos de intensa felicidad.

Feliz Navidad y deseo que encuentres ese regalo que te llene el alma, te envuelva en una cálida sonrisa y replete tu corazón.

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