Miércoles 18 de septiembre 2019   |   Contáctenos
REVISTA

AJEDREZ EN EL PERÚ

Diana Asmat: Campeona de exportación
Una guerra siempre es la teatralización de la incapacidad humana para resolver un conflicto. Un juego de guerra recrea la morbosa necesidad por ver sangre y sentir el poder. El ajedrez, sin embargo, es la representación de una guerra inexistente, que sin sangre y morbo, despierta lúdicamente la poderosa fuerza que mueve a la raza humana: el placer de conquistar.
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AJEDREZ EN EL PERÚ
REINA DE CATORCE AÑOS
 
El cronómetro empieza su marcha y ambos competidores toman su lugar. Se posesionan de una simple silla que lleva la importante misión de contener sus cuerpos mientras dure la batalla. Batalla de estrategias, el deporte más pausado y aquel que le exige a la razón no echar mano del azar, no confiar en la suerte, sino en la metódica inspiración que le permita llegar al triunfo final.
 
El contendor, de reflexivo perfil, es capaz de transformar un tablero de sesenta y cuatro casillas, claras y oscuras, en una endiablada superficie que lo llevará a la gloria sólo si logra la concentración y devoción necesarias para imponerse. Diana Asmat es una prueba incontrastable de inteligencia, entrega y perseverancia.
 
La pieza más poderosa es la reina, aquella que se mueve con cautela y precisión para evitar que su rey sea tocado. Porque el secreto que guarda el ajedrez es que ella controla el terreno, no sólo es una lucha de ejércitos inventados, sino de género. Una reina que no pide permiso para avanzar, así como en la vida real Diana no pidió permiso para creer que podía ser una campeona de ajedrez para el mundo.
 
La ciudad de la eterna primavera, Trujillo, en La Libertad vio nacer hace catorce años a esta niña de sonrisa amplia e inquieta pasión por el ajedrez. Maestra de la Federación Internacional De Ajedrez (FIDE), a sus escasos años ha alcanzado con una determinación admirable el título que ostenta gracias a una asombrosa carrera en el Ajedrez Internacional, siendo parte de la selección juvenil peruana.
 
NADIE ENROCA A LA REINA
 
La observación es la clave para compenetrarse en el juego y entender que no se trata de invadir el campo contrario por hacerlo, sin un sentido claro y organizado; se trata de conocer, percibir cada movimiento del enemigo con astucia para devolver el zarpazo en el momento indicado. En el Ajedrez no cuenta la fuerza de las piernas que corre tras un balón o la resistencia de los abdominales, interviene el cerebro y la inteligenciaque encierran el misterio de todo ajedrecista.
 
Conocer la historia de Diana Asmat ha sido reconfortante y esperanzador, me preguntaba qué elemento influyó en esta niña que a los diez años ya era campeona Panamericana en su categoría, y que a los catorce repitió su osadía frente a 17 delegaciones en el Festival Panamericano de la Juventud en Argentina el pasado 2008. A pesar de ser un deporte de minorías, el Ajedrez cautiva a muchos niños de nuestro país, que nos demuestran su capacidad para despertar la mente y conquistar las de otros.
 
En el juego a los ataques violentos se responde con contraataques y capturas rápidas; los alfiles, caballos y torres se encargan de dar el espectáculo con jugadas vistosas y arriesgadas, mientras que los peones sólo sirven para endulzar al enemigo con una muerte que satisfaga la estrategia del ejecutor.
 
JAQUE MATE AL TEMOR
 
Las estructuras sociales también están reflejadas en este juego, cada pieza tiene un margen de acción, un límite que no debe traspasarse, porque de hacerlo la furia del reglamento caería sobre el trasgresor y quedaría eliminado irremediablemente. Estos límites no impidieron que Diana soñara y llegara al Mundial de Ajedrez en octubre del 2008. En la lejana Vung Tau, en Vietnam, durante tres semanas de intensa competencia se jugaron la vida decenas de niños y jóvenes amantes de la apacible adrenalina que este juego expide.
 
Dos contrincantes, uno frente al otro, cruzan las miradas como si pequeñas dagas les poblaran los ojos, retando su capacidad de concretar una victoria en pocos movimientos. Nadie subestima al oponente, ambos saben que si la vida los enfrenta es porque deben respetarse, competir con clase y sobre todo, destreza. Destreza en la mente y agilidad en los dedos. Cada jugada, cada toque de una pieza forma parte de esta extraña seducción por un silencioso deporte que ha sobrevivido miles de años y ha conquistado desde la ancestral India a todas las culturas del mundo.
 
Durante la partida se miden con prudente distancia, tranquilos atienden el tablero intentando predecir la jugada que viene en los ojos del otro. Los gestos y expresiones que este ritual de sabiduría impone son inconmovibles. La atmósfera es alimentada por un mutismo cómplice que agudiza los sentidos al máximo, y el placer se vuelve casi solitario, sin público que aplauda, el ajedrez sigue su propio ritmo y excluye el ruido y la rabia.
 
TABLERO INFINITO PARA SOÑAR
 
Imagino a Diana como Alicia perdida y feliz en ese inmenso y loco tablero de casillas blancas y negras ejecutando maravillada su próxima jugada. En un mundo que no está al revés ella se mueve alegre y satisfecha por haber sido la peruana más representativa del Mundial en Vietnam. El espejo del cuarto de Alicia hizo que la realidad se trastocara y mágicamente su mesita con el pequeño juego de ajedrez se diluyó en una dimensión desconocida y fascinante. Lúdicas e incomprensibles las piezas de ajedrez se movían desorbitadamente. En este entrañable libro, Alicia a través del espejo, Lewis Carroll creó un universo de sátiras y aventuras con la sincera intención de fabricar un lugar libre de esa lógica que aprisiona el espíritu y trunca los caminos de los sueños.
 
Diana avanza hacia su propio destino pleno y febril. Sin vivir en el país de las maravillas de Alicia, ella ha convertido a su país en una oportunidad maravillosa para desarrollar un espacio diferente; sin ser la deportista de moda que gana miles de dólares, es el orgullo de una comunidad que apoyó su anhelo de ir a Vietnam permitiéndole ganar experiencia, logrando mejorar su marca personal, pero quedando pendiente la tarea de lograr en el próximo torneo una medalla que corone su sueño, que con más apoyo podría ser real.

Si cada persona se preocupara en alcanzar uno sólo de sus sueños, con cuántas buenas noticias despertaríamos cada mañana, llenaríamos paredes y calles con pancartas de alegría porque los peruanos, al fin, creemos que es posible. Ella creyó, y llevando la bandera del Perú muy en alto durante la clausura del Mundial en Vietnam fue la mejor ajedrecista que su corazón y esfuerzo le permitieron ser.

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