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Miércoles 13 de noviembre 2019   |   Contáctenos
REVISTA

BLANCA VARELA

Su escena final
Blanca Varela nos dejó el pasado jueves 12 de marzo. No hubo detalles, no hubo acto público sino solo silencio. Ese silencio que ella buscó casi frenéticamente durante su vida de poeta. Su vida de escritora comprometida con esa palabra justa y exacta, sin ornamentos y aderezos. Simple blancura y eterna presencia que hará mucha falta para la poesía universal.
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BLANCA VARELA

"...soy la isla que avanza sostenida por la muerte

o una ciudad ferozmente cercada por la vida..."

Poema "Escena Final"

 

No tenía la habitual pretensión de los escritores por figurar o recibir reconocimientos, mas bien era esquiva y hermética. En los 82 años que permaneció en este pedazo de mundo, porque existen otros, como el de su poesía, Blanca Varela jamás echó mano de lo común, del ruido de las entrevistas, ni de los cumplidos complacientes. No necesitó la redundancia de la comparsa para reconocerse ella misma como escritora, no buscó la multitud. Fue la única mujer de la Generación del ‘50, aquella que puede ser leída hoy en inglés, francés, portugués, italiano y ruso.

 

El destino le guardó casi para el final de su camino la gloria y los aplausos al otorgarle el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en el año 2001, y en el 2006 el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, en Granada, uno de los más importantes galardones de la poesía en español, merecido honor que no pudo recibir personalmente por su delicado estado de salud. Paradójicamente lo recibió su hijo Vicente Szyszlo, y es paradójico porque fue la primera vez en la historia de esa premiación que lo ganaba una mujer. Sin proponérselo, Blanca desafió la ruta natural de la vida, fue la primera, y lo demás, ya no importaba.

 

Poesía existencial, verdadera, ella misma definía su quehacer como propio, reconocible a lo lejos, a pesar de la distancia o de la muerte... "Mi poesía es dura, y desentona. A veces no tengo respeto por las palabras que son consideradas como poéticas. Yo uso todo lo que me sirve (...) eso lo heredé de Vallejo: El hacía cosas maravillosas, no le importaba torcerle el cuello a la gramática", Blanca Varela construyó a partir de su experiencia intensa de sonido y silencio, de alegría y dolor, una poesía muy esencial.

 

INFLUENCIAS

 

El origen de Blanca como poeta es impredecible, tal vez fue cuando nació o cuando descubrió, de niña, que lo único que no muere es la expresión, el lenguaje, esa bocanada de aire que forma fonemas, que integran palabras, que explotan en mensajes abstractos o exactos. Tal vez fue en ese momento cuando encontró respuestas a tantas preguntas…

 

Eran los años cuarenta cuando la joven Blanca Varela ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, sin predecir lo que la esperaba. Amiga entrañable de Sebastián Salazar Bondy, descubre gracias a él los laberintos más profundos e intensos de la poesía. "Él fue la primera persona en interesarse por lo que hacía. Un día me preguntó si yo escribía. Yo le dije que sí y le mostré algunas cosas. Me las devolvió diciéndome que lo que yo hacía le recordaba a la poesía de Julio Herrera y Reissig, un uruguayo del que yo no conocía nada. Eso bastó para estimular mi interés".

 

Por esos años Blanca Varela disfrutaba del estallido libertario  y de la búsqueda insaciable del conocimiento, hasta llegar a José María Arguedas. Reunidos con frecuencia en la Peña Pancho Fierro en la Lima de la época, Arguedas ayudó a Blanca a encontrarse con una visión diferente del Perú, a conectarse desde otro lugar con su país. "A él le debe mi poesía no la forma ni la intención inmediata, sino su paisaje más profundo, algo semejante a la sangre o a las raíces".

 

En uso excepcional de su libertad y determinación, se casa con el joven pintor Fernando de  Szyszlo emprendiendo en 1949 (en el barco inglés Reina del Pacífico) una aventura artística fascinante. "Viajamos a París porque era obligatorio hacerlo. No se completaba una formación artística si no se llegaba a París. Allá nos dimos cuenta de que Europa era una maravilla, pero se trataba de un lugar muy cerrado. Pensamos que los europeos eran inteligentes, eran finos, decían cosas especiales, pero ignoraban mucho sobre otras culturas. (...) Nosotros, en cambio, sí asumimos otras culturas. Allá nos dimos cuenta de que no éramos franceses porque no hablábamos francés y que tampoco éramos españoles, porque nuestro castellano es distinto. Quizás en razón de esa experiencia, mi poesía ha sido una búsqueda de identidad a partir de la constatación de que nuestra identidad ha sido la no identidad. Regresé al Perú porque sentí que esto era mi hogar".

 

Sin embargo, París le permitió encontrar el hilo que la llevaría a la madeja de su palabra y su poesía.  Escribe "Ese puerto existe", su primer libro, gracias a la relevante presencia de Octavio Paz, poeta de incomparable influencia en la poesía latinoamericana, quien la impulsó a perseverar y creer en su propia voz. A no consentir su propio silencio.

 

A CASA

 

En noviembre del 2007, Camila, su nieta, recibe por ella el Premio de Poesía Reina Sofía, galardón máximo de la poesía castellana. De la mano del Rey de España, Camila contó emotivamente porqué su abuela no estaba allí sentada, en primera fila disfrutando de su momento y de la cosecha que supone la rigurosa batalla de la escritura.

 

Después de París, viene Washington y Florencia, una vida de avatares intelectuales, profesionales como periodista y traductora, regresa a casa, a Perú.  Ahora madre, de Vicente y Lorenzo conoce lo cotidiano amando embravecida y ferozmente a sus hijos; entregándoles su apasionado corazón. El matrimonio con Fernando de Szyszlo termina, siendo amigos y compañeros aun, enfrentan en 1996 el impacto más desgarrador, Lorenzo, su hijo menor, muere en un accidente aéreo, dejando a una madre sumida en un dolor visceral e inhumano.

 

Blanca de alguna manera nunca se recuperó, su tristeza la quebró en dos y su agónico desconsuelo fue el causante de su silencio,  de su posterior enfermedad. Camila, hija de Lorenzo,  contó al Rey de España durante la ceremonia en Madrid al recibir el Premio Reina Sofía.  "Blanca, sublevada contra el destino, atravesada por el dolor más grande del mundo, se fuera sumiendo en un silencio deliberado que con los años ha llegado a convertirse en una condición fisiológica. Blanca ha perdido el don de la palabra y el de la escritura, pero nosotros hemos ganado, gracias a quienes como usted creen en la poesía, su obra excepcional...".

 

Misteriosa es la vida, y más aún la poesía, que encierra la fuente de inspiración de quien dedica sus días a enhebrar conceptos y emociones. Blanca es capaz de volver en cada página de las muchas antologías que se editan sobre su obra, reviviendo su voz y su valentía. Mientras duró fue eterna y vital. Mientras duró su magia nos regaló "Canto Villano", "Valses y otras falsas confesiones", "Luz de día", "Concierto animal", "Donde todo termina abre las alas", entre muchos libros y poemas que arrebataron el pensamiento y consolaron el alma de sus lectores.

 

SIN DESPEDIDAS

 

Cuando la muerte ataca, el egoísmo natural aflora, nos copa, nos invade de incertidumbre y nos roba el piso, la estabilidad. Pretendemos aguardar un suspiro, una mirada, una última palabra. La muerte es y seguirá siendo la reina de las acechanzas.

 

Segundos sin tiempo, hecho concreto que nos enfrenta al vacío involuntario, a ese sendero, absurdo, frío; ese silencio, y otra vez el silencio, penetrando y asfixiando a veces hasta la locura. Blanca Varela se fue, habría que aceptarlo con confianza, y como ella lo hizo cuando su hijo falleció, asumir que ya casi entró en el mismo ámbito de la poesía. En ese ámbito sin cuerpo, sin materia, que se vuelve esencia, ligera, presente... latente.
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