Jueves 20 de junio 2019   |   Contáctenos
REVISTA

CARLOS "CHINO" DOMÍNGUEZ

A través del tiempo
Llegó a mis manos el libro "Los Peruanos", una comisión, un nuevo encargo. Un personaje que se hizo a través del tiempo y una cámara fotográfica legendaria, necesario. Lo abrí, y como si trasmutara a otro espacio decenas de rostros y ojos se clavaron en mi. Se posaron para sembrar la duda y reanimar a la memoria. Una memoria que por mis treinta y un años no es mía, pero gracias al trabajo del Carlos "Chino" Domínguez, también me pertenece.
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CARLOS 'CHINO' DOMÍNGUEZ

Y si algo hay que agradecerle al señor Domínguez  es habernos regalado una historia, habernos confrontado con un pasado difícil, complejo, cíclico, sarcástico, a veces doloroso, a veces feliz. Nos forzó a recordar y a no dejar ir ese Perú enrostrado en la cara de un mendigo o en las manos de un loquito. Vimos presidentes, intelectuales, niños y hombres abandonados a ese momento exacto, a ese instante, que sin saberlo, formaría parte del millón (y más) de negativos que el Chino Domínguez ha acumulado en más de 60 años de carrera fotográfica.

 

Reportero gráfico y escultor de almas, retratista de una época importante para el país, y me pregunto ¿cuál época es esa? Todas, cada foto es una época, encierra un misterio, un algo que decir, una palabra sin sonido que enmudece en las retinas. Con el Chino no hay sonido, pero hay grito, con el Chino no hay llanto, pero hay dolor, con el Chino las emociones se convierten en siluetas, líneas, volumen, se transforman en verdad.

 

 

Él es sin duda, el fotógrafo más destacado de los últimos años. Creó el concepto de fotoperiodismo en el Perú y elevó el estándar de su desarrollo a niveles insospechados, testimonial y presente, su lente no dejó casi nada por decir. Hoy a sus 75 años puede descansar en el trabajo realizado. Todo lo que valía la pena mirar, lo fotografió, todo o casi todo.

 

DE SOÑADOR A FOTÓGRAFO

 

Algo extraño tiene que haber ocurrido para que un muchacho, allá en la Lima de los cuarenta, tenga la férrea determinación de crecer como lo hizo el Chino Domínguez. La historia nos cuenta que a los doce años fue obrero en la fábrica de cristales Ferrand, de allí posiblemente, sacó la minuciosidad y la sutileza, cualidades que su fotografía abriga a pesar de la miseria y la pobreza, a pesar del personaje o la manifestación popular. Los cristales que en su niñez aprendió a observar serían, tal vez, la sigilosa siembra de un toque particular y extraordinariamente único.

 

Su corazón estaba puesto en la pintura, deseaba convertirse en artista, a los 14 años gana un concurso por un afiche que realizó para unos amigos, pero su padre le decía que los pintores eran muy borrachos, muy bohemios, que mejor se dedique a la fotografía, y lo lleva a Foto Estudio "Venus", en el distrito de Surquillo, en donde el fotógrafo japonés Antonio Noguchi le permite ser su aprendiz y le muestra, por primera vez, el mundo de la imagen impresa.

 

Con él aprende los secretos de la técnica del revelado y limpieza de negativos, y cuando menos esperaba surgió la magia, motivado el Chino Domínguez secretamente decide no ser uno más, y enrumba a Buenos Aires, al Instituto de Fotografía "Sandy", para formarse profesionalmente.

 

 

UN MUNDO VISUAL

 

Lo que vino fue parte de su fascinante historia, becado por su talento indiscutible en Argentina, entra a la revista deportiva "El Gráfico" al lado de Félix Frascara, de quien aprendiera a ver el fútbol, como reportero profesional. A los 19 años retorna a Lima, con una formación consolidada y una sensibilidad que estaría a punto de estallar. Trabaja en los diarios "Impacto", "Presente" y "La Tribuna", definiéndose de a pocos como un fotógrafo libre e independiente. Sin ataduras partidarias o incendiarias, el Chino desarrolla una carrera inteligente y aprende a sortear a los dominadores.

 

No se amarra con nadie, y es así que llega a la Revista "Caretas" en 1963 y sus imágenes logran una notoriedad evidente. Audaz y temerario a la hora de capturar la imagen, en "Caretas" pudo mostrar su arte, porque el fotoperiodismo es un arte en sus manos. Allí cambió la aletargada creencia de que la foto era la comparsa del texto, era la dama escondida. Con el Chino eso cambió, sus fotografías contenían historias en ellas mismas, podían prescindir de las letras. Generaban una conexión con el lector, de pronto, esa instantánea de la ciudad o del mundo te convertía en parte del hecho histórico, sea político o social.

 

Durante siete años trabaja en la revista, y en otros medios también, mientras eso ocurría la Universidad Nacional Mayor de San Marcos le otorga en 1966 el Título de Periodista Profesional y Reportero Gráfico. Ya no había límites para su creatividad, era evidente que sin retoques o arreglos mostraba una crítica visión del país.

 

Desde los años sesenta ha estado en cada evento político, requerido por medios internacionales ha cubierto los hechos más saltantes, fotografió a los peruanos que murieron con el Che en Bolivia, con Salvador Allende en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular, vive la guerra sandinista y logra unas fotos exclusivas con el dictador Anastacio Somoza en Managua, Nicaragua. Es decir, su ojo clínico, como muchos lo llaman, ha estado en el lugar exacto en el momento justo, toda su vida.

 

Quizá, los episodios más dolorosos para el Chino, han sido los que envuelven la tragedia que sufrió nuestro país en los ochenta, Ayacucho, ciudad de lágrimas por el ensañamiento de la violencia, lo empujó a ese eterno dilema entre lo personal y lo profesional. Dónde empieza el fotógrafo y dónde termina el ser humano que tiene frente a sí a un querido amigo asesinado, en Uchuraccay se enfrentó desgarradoramente a esa disyuntiva, Jorge Sedano, reportero gráfico, fue hallado, entre otros de sus alumnos, después de la incesante búsqueda de su cadáver.

 

Su hija Mary Domínguez, periodista y fotógrafa, cuenta en está edición del libro "Los Peruanos" que su padre lloró mientras su dedo seguía valientemente disparando la cámara al cuerpo de su colega y amigo. Dura es la memoria y dura la existencia que a veces impone el día a día a un periodista. El Chino Domínguez resistió los embates de mucha melancolía, y es un significativo hombre para la memoria colectiva nacional.

 

ESENCIA

 

¿Qué Perú ve el Chino?, ¿qué sensaciones quedan después de sesenta años de imágenes? Evidencias, la fotografía que nos propone es una evidencia de la diversidad que el ser humano tiene, que los peruanos tenemos. Al pasar cada página del libro no puedo evitar sensaciones de rechazo, de lejanía, esa no soy yo, pienso, ¿o si? Seré o no seré esas mujeres y esos hombres que algo me cuentan.

 

La fotografía es el arte que condensa y paraliza el universo, detiene la vuelta natural y retrocede la cinta de la vida para volver a mirar, y me vuelvo a preguntar ¿por qué hay que volver a mirar? ¿Por qué el Chino Domínguez insiste en dejarnos esa interrogante clavada en el corazón?, porque de eso estamos hechos creo, de imágenes incrustadas en el corazón, la retina, las manos, la emoción. La alegría... nadie guarda fotografías en casa que retraten la tristeza, pero en el fotoperiodismo el dolor y la pobreza son parte de la cotidianeidad, son la parte que no cambia.

 

El Chino ha sobrevivido a sus imágenes, tiene el lugar que le corresponde, recibió en 1986 las Palmas Artísticas en grado de Gran Maestro, por el Ministerio de Educación en reconocimiento a su labor y su aporte a la cultura; y ese es su misterio, cómo logró trascender las páginas de los diarios o revistas y ser un fotógrafo de culto, cómo se sacudió  la tinta y dio vida propia a sus fotos. Un misterio que sólo él ha tenido.

 

Jefe de Fotografía de muchos medios de comunicación, vio nacer y morir periódicos, políticos, personajes, guerras, pasiones y su lente se mantuvo libre y veraz. No trastocó la realidad para generar más ventas o más emoción, no sucumbió ante las tentativas y tratativas comerciales. Es parte de la vieja guardia de periodistas que sin adefesios o poses alcanzaron el aplauso y la mirada llena de respeto.

 

Hoy batalla, sin queja alguna, con un mal que lo obliga a someterse a diálisis tres veces por semana, hoy se despide de su más de un millón de negativos, hoy el Chino Domínguez me recibe en su casa, con su calidez y ternura, y me cuenta su verdadero hoy.

 

EL ENCUENTRO

 

Vendió su archivo fotográfico

Con el correr del tiempo me he dado cuenta que lo que tenía era una forma de memoria de este país. Los problemas sociales, políticos, golpes de Estado, deportes, las cárceles del Perú (...) Yo no quiero que este material de 60 años de trabajo se vaya a perder, muy poca gente sabe la importancia de un archivo. Las próximas generaciones lo sabrán. Ahora estamos, mis hijas y yo, en pleno proceso de ordenar, digitalizar y agregar leyendas para enriquecer el material. La Universidad Alas Peruanas lo tendrá después. Eso es lo valioso de este tipo de memoria, Alan García me puso cuando publiqué mi primer libro, "la retina del Perú", Pablo Macera, dijo que yo era "los ojos de la historia".

 

¿Cómo se siente al dejar ir su material?

No es una carga, es un desprendimiento, para que cuando esté organizado cualquier joven pueda ver qué paso. Esta es una fotografía didáctica, que ves en la calle, hay muchas que son artísticas, esta es la fotografía real, sin retoques. Antes no había necesidad de retocarlas, se usaba la luz del día y eso suavizaba todo, al natural. Las hacia etéreas, muy bellas.

 

Leí que ahora quiere tomar fotos a las cosas bellas, ya no la denuncia social.

Hay cosas bellas, siempre ha habido. Voy a cambiar de rumbo, a partir de este cambio radical (venta del archivo). Hice hace años muchas fotografías abstractas, que he encontrado al caminar, y las he ido guardando. Me iba al mercado y veía un racimo de uvas, de colores, variadas y le daba el aspecto de un cuadro. Un bodegón.

 

Allí se encontró con su raíz de pintor.

Sí, pero estoy preparándome. Poder hacer la otra cosa que he querido hacer. Para comenzar no conozco ni digitar la computadora, voy a contratar a alguien que me enseñe, porque quiero ese material abstracto, las bellezas escondidas, trasladarlas allí. Ese objeto visual trasladarlo a la computadora y ver que veo, darle tonalidades.

 

A través del tiempo, el abstracto de pronto ya no es tan abstracto.

Exacto, se ve de otra forma. Es otra forma visual. Definitivamente.

 

¿Ha habido espacio para la alegría a pesar de lo difícil que ha visto?

Siempre, lo que pasa es que uno se multiplica, yo considero que a mi me han puesto en este planeta para una labor específica. 60 años después me doy cuenta, sin querer, que ya lo he estado haciendo.

 

Ese vivir al día, sin deber nada, ¿lo ha tenido siempre?

Tienes que vivirlo siempre, no descuides el día. Y a la hora que te vas a dormir, duermes bien.

 

¿Hubo pesadillas por lo visto?

He tenido algunas pesadillas, si como no. Eso inmediatamente revive en el momento más placido, allí. Siempre, vives en el sueño esa pesadilla. He visto cosas terribles de amigos, personas que he encontrado muertas.

 

Y ahora, con 75 años, ¿se siente satisfecho?

Yo te diría que en parte, porque lo que yo he fotografiado, nadie lo ha solucionado. Ningún gobierno. Todos esos niños que yo he fotografiado hace 60 años, deben tener 70, y este país sigue igual. La educación está por los suelos, todo lo demás es pura historia, puro cuento.

 

Pero ¿hay una frustración personal?

Si como no, no he visto la alegría de un millón de niños, más bien he visto la tristeza de un millón de niños peruanos tuberculosos.

 

Iba a colgar las cámaras cuando viera a ese millón de niños ¿sigue esperando ese día?

Tú te imaginas eso, niños con salud... Pero ya cumplí, creo, una tarea.

 

Está en una nueva fase creativa, ¿se ha renovado?

Tienes que renovarte, te sientes bien, estás más impetuoso para la búsqueda de las imágenes, de los colores. Quiero ver.

 

¿El color?

Las mías son fotografías básicamente en blanco y negro, las que no han visto son en color, esa parte de los detalles, la más íntima. Me decían mucho que solo tomaba fotos en blanco y negro, y yo respondía que el Perú es un país en blanco y negro.

 

Digamos que ahora entra el color.

Este país tiene color, lo que pasa es que no me dedicaba mucho a buscarlo, lo otro me absorbía más. Ahora me voy con todo.

 

Ahora toca el color y la sonrisa.

Así es. Lo que no cambia es la forma de mirar.
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