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Miércoles 04 de octubre 2023   |   Contáctenos
REVISTA

WOODSTOCK

Revolución Musical
La Granja de Bethel, en Nueva York, fue el escenario para que la historia musical escribiera su capítulo más trascendente, el Festival de Música y Arte de Woodstock, hace 40 años. Han pasado cuatro décadas y en la memoria queda aún esa fragancia de libertad, rock & roll, margaritas y euforia.
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WOODSTOCK

Un lugar llamado Bethel

 

Woodstock sería el pueblo original que albergaría al Festival, cerca a una zona llamada Wallkill, en los Estados Unidos, sin embargo las disputas entre los organizadores y la población, que se oponía ferozmente a la realización del evento allí por motivos de seguridad, alejaron a la localidad del festival que lleva su nombre.

 

Era julio de 1969, poco menos de un mes para la fecha del encuentro y no tenían lugar. El hijo del granjero Max Yusgur lo convenció para ofrecer sus terrenos en Bethel, Sullivan Country, cerca a Nueva York y celebrar allí la fiesta del amor y paz.

 

Con 50 mil dólares de por medio alquilaron los campos, y tuvieron la titánica tarea de montar un escenario, preparar luces, sonido, cercos de seguridad, en pocos días. "Sólo teníamos 28 días para construir el sitio y en aquella época había llovido desde hacía 20 días. También teníamos problemas de dinero. Pero lo logramos", dice Mel Lawrence, uno de los organizadores. "Era algo imposible de planear. Fue una serie de circunstancias que se superpusieron de manera misteriosa. Creo que fue el karma. Tratamos el lugar, Bethel, con mucho, mucho respeto". (AFP)

 

La convocatoria se hizo con alegría y entusiasmo, se esperaba recibir a 50 mil personas por 18 dólares cada uno, pero la vida tenía reservada una enigmática respuesta. Un desenlace diferente. Los ideales que motivaron Woodstock, con el tiempo, fueron más que económicos. Convirtiéndolo en un icono social.

 

Viernes 15 de agosto, 5:07 p.m.

 

Todos aquellos que recuerdan esa época evocan algo misterioso, una mágica conexión, producto también de las drogas y el alcohol, que se vivió en esos días. Finalmente Richie Havens abre el espectáculo el viernes 15 de agosto a las cinco y siete minutos de la tarde. Miles y miles de personas disfrutando de lo que sería su ilusión más grande. Los ideales pacifistas en contra posición a la Guerra de Vietman, avivaban la felicidad y locura de los asistentes.

 

Todo era amor y paz, generando con el paso de los músicos y cantantes una emotiva reacción. Horas de rock y folk salpicadas por evocaciones de espiritualidad oriental, como la de Swani Satchidananda. Durante el primer día mientras Ravi Shankar cantaba, una lluvia estrepitosa empezó a caer, provocando que la atmósfera especialmente efusiva se elevase.

 

Nada detenía el ímpetu de Woodstock, el movimiento llamado hippie era el protagonista del Festival, cabelleras largas en los hombres, margaritas en los cabellos de las mujeres y niñas recreando el "Flower Power" de los sesenta, símbolos del pacifismo y ecología, intereses que los jóvenes defendían con apasionada rebeldía.

 

Los buses amarillos y las camionetas con pintas coloridas, flores y verde que pretendían aislar esos días la rabia y la pena de la guerra. La represión natural que el joven advierte, la sinrazón de una generación que vio en Woodstock una válvula de escape, una fuga llena de sueños idealistas que alimentaban su sentido de vida. La música se retomó al mediodía del día siguiente.

 

Sábado 16 de agosto, 12:15 p.m.

 

Lo que tuvimos aquí  una sola vez en la vida ocurrirá.

(Bert Feldman, historiador de Bethel)

 

Woodstock marcó un hito en la música del mundo, consagró a bandas legendarias y mitificó a cantantes que ni siquiera tenían su primer disco grabado, ese fue el caso de Carlos Santana, que destapó su mejor swing y contagió al medio millón de espectadores con su sangre latina por solo 2,500 dólares por presentación. Una fibra de energía y rítmica pasión despertó los corazones dormidos, el negocio de la música en ese entonces no sumaba las cifras millonarias de hoy.

 

El amor por el arte se evidenció, según datos, del experimentado músico peruano Gerardo Manuel, las bandas cobraron cifras mucho menores a las imaginadas, Jimi Hendrix tocó dos veces por 18 mil dólares mientras que Janis Joplin por siete mil quinientos, resulta increíble descubrir que el mundo comercial de la música se movía, a pesar de todo, con otros estándares y principios.

 

Fue una pérdida como negocio porque las personas que llegaron a la Granja de Bethel no pagaron su entrada, fue tal la cantidad de gente que todo lo previsto colapsó al segundo día, la comida, los 600 baños portátiles instalados, los 18 médicos, es decir, era una locura que sin saber cómo, encontró su cauce.

 

Medio millón aproximadamente de asistentes y solo se reportaron tres muertes, y un mínimo de desorden. Se dice que el ambiente de paz y tranquilidad espiritual era tan significativo que al instante en el que se producía una pelea o altercado, los involucrados eran rodeados en un círculo armónico, y se mitigaba la gresca terminando en un abrazo, y seguramente un porro de marihuana.

 

La vía de acceso al Festival de Woodstock, New York State Thurway, sufrió el atolladero más grande que los Estados Unidos había vivido, eternas filas de autos, camionetas, buses que trasladaban a fanáticos y curiosos con el único objetivo de encontrar la buena música de las 32 bandas que participaron y una experiencia de vida inolvidable.

 

Los cercos de seguridad fueron destruidos y la libertad ya no tenía fronteras. Sexo y nudismo caracterizaron este evento que más allá de todo representó una oportunidad para liberar aquellos impulsos sensuales reprimidos, erotizados por las guitarras, el LSD y el aire libre.

 

Domingo 17 de agosto, 2:00 p.m.

 

La música se retomó al día siguiente con Santana y el soul, Janis Joplin, The Who cuya presentación empezó a las tres de la mañana incluyendo 24 temas, una noche que mantuvo alerta a los campistas, las estrellas y el cielo raso sobre sus cabezas vibrando con la música que continuó largas horas, no se agotaba, el espacio no permanecía vacío.

 

La consigna era esa, segregar, sudar, respirar, aspirar acordes, solos de guitarras, percusión animal; no había pausa. La intensidad recorrió cada metro de los campos en Bethel.

 

"Somebody to love" fue una de las clásicas canciones que la banda Jefferson Airplane tocó a partir de las ocho de la mañana, después de una maratónica amanecida. Su concierto es considerado por algunos de los más memorables del rock and roll. Un solo de guitarra que envolvió al público hasta el día siguiente, cuando al pisar el escenario Joe Cocker se desató una maravillosa onda expansiva de talento, pero también una terrible tormenta que suspendió la música hasta las seis de la tarde.

 

Parejas con cuerpos desnudos revolcándose en el barro, es una imagen característica de Woodstock, que ahora es parte de la nostalgia y melancolía que nos viene a la memoria al celebrar 40 años del Festival. Ha pasado el tiempo y me pregunto si lograron cambiar el mundo. Si la fuerza de las flores y las palabras suavizadas por la marihuana podrían haber causado algún efecto social más allá de su época. Más allá de ellos mismos.

 

Lo cierto es que las tropas norteamericanas no detuvieron su avance en la Guerra de Vietnam, y fue hasta 1973 que pelearon. Luego vendría el escándalo de Watergate obligando a Richard Nixon a dejar la presidencia, hechos que paralelamente a las protestas siguieron su curso histórico. Entonces ¿se ganó algo? A lo mejor.

 

Lunes 18 de agosto, 9:00 a.m.

 

Caminar en sandalias la ruta que llevaba a Woodstock puede haber sido de mis fantasías más perdidas, escondidas. En 1969 el mundo era otro. Era el mundo previo a mi nacimiento y parece ser que las cosas eran diferentes. Burdos intentos fueron aquellos que buscaron en 1989, 1994 y 1999 recrear el espíritu de Woodstock, con resultados vandálicos demostraron que no se puede imitar lo inimitable.

 

El éxito cultural que tuvo Woodstock no fue solo por la música, sino por la circunstancia social que rodeaba el Festival. La gente estaba ansiosa por respuestas, se preguntaba, ingenuamente quizá, pero lo hacía. Qué hizo que medio millón de seres humanos acudieran a un concierto tres días, nadie lo sabe. Que permanezcan bajo la lluvia, con barro hasta el cuello y sin mucha comida. Que disfruten y gocen de ellos y de los otros con absoluta entrega, si acaso exceso. Pero cómo definir hasta qué punto la entrega se mide, se acorta, se juzga.

 

Sin miradas represivas se rechazaba la política de guerra, se aplaudía la sonrisa y la arenga pacífica, se abolía con canciones el sistema instaurado, con barbas crecidas se celebraba la risa, la desnudez, el despojarse de las ataduras sociales para crear. En esa compleja síntesis de arte y libertad, Woodstock se levanta como un símbolo, el recuerdo de una época especialmente convulsionada.

 

El fiero temperamento de Jimi Hendrix se impuso e insistió en cerrar el Festival, lo que sería una despedida a la medianoche del domingo 17, terminó siendo un adiós matutino de lunes, con un recital legendario que duró dos horas. Logrando captar a todos los asistentes con ese toque único e irrepetible también.

 

Cuarenta años han pasado y la vigencia del Festival de Woodstock está intacta, la polémica, se rindió y cedió paso a lo revolucionario, a lo culturalmente relevante. Gracias a un joven director de cine, Michael Wadleight y a su casi imperceptible asistente, en ese momento, Martin Scorsese, se pudo tener un documental que reflejó fielmente la esencia del encuentro musical.

 

Filme que lograra ganar un Premio Oscar en 1970, y fuera considerado "culturalmente significativo" por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y seleccionada para su conservación en el National Film Registry. Esta película fue la que permitió a los organizadores recuperar las pérdidas de casi un millón de dólares que ocasionó Woodstock. Hace unos meses salió a la venta "Woodstock: 3 días de paz y música", una versión reeditada con imágenes inéditas celebrando los 40 años del Festival.

 

Agosto 2009

 

Cierro los ojos y escucho los gritos, el silencio que me permite oír al hermano negro hablar sobre la guerra, huelo la hierba, rio con el niño de la carpa contigua que me saluda graciosamente, espero ver esa magia, mezcla de música y emoción. No me llevo nada de regreso a casa, no tengo más que flores y sudor en mi cuerpo, pero espero, espero que Woodstock no se olvide. Espero que haya valido la pena. Espero que el amor y la paz no formen parte de la leyenda.
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