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REVISTA

TARATA, LA PELÍCULA

El terror no se olvida
Nadie puede adivinar en qué noche una pesadilla asalta tu mente, atormentándote hasta el amanecer. Es así como Tarata, la película, surge en un momento clave para que la memoria no se duerma, y los terrores nocturnos no asomen como espectros del pasado.
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TARATA, LA PELÍCULA

Más que una calle 

El año más convulsionado para la ciudad de Lima durante el conflicto armado interno en el Perú fue 1992. Es en ese año que la realidad de la Sierra y el fragor de la violencia invaden las calles, las casas, los sueños de los limeños. Hasta ese momento no se compartía el drama de los Andes y los movimientos terroristas que desde los  años ochenta aniquilaban pueblos enteros en pos de un ideal político.

Sendero Luminoso, el más sanguinario de todos, desató una seguidilla de atentados en las calles más emblemáticas para la clase media limeña. Es en este escenario de zozobra que la película Tarata, del joven director, Fabrizio Aguilar encuentra su cauce.

Un filme que busca recordar desde la mirada de una familia miraflorina lo que se vivió por esos días. Dos autos con una tonelada de explosivos reventaron en la cuadra dos de la calle Tarata en Miraflores. Un error de cálculo ya que su objetivo era la oficina de un banco cercano. Un error que mató a 25 personas y dejó heridas a 200.

La onda expansiva afectó a cientos de casas y negocios aledaños. Todo era escombros y esquirlas. Aún quedan en la memoria los gritos desesperados de un hombre que llamaba a su hijo, Carlos, Carlos... entre el fuego y la oscuridad.

Un capítulo de la reciente historia peruana que sirve de alimento a la trama de Tarata. A pesar de no tener muchos recursos visuales o un lenguaje cinematográfico bien logrado, aporta su cuota de reflexión. Nos permite la evocación intensa a los que vivimos los apagones, el toque de queda, el caminar temiendo que el auto de la vereda de enfrente estalle.

Colocando también en la retina de los más jóvenes estos hechos, que son solo la parte más sutil, de lo que fue la Lucha Armada en nuestro país. Víctimas y victimarios sintetizados en un periodo de tiempo que se pudo evitar, que se puede evitar.

La película toma la frustración como eje central y determinante del argumento. La familia protagonista experimenta de manera individual diversos matices de frustración.

DANIEL, el padre

Un hombre que no encuentra la manera de llegar a su esposa. Un contador de una universidad pública que odia las matemáticas y que no supo encontrar, tampoco, una vocación verdadera. En suma Daniel es un hombre que es incapaz de hallar emoción o alguna verdad que lo impulse.

Tiene una morbosa inquietud por las pintas y frases que los terroristas dejan escritas en las paredes de la universidad. Símbolos, siglas y dibujos alusivos a la revolución, a la influencia maoísta, a la violencia. Anota frenéticamente todo en una libreta con el mesiánico deseo de encontrar la lógica de los últimos ataques en la ciudad.

Plantea teorías y cavilaciones que lo alejan de la realidad de su hogar, de sus dos hijos, de su distante esposa. Presos de una situación económica complicada luchan por guardar las apariencias y mantener un status que ya no les pertenece. Una tregua entre las fuerzas armadas y los senderistas era la hipótesis que defendía. Era la idea a demostrar. Una locura que lo llevaría a ser confundido con un terrorista y  encarcelado.

Daniel es interpretado por el actor peruano Miguel Iza, una sobresaliente actuación que llega a trasladarte a esa mente perturbada y confusa que vivían muchos peruanos.

A esa impotencia de padre que no puede, por más que lo intente, proteger a su familia de la violencia, de una ciudad que en cualquier momento explotaba.

Convivir con la inseguridad era su día a día. En las universidades nacionales se desataron gravísimos episodios de capturas cuya consecuencia era la desaparición de alumnos y maestros. Inesperados enfrentamientos que convirtieron a Daniel en un ente observador de ese universo que, al subir a su auto escarabajo rumbo a casa, no lograba olvidar.

Posiblemente la escena más importante de este personaje sea aquella en la que unos rabiosos alumnos senderistas lo obligan a cargar una banderola roja, y soltarla en una de las paredes de la Facultad. En ella el rostro de Abimael Guzmán emergía como el todopoderoso.

CLAUDIA, la madre

Una mujer atrapada entre su última cirugía plástica y la próxima que no llegará por no tener el dinero para ello. Claudia es madre de dos hijos, vende cremas para evitar las arrugas en el rostro pero no hace nada para evitar las grietas de su alma. Para evitar el torbellino de amargura y frustración que carga todos los días en su departamento miraflorino.

Ella necesita canalizar su furia con todo y todos. Su mejor amiga, con más dinero que ella, le propone un negocio que le permita tener ese sueño propio, esa autonomía financiera y el reconocimiento de una sociedad alicaída que ya no reconocía en ella ninguna virtud. Una reivindicación social y personal que la eleve.

Claudia es interpretada por la animadora Gisela Valcárcel quien incursiona en la actuación a pedido del director Fabrizio Aguilar. Sin importar la inexperiencia y la, por instantes, exageración en la carga dramática, se defiende bastante bien. Siendo la participación más esperada de la cinta por la prensa de espectáculos.

Comentarios aparte el personaje de Claudia encarna esa desconexión que existió en Lima frente a la incursión terrorista en la sierra, en Ayacucho, en tantos pueblos que fueron salvajemente arrollados. El contacto de Claudia con esta problemática social es su empleada, Rosa, quien convive con ella como una figura incómoda.

Su esposo fue asesinado por Sendero Luminoso y su hijo Roger está desaparecido por los paramilitares. Claudia no tiene compasión y duda, Rosa la perturba, la culpa inconscientemente por los atentados, por Tarata que se llevó a su amiga querida en la explosión. La echa, la aleja de su vida, de sus hijos, de ella. Cómo si haciéndolo pudiera dejar de inocularse la realidad directo a las venas.

SOFI, la hija

A los 16 años solo importas tu y el mundo que fabricas en tu mente para solapar aquello que no te gusta, que no te hace sentir amada. Sofi es la hija de Daniel y Claudia, su refugio es la azotea de su edificio, unos puchos de cigarros y una violencia que la llena de pesimismo.

Ve que su familia está desarticulada, anónima, sin identidad propia, ella necesita sentirse parte de algo, de alguien. Su incertidumbre crece al contrastarla con la atmósfera de la ciudad, de su calle, de su edificio. No hay asidero que la ayude a encontrar paz. Una existencia perdida entre los afanes de su madre y la ausencia de su padre, una soledad que nutre su rebeldía.

Fantasea con un viaje que la saque de su casa, de su asfixia mental. Está convencida de que la muerte llegará, en Miraflores o en la selva, no le atemoriza el futuro porque su presente es muy angustioso. Su mayor frustración es no poder comprender qué hacer. No sabe qué estudiar, no cree que valga la pena hacerlo.

Silvana Cañote le da vida a Sofi, una joven actriz que logra interiorizar a la adolescente conflictiva llena de inseguridades con un realismo particular. Al estallar el coche bomba en Tarata, Sofi estaba en casa, su madre y padre llegaban a los minutos de sucedido el atentado.

Eran las 9:15 de la noche de ese jueves 16 de julio de 1992, ella queda arrinconada en el comedor, pegada a la pared mirando frente a ella como las ventanas caían deshechas en minúsculos fragmentos, cortando el brazo de Elías, su hermano menor.

ELÍAS, el hijo

Colocar cinta adhesiva en las ventanas es la obsesión de Elías, el hijo de ocho años de la familia Valdivia. Él aglutina la paranoia y el miedo sembrado en la generación de limeños que vivió la barbarie terrorista. Este pequeño tenía la clara convicción de que protegiendo las ventanas con las cintas en forma de equis, estaría a salvo.

Nadie le hace caso, nadie se detiene a escucharlo. Elías sobrevive solo en esta vorágine agresiva y confusa, tiene una libreta, igual que Daniel, en donde escribe una lista con recomendaciones para no morir en los ataques repentinos. Elías permite a la historia crear un paralelo entre su mirada lúdica e inocente y la absorción total de una violencia asumida como un espectador.

Al mismo tiempo que se preocupa por sumar puntos de seguridad a su lista explica con una satisfacción febril cómo se hacen los coches bomba. Anfo mezclada con dinamita igual BUM... y las personas salen volando... en su imaginario ésta es la mejor pantalla para conocer la sociedad.

No hay televisión, los apagones producidos por las torres de alta tensión derribadas por los terroristas para aumentar la sensación de escalofríos en la ciudad, evitaban que tu atención estuviera en la ficción. Los noticieros daban cuenta de los muertos y los atentados en todo el país.

A oscuras, es más difícil sortear el ataque. Con sus ojitos puestos en la ventana Elías tomaba el tiempo que los autos permanecían estacionados frente a su edificio con la fe de evitar que una explosión lo sorprenda.

Más que una película

Por una historia que contiene una evocación intensa y comprometida de un período crucial de la historia del Perú contemporáneo” es lo que sentenció el Consejo Nacional de Cinematografía, Conacine, al dar por ganadora a “Tarata” en el Concurso Extraordinario de Proyectos de Obras de Largometraje en el 2008.

Un aporte de 400 mil soles que recibió muy emocionado el escritor y director Fabrizio Aguilar, merecido reconocimiento al esfuerzo y apuesta por el cine. A la producción peruana que si bien aún no alcanza los estándares deseados está en camino. Hay movimiento, se genera acción y eso siempre será una buena noticia.

Las críticas sobre la necesidad de seguir explotando la desgracia pasada en una trama cinematográfica seguirá vigente. Justo ahora que volvemos a escuchar sobre emboscadas, helicópteros militares derribados, pintas senderistas en Aucayacu y Monzón, Huánuco, libros que pretenden mantener vivos los puños alzados e ideologías extremistas, me pregunto si será redundante seguir recordando.

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