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Miércoles 04 de junio 2014

Italia conquista su segunda Copa del Mundo al vencer a Hungría en el Mundial Francia 1938

Pepe Pimentel nos narra el triunfo de la selección italiana frente a la de Hungría (4-2), la tarde del domingo 19 de junio de 1938, en encuentro disputado en el Estadio Olímpico de Colombes, estructura deportiva ubicada en las afueras, al noroeste, de la ciudad de París...
Foto: Difusión


La escuadra Azzurra en pleno, exultante, luego de derrotar a Hungría y conquistar su segunda Copa del Mundo
 

Si alguien tenía alguna duda de que en términos futbolísticos Italia estaba para grandes cosas en la cuarta década del siglo pasado, arguyendo incluso que el triunfo en la Copa del Mundo de 1934 se la debía a algo más que a las buenas artes propias del balompié, la performance de la escuadra Azzurra a lo largo del Mundial Francia 1938, y en particular la del encuentro frente a Hungría en la final, constituye un gran desmentido. Pues, en esta tercera justa mayor del fútbol internacional, los hombres dirigidos por Il Vecchio Maestro (“El Viejo Maestro') Vittorio Pozzo, ese entrenador de leyenda de la época clásica del fútbol, mostraron sobre los gramados galos su verdadera valía.

Así como se lee, valía, y la de más alto nivel, ya que en los tres encuentros que precedieron al de la final, el primero en octavos frente a Noruega (2-1), el correspondiente a los cuartos ante los franceses que jugaban en calidad de locales (3-1), y el de la semifinal cuando midió fuerzas con el cuadro brasilero que compartía favoritismo junto con el de Hungría a la hora de pensar en qué escuadra haría suyo el título de aquel campeonato (2-1), los ítalos, sudando a raudales y prestos incluso a “morir” de no conseguir la victoria, tal como solicitaba intimidante una vez más el “Duce” Benito Mussolini, siempre fueron de menos a más y se impusieron en esta suerte de ruleta rusa que constituyeron las tres fases que los condujeron a la final en este torneo, donde en cada partido se trataba tan solo de “ganar o ganar”...

Ese domingo 19 de junio de 1938, en medio de los gritos de un público inclinado más bien a favor del combinado húngaro, los jugadores italianos hicieron su ingreso al gramado del viejo Estadio Olímpico de Colombes, cuyas graderías aquella tarde albergaron a más de 45 mil espectadores, decididos a imponerse ante sus oponentes en el marco de la que se revelaría la última final disputada antes de que el 1 de septiembre de 1939, poco más de 14 meses después, con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán, se iniciara la Segunda Guerra Mundial. Y los estadios, a más alto nivel, de esa manera entraron en receso, hasta que en 1950 otro país de América del Sur, el Brasil, sería sede de otra cita ecuménica del balompié mundial.

Bajo la atenta mirada, desde el palco de honor, del entonces Presidente de Francia, Albert Lebrun, y de varios ministros del gabinete francés, al igual que la del hombre fuerte de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, FIFA, el galo Jules Rimet, los jugadores de dos equipos con un estilo de juego situado a las antípodas uno del otro, concentrados y observándose fijamente, esperaban que el colegiado francés Georges Capdeville hiciese sonar su silbato anunciando que la justa por el título se había iniciado. Cavilando los húngaros seguro sobre la forma de imponer el juego fino y habilidoso del que, cual artistas, habían hecho gala hasta ese momento; al igual de lo que seguro también hacían los italianos pensando en la manera de desplegar un juego caracterizado por la fuerza y la velocidad, ingredientes que le permitían realizar ataques relámpagos poniendo en jaque a sus rivales de turno. Algo que, como el desenlace final del encuentro reveló, los húngaros experimentarían en carne propia aquel día.

Pues en el marco de un match de acciones rápidas y limpias, al igual que elegantes, los campeones mundiales, desde el principio hicieron saber que estaban resueltos y que iban por el bicampeonato, ya que tan solo a 6 minutos de iniciado el encuentro, se pusieron en ventaja por obra de Gino Colaussi, quien, tras ser servido con pase largo desde la derecha, colocó con elegancia el balón en el lado izquierdo de la portería magyar. Y no dejaron que el empate húngaro que llegó tan solo dos minutos después de su primera anotación, a los 8’, a través de Pál Titkos, quien doblegó la resistencia de Olivieri con potente tiro cruzado desde la izquierda, mellara su determinación. Pues en medio de la emotividad suscitada por la dinámica del juego, poco después del cuarto de hora, a los 16 minutos, nuevamente Silvio Piola, con un fuerte disparo desde el centro del área, les concedía la ventaja. Diferencia que otra vez sería ampliada por Gino Colaussi a los 35 minutos de la primera etapa, gracias a un disparo a ras del suelo dirigido hacia la derecha de la portería húngara defendida por Szabó.

Ventaja en el marcador que sin embargo se hubiese podido revelar insuficiente dada las arremetidas de los habilidosos, agiles y elegantes húngaros, quienes sin amilanarse, iban a mostrar muy por el contrario que estaban decididos a pagar cara su derrota. Como cuando a los 70 minutos, a tan solo 20 del final, su capitán, el hábil delantero György Sarosi, introdujo con tiro potente lanzado desde la derecha el balón en la valla bajo custodia de Olivieri, y acortó, añadiendo una cuota de dramatismo, la diferencia en el marcador. Mostrando en esa forma que Hungría no por casualidad se encontraban en la final, y que sus credenciales que eran los triunfos logrados ante Indonesia (6-0), Suiza (2-0) y Suecia (5-1), en las fases previas a la final, pesaban igual, o quizás más si la fortuna los hubiese acompañado, que las que detentaban por su lado los resueltos y veloces italianos.

Sin embargo, ni el fútbol, ni la fortuna, estuvieron de lado de los once gallardos húngaros que esa tarde dominical del mes de junio de 1938, en ese estadio ubicado hacia el noroeste, en las afueras, de París, hicieron lo imposible para traerse abajo las aspiraciones de esa muralla en la que se convirtió la escuadra italiana a medida que los minutos, cual cuenta regresiva, avanzaban hacia el del final del tiempo reglamentario. El apoyo del público francés inclinado a partir de ese momento abiertamente a favor de los húngaros, poco o nada pudo aportar para que el tanteador de 3 a 2 evolucionase a favor de estos últimos. Esa tarde, Italia fue más en fútbol que Hungría; por lo demás, la Diosa de la Fortuna fue más bien grata con los italianos, ya que faltando 8 minutos para el final, a los 82, tras una doble y rápida combinación entre Silvio Piola y Amedeo Biavati, el primero, con tiro rasante pegado al poste derecho, selló el destino de la final, al superar por cuarta vez la resistencia de Antal Szabó, quien pese a su estirada nada pudo hacer para evitar que su valla fuese vulnerada uan vez más.

Para cuando el colegiado francés Capdeville hizo sonar su silbato por última vez aquella tarde de las postrimerías de aquel lejano otoñó septentrional, había concluido una de las finales de mayor nivel futbolístico en la historia, un juego que, valgan verdades, a diferencia de la final de hacía cuatro años en el marco del Mundial Italia 1934, y de las otras 16 que se disputarían en las décadas por venir, se mostró digno de un certamen que reúne a la crema y nata del fútbol mundial. El equipo de Vittorio Pozzo, de gran manejo técnico y mejor estrategia, y los húngaros que contaban en sus filas con grandes como György Sarosi, Gyula Zsengeller y Pál Titkos, pusieron, entregando todo de sí, la valla alta, muy alta, para quienes en el futuro tuviesen el honor de ser actores de una final de campeonato mundial.

El “Duce” Benito Mussolini podía festejar la victoria italiana en estadios franceses y comenzar a hacer uso propagandístico del triunfo que esta vez, sí, con justicia habían alcanzado estos estupendos y bravos italianos. Pero también podía decir para sus adentros, quizás lo hizo, reconociendo para esto el mérito a los verdaderos actores, que su carta dirigida al capitán italiano Giuseppe Meazza, en la que le decía que los italianos debían “ser campeones para demostrar lo que es el ideal fascista”, incitándolos a “vencer o morir”, no hubiese sido necesaria. El fútbol de Italia pudo alcanzar la cima y la gloria, al igual que lo hubiese podido hacer cuatro años antes sin la ayuda, al parecer, de la mano negra del fascismo.

Para cuando los italianos regresaron a casa portando por segunda vez como campeones del mundo el trofeo mayor del fútbol mundial, nadie, o quizás pocos, muy pocos, entre estos últimos, es de suponer, Jules Rimet, quien hizo lo indecible para que esta versión se llevase a cabo en suelo francés y no en Argentina como correspondía, por lo que el torneo fue boicoteado por la mayor parte de equipos sudamericanos, intuían las consecuencias de lo que pronto sucedería en el mundo para este certamen. La Copa del Mundo, tal como el paso del tiempo mostró, no permanecería solo cuatro años en suelo italiano, sino más bien doce. En medio de ese largo silencio para el balompié impuesto por la Segunda Guerra Mundial, de ese cruce del desierto del fútbol ecuménico, una pléyade de jugadores que en un escenario internacional más auspicioso hubiera conocido mejor futuro, tuvieron que contentarse con participar en torneos, si los había, de menor nivel.

Poco más de tres cuartos de siglo después, rememorando aquella final disputada en las afueras de la Ciudad Luz, nos vienen a la memoria las imágenes de los gallardos y pundonorosos húngaros que quebrados por la impotencia lloraban amargamente su derrota ante una escuadra italiana cuyos integrantes, cual otra cara de la moneda, festejaban exultantes lo que su calidad, fuerza, rapidez y determinación, les había permitido por segunda vez en la historia a la hora de evolucionar en un campo de juego: ser campeones del mundo. Le tomaría 44 años, a otros italianos de excepción como los de 1938, añadir una estrella más a la segunda que con buen fútbol y buena forma sus mayores hicieron suya a finales de los años treinta. ¡Toda una proeza!


Ficha Técnica

Alineaciones

Italia

POR Aldo Olivieri
DF Alfredo Foni
DF Pietro Rava
MC Pietro Serantoni
MC Michele Andreolo
MC Ugo Locatelli
DEL Amedeo Biavati
DEL Giuseppe Meazza (Capitán)
DEL Silvio Piola
DEL Giovanni Ferrari
DEL Gino Colaussi

Entrenador: Vittorio Pozzo


Hungría

POR Antal Szabó
DF Gyula Polgar
DF Sandor Biro
MC Antal Szalay
MC Gyorgy Szucs
MC Gyula Lazar
DEL Ferenc Sas
DEL Jeno Vincze
DEL Gyorgy Sarosi (Capitán)
DEL Gyula Zsengeller
DEL Pal Titkos

Entrenador: Alfred Schaffer

 

Fuente: Wikipedia


Arbitro: George Capdeville (Francia)

Estadio: Estadio Olímpico de Colombes

Capacidad: 45000 espectadores 


El legendario coach italiano Vittorio Pozzo (nació enTurín, Italia, el 2 de marzo de 1886 - falleció en Ponderano, Italia, el 21 de diciembre de 1968)
Un entrenador de leyenda, dirigió a los Azzurra en los mundiales de 1934 y 1938


El guardameta húngaro Antal Szabó (Septiembre 4, 1910 - abril 21, 1958), fue el único que no derramó lágrima alguna al final del encuentro. Según se dice, se mostró incluso alegre al saber que la derrota ante Italia había salvado a los jugadores Azzurra de lo peor al regresar a Italia, dadas las amenazas de Benito Mussolini: "Nunca me sentí tan feliz luego de una derrota. Con los 4 goles que me hicieron salvé la vida de 11 seres humanos", dijo Szabó.


El delantero italiano Gino Colaussi (Gradisca d'Isonzo 4 marzo 1914 – Trieste, 27 de julio 1991), autor de dos de los cuatro goles con los que se impuso aquella tarde Italia. Su nota biográfica señala que "encontrándose en una situación de miseria, el estado italiano le concedió una pensión vitalicia en 1986", cinco años antes de morir en Trieste en 1991, sumido aun en una pobreza dura de soportar. 

 

El delantero italiano Silvio Piola (Robbio, Pavía, 29 de septiembre de 1913 – Gattinara, 4 de octubre de 1996), autor de los otros dos goles de la escuadra Azzurra. Se dice que fue el inventor de archiconocida "Chilena".

 

El delantero húngaro Pal Titkos (8 de enero de 1908 – 8 de octubre de 1988), autor del primer tanto magyar, el transitorio empate, tanto solo 2 minutos después del primer gol italiano. 



György Sárosi (nació el 5 de agosto de 1912 - murió el 20 de junio de 1993), autor del segundo tanto de Hungría, tanto que elevó el nivel de dramatismo de este encuentro de gran calidad futbolística.

 

El gran capitán italiano Giuzeppe Meazza (Nació en Milán, Italia, el 23 de agosto de 1910 - Murió en Rapallo, Italia, el 21 de agosto de 1979), recibiendo el trofeo máximo del fútbol mundial luego de contrubuir en la victoria ante los húngaros.

 

 

Así lucía el Estadio Olímpico de Colombes la tarde del domingo 19 de junio de 1938...

 

 

Así luce el que fuera el Estadio Olímpico de Colombes, ahora el Stade Olympique Yves-du-Manoir, en homenaje a quien fuera aviador, atleta y seleccionado francés de Rugby, miembro del Racing Club de Francia, muerto en un accidente de aviación el 2 de febrero de 1928, a la edad de 23 años.

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