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Martes 28 de enero 2020

Letras Viajeras 2019: Perdidos en el Santuario de Pachacamac

Alonso Soria, ganador del concurso de Mincetur: "Letras Viajeras 2019" comparte el cuento del intrépido Juan Tull.
Letras Viajeras 2019: Perdidos en el Santuario de Pachacamac
Foto: mincetur.gob.pe

Había una vez un gato andino llamado Juan Tull, que se encontraba perdido en el santuario de Pachacamac, ya que fue traído a escondidas y en contra de su voluntad cuando el felino andaba en busca de su alimento preferido, las vizcachas, por un turista que visitó los Andes.

Merodeando por el santuario un tanto asustado el felino se dedicó a explorar los alrededores y le llamó la atención un portal inmenso y resplandeciente que vio al final de un pasillo, avanzó hacia ella y su curiosidad lo llevó a tomar la decisión de ingresar. Una vez adentro se dio cuenta de que había retrocedido en el tiempo cientos de años, sorprendido Juan Tull corrió en busca de una salida. Al recorrer el lugar por unos minutos, se encontró con un señor que vestía una túnica sin mangas, un manto y sandalias. Este era un peregrino que visitaba eventualmente el santuario con el fin de rendir culto al Dios de Pachacamac y solicitarle favores.

El peregrino vio a Juan Tull y le preguntó: ¿Qué haces aquí, gato?

El gato sintiéndose confundido tampoco sabía qué hacía allí, por lo que dijo para sí mismo: ¡caracoles!, ¿dónde estoy?, pero pudo escuchar su voz, entonces exclamó: ¡Wow puedo hablar!

- Sí, cuando cruzaste el portal, este te dio el poder de hablar. - sostuvo el peregrino

- ¡Oh! y ¿Cómo puedo salir de aquí? -pregunto Juan Tull

- Hay una puerta que te llevará a tu dimensión, yo puedo guiarte, pero el camino es muy largo. -dijo el peregrino.

- Entonces qué esperamos ¡Vamos! - le dijo Juan Tull

Caminando los dos, pudieron observar a un hombre que claramente no pertenecía a la época incaica porque su vestimenta era la de un hombre de la actualidad.

- ¡Oh, yo conozco a ese señor! ¡Ah, claro, él fue quien me trajo atrapó y me trajo hacia aquí, a la costa! -exclamó Juan Tull

- Ese señor es un turista que se quedó atrapado en mi época porque pintó con grafiti el Oráculo que representa a nuestro Dios de la tierra, Pachacamac. –le respondió el peregrino.

El turista sorprendido al ver al gato a quien había traído de la sierra y al ver también al peregrino que a simple vista tenía la característica de pertenecer a la época incaica, un tanto nervioso se acercó y preguntó: - ¡Hola!, ¿me encuentro perdido, es como si hubiese

retrocedido muchos años y parece que estuviese en la civilización inca, ¿Existe alguna forma de salir?

Sí, -dijo el peregrino-

- Nosotros también iremos hacia allá. -refirió el gato- ¡Avancemos que el camino es largo!

-¿Oh, no creo lo que escucho, puedes hablar? Preguntó el turista al gato.

-Oh, sí por supuesto- muy orgulloso dijo el gato.

Entonces, avanzaron hacia el camino que los llevaría a la salida del portal.

Mientras iban caminado, fueron observando las grandes edificaciones de adobe y extensas construcciones.

-No puedo creer, ¡Qué hermoso templo! – dijo el felino.

- ¡Sí, es hermoso- dijo el turista!

-Sí, es el Templo del Sol, donde veneramos a nuestro Dios Sol, subamos las escaleras - dijo el peregrino.

Al llegar a la parte más alta, el turista dijo:

- ¡Miren, desde aquí se puede ver las islas en el mar! y al otro lado están esos valles verdes!

-El color que tiene el Templo es muy llamativo y hermoso-añadió el gato.

Saliendo del Templo pudieron observar unas escaleras y muy amable el peregrino explicó: Hacia allá, al fondo está una rampa que lleva a un acceso de doble jamba*. También ahí están los demás templos los cuales nos tomó mucho esfuerzo construirlos.

- ¿Y ese edificio de adobe con esas puertas tan parejas? - preguntó Juan Tull.

- Es el Templo de la Luna, el Acllahuasi, la casa de las escogidas, ahí viven las mujeres con habilidades manuales, culinarias o que son muy hermosas y están al servicio del Imperio Inca- dijo el peregrino.

- ¡Wow! no sabía lo grande e importante que es el santuario - dijo el turista.

- ¡Es genial! - exclamó Juan Tull.

De pronto, pasaron por un cementerio que se encontraba por debajo del Templo de Pachacamac.

- Miren, un cementerio, que está al pie de ese Templo - dijo el gato.

- ¡Sí! - replicó el peregrino – es el Templo Pintado, es la prolongación del Templo Viejo un cementerio construido por los Wari.

Juan Tull y el turista se quedaron fascinados viendo lo imponente que era.

Luego de caminar y observar las impresionantes edificaciones, el turista agotado le dijo al peregrino que ya no podía caminar, y este muy amable le invitó chicha de jora que llevaba y le ofreció una llama que llevaba para que pueda montarse y continuar el camino.

Siguieron avanzando en el camino hasta que el peregrino se dio cuenta de que estaban cerca a la salida e inmediatamente les avisó.

- ¡Sí, llegamos al portal! - exclamó el felino

- Sí, esta es la salida. ¡Espero que les haya gustado conocer este santuario tan importante para nuestra cultura! - exclamó el peregrino.

- Me encantó el lugar, espero que me perdonen por lo que hice, no conocía su gran valor. Ahora ya entendí que tengo que cuidar y respetar cada cultura y sus antepasados, además estoy agradecido por ser tan amable con nosotros. - dijo el turista.

Juan Tull y el turista se despidieron del peregrino con fuerte abrazo y le desearon suerte en su camino. Luego, cruzaron el portal, y regresaron en el tiempo.

Al salir del santuario, se cruzaron en la puerta con un guardián.

- Señor se me ha extraviado mi equipaje. -le dijo el turista

- ¿Ah sí?, lo encontré en uno de los pasadizos y lo guardé para devolvérselo a su dueño.

- ¡Muchas gracias! – le respondió el turista.

Después de salir del santuario y habiendo entendido la importancia de conservar las culturas, el turista decidió volver a viajar a los andes para así regresar a Juan Tull a su hábitat donde podría reencontrarse con su familia. Feliz por la travesía que había vivido y por el trato cordial que había recibido, viajó a su país llevándose consigo una gran lección y una parte del Perú en su corazón.

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