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Martes 20 de marzo 2012

Juan Pablo II: "El hombre no puede vivir sin amor"

El recordado 'Papa viajero' habló sobre la misión del hombre en el mundo.
Juan Pablo II: 'El hombre no puede vivir sin amor'
Foto:gawker.com

Su nombre real fue Karol Wojtyla. Nacio en Polonia y fue elegido Papa en octubre de 1978 mientras ocupaba el puesto de cardenal-arzobispo de Cracovia. El Papa Juan Pablo II fue el primer pontífice no italiano en más de cuatro siglos. Actualmente, es recordado con mucho cariño al llamado 'Papa viajero'. En nuestro país como en otros de Latinoamérica, Juan Pablo II siempre dejó un mensaje de amor mucho más allá de la búsqueda propia de la evangelización. Esta entrevista le fue realizada en el 1984 en Puerto Rico.

Desde el principio de  tu pontificado viene hablándonos de la Civilización del Amor, háblanos un poco sobre el amor.

 El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como he dicho en otras ocasiones, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús». El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor», si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna.

A tu juicio ¿cuál es la tarea fundamental de la Iglesia?

El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la esfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas.

Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo, «misterio escondido desde los siglos» en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.

Recuerdo que al inicio de este milenio nos hablaste de “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la Comunión” ¿Qué significa eso?

También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (Cfr. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento

Juan Pablo, tu fuiste un extraordinario promotor del ecumenismo, inclusive, dedicaste una encíclica (Ut unum sint) a este tema ¿nos podría contar tu experiencia?

Este fue un tema prioritario para mí, tus sabes que yo vengo de un país que es frontera con el mundo Ortodoxo.  La mayor parte de los eslvos, es decir, del grupo lingüístico al que pertenezco son Ortodoxos.  Hice todo lo que estaba a mi alcance para que Europa respire con sus dos pulmones: el Occidental y el Oriental.  Lo vi como necesario para enriquecer el Occidente paganizado con la espiritualidad oriental.

En definitiva, el Gran Jubileo del año 2000, que tu bien recuerdas, nos ha hecho tomar una conciencia más viva de la Iglesia como misterio de unidad.  «Creo en la Iglesia, que es una»: esto que manifestamos en la profesión de fe tienesu fundamento último en Cristo, en el cual la Iglesia no está dividida (1 Co 1,11-13). Como Cuerpo suyo, en la unidad obtenida por los dones del Espíritu, es indivisible. La realidad de la división se produce en el ámbito de la historia, en las relaciones entre los hijos de la Iglesia, como consecuencia de la fragilidad humana para acoger el don que fluye continuamente del Cristo-Cabeza en el Cuerpo místico.  En esta perspectiva de renovado camino post jubilar, miro con gran esperanza a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con « dos pulmones» ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo

En el año 1992, en la celebración de los 500 años de la evangelización en América Latina, participaste de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, reunión que se efectuó en Santo Domingo, capital de la República Dominicana, país que visitaste en tres ocasiones.  Allí nos hablaste de la necesidad de una nueva evangelización, aunque el tema no es nuevo ya San Clemene Hofbauer , hace más de 200 años nos dijo “Hay que anunciar de nuevo el Evangelio” ¿qué significó para ti esta reunión de los obispos latinoamericanos?

Esta Conferencia se reúne para celebrar a Jesucristo, para dar gracias a Dios por su presencia en estas tierras de América, donde hace ahora 500 años comenzó a difundirse el mensaje de la salvación; se reúne para celebrar la implantación de la Iglesia, que durante estos cinco siglos tan abundantes frutos de santidad y amor ha dado en el Nuevo Mundo.

Jesucristo es la Verdad eterna que se manifestó en la plenitud de los tiempos. Y precisamente, para transmitir la Buena Nueva a todos los pueblos, fundó su Iglesia con la misión específica de evangelizar. «Vayan por todo el mundo y proclamen el evangelio a toda creatura» (Mc 16,15). Se puede decir que en estas palabras está contenida laproclama solemne de la evangelización. Así pues, desde el día en que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, la Iglesia inició la gran tarea de la evangelización. San Pablo lo expresa en una frase lapidaria y emblemática:«Evangelizare Iesum Christum», «anunciar a Jesucristo» (Ga 1,16). Esto es lo que han hecho los discípulos del Señor, en todos los tiempos y en todas la latitudes del mundo” (Discurso Inaugural IV Conferencia  General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, 12 de octubre de 1992, citado como Santo Domingo 92, 2).

“La nueva evangelización es la idea central de toda la temática de esta Conferencia. Desde mi encuentro en Haití con los Obispos del CELAM en 1983 he venido poniendo particular énfasis en esta expresión, para despertar así un nuevo fervor y nuevos afanes evangelizadores en América y en el mundo entero; esto es, para dar a la acción pastoral "un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización, en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y en el poder perennes de Pentecostés

¿Qué significa eso que hay que hacer un nuevo evangelio?

La nueva evangelización no consiste en un "nuevo evangelio", que surgiría siempre de nosotros mismos, de nuestra cultura, de nuestros análisis de las necesidades del hombre. Por ello, no sería "evangelio", sino mera Invención humana, y no habría en él salvación. Tampoco consiste en recortar del Evangelio todo aquello que parece difícilmente asimilable para la mentalidad de hoy. No es la cultura la medida del Evangelio, sino Jesucristo la medida de toda cultura y de toda obra humana. No, la nueva evangelización no nace del deseo "de agradar a los hombres" o de "buscar su favor" (Gál 1,10), sino de la responsabilidad para con el don que Dios nos ha hecho en Cristo, en el que accedemos a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y a la posibilidad de la vida verdadera.

La novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico que es inmutable, pues Cristo es "el mismo ayer, hoy y siempre". Por esto, el evangelio ha de ser predicado en plena fidelidad y pureza, tal como ha sido custodiado y transmitido por la Tradición de la Iglesia. Evangelizar es anunciar a una persona, que es Cristo. En efecto, no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios (Evangelii nuntiandi, 22).

La nueva evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral, pronta, ágil, que fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones individuales, familiares y sociales. (Santo Domingo 92, 2).

A ejemplo del Buen Pastor, han de apacentar el rebaño que le ha sido confiado y defenderlo de los lobos rapaces. Causa de división y discordia en sus comunidades eclesiales son -lo saben bien- las sectas y movimientos «pseudo-espirituales» de que habla el Documento de Puebla (n. 628), cuya expansión y agresividad urge afrontar.

La lucha por la paz y la justicia fue una de tus principales banderas a todo lo largo y ancho de tu pontificado, esta lucha te mereció el título, y con sobrada razón, de Peregrino de la paz ¿qué nos diría al respecto?

En este tiempo amenazado por la violencia, por el odio y por la guerra, testimonien que Él y sólo Él puede dar la verdadera paz al corazón del hombre, a las familias y a los pueblos de la tierra. Esfuércense por buscar y promover la paz, la justicia y la fraternidad. Y no olviden la palabra del Evangelio: ‘Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios’ (Mt 5,9).

La paz y la violencia germinan en el corazón del hombre, sobre el cual sólo Dios tiene poder.  La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus consecuencias dramáticas.  ¡Hombres y mujeres del tercer milenio! Déjenme que les repita: ¡abran el corazón a Cristo crucificado y resucitado, que viene ofreciendo la paz! Donde entra Cristo resucitado, con Él entra la verdadera paz.

Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad.  La verdadera reconciliación entre hombres enfrentados y enemistados solo es posible, si se dejan reconciliar al mismo tiempo con Dios.  Recuerden lo que una vez les dije: No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón.

Bueno, Juan Pablo, ya el tiempo se nos está terminando a mi me quedan todavía muchas preguntas por hacerte, referente a muchos temas, por ejemplo: la familia, la oración, María, el Rosario, la cruz, el sufrimiento, la vida, la libertad, entre otros, ya para terminar, la juventud fue tu gran pasión, por los jóvenes te desviviste, algunos te han llamado el Papa de los jóvenes y yo en nombre de ellos quiero darte las gracias por tu servicio y tu apoyo a nuestros jóvenes.  ¿qué mensaje le quiere dejar a la población juvenil.

A los jóvenes les repito aquí lo que les dije en la Jornada Mundial de la Juventud en el 25 de julio del año 2002, cuando nos congregamos en Toronto: “Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo, (Mt 5, 13-14).  ¡La Iglesia los mira con confianza, y espera que sean el pueblo de las bienaventuranzas!

No teman responder generosamente al llamado del Señor. Dejen que su fe brille en el mundo, que sus acciones muestren su compromiso con el mensaje salvífico del Evangelio!

También ustedes, queridos jóvenes, se enfrentan al sufrimiento: la soledad, los fracasos y las desilusiones en su vida personal; las dificultades para adaptarse al mundo de los adultos y a la vida profesional; las separaciones y los lutos en sus familias; la violencia de las guerras y la muerte de los inocentes. Pero sepan que en los momentos difíciles, que no faltan en la vida de cada uno, no están solos: como a Juan al pie de la Cruz, Jesús les entrega también a ustedes su Madre, para que los conforte con su ternura.

Queridos jóvenes, sólo Jesús conoce su corazón, sus deseos más profundos. Sólo Él, que los ha amado hasta la muerte, (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar sus aspiraciones. Sus palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a la vida. Nadie fuera de Cristo podrá darles la verdadera felicidad.

Ahora más que nunca es urgente que sean los “centinelas de la mañana”, los vigías que anuncian la luz del alba y la nueva primavera del Evangelio, de la que ya se ven los brotes. La humanidad tiene necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios, Señor y Salvador.

TAGS: Entrevista, Juan, Pablo, II
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