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Sábado 21 de enero 2012

Gabriel García Márquez: interesantes confesiones de un escritor (Parte I)

Entrevista realizada por Rita Guibert y publicada en Siete voces, México 1974.
Gabriel García Márquez: interesantes confesiones de un escritor (Parte I)
foto: telegraph.co.uk

¿Extrañas el periodismo?

Mira, de verdad el oficio de periodista me ha dejado una gran nostalgia. Lo que pasa es que ahora no lo podría hacer como reportero raso, que es como a mí me gustaba..., ir al lugar de la noticia, ya sea una guerra, una pelea, o un concurso de belleza, y tirarse en paracaídas, si fuese necesario Aunque el trabajo de escritor, sobre todo como lo hago ahora, tiene las mismas fuentes que cuando era periodista, la elaboración ya es de gabinete, en cambio aquello era en caliente. Cuando hoy leo algunas de las cosas que escribí como periodista me tengo una inmensa admiración, mucho más que como novelista cuando tengo todo mi tiempo para trabajar. Aquello era distinto porque yo llegaba al periódico y el jefe de redacción me decía: “tenemos una hora para entregar esta noticia”. Creo que ahora sería incapaz de escribir una de esas páginas ni en un mes.

¿Por qué? ¿Hay una mayor conciencia del lenguaje?

Creo que se necesita un cierto grado de irresponsabilidad para ser escritor. En esa época yo tenía unos veinte años y no me daba mucha cuenta de la dinamita que tenia entre ma nos en cada hoja que sacaba. Ahora, sobre todo después de Cien años de soledad, soy muy consciente por la enorme aten­ción que el libro ha despertado..., un boom de lectores. Ya no pienso que lo que escribo es para que lo lean mi mujer y unos cuantos amigos, sé que hay mucha gente que lo está esperando. Cada letra me pesa, ¡pero no te imaginas cómo! Entonces me muero de envidia de mí mismo, de cómo cuando era periodista despachaba eso con tanta facilidad. Era formidable poderlo hacer...

¿En qué forma afectó tu vida personal el éxito de Cien años de soledad? Recuerdo que en Barcelona dijiste: “estoy cansado de ser García Márquez”.

Es que me ha cambiado la vida. No sé dónde me preguntaron cuál era la diferencia entre antes y después de ese libro y dije que después “hay siempre como 400 personas más”. Es decir, antes sólo tenía mis amigos, ahora hay además una enorme cantidad de gente que me quiere ver, quiere hablar conmigo: periodistas, universitarios, lectores. Cosa curiosa, muchísimos lectores no tienen interés en hacer preguntas, sólo quieren hablar sobre el libro. Eso, que es muy halagador, lo es caso por caso; pero va sumados se convierten en un problema en la vida de uno. Me gustaría complacer a todos, pero como no es posible tengo que estar haciendo perradas... , ¿verdad? Diciendo, por ejemplo, que me voy de una ciudad cuando en realidad lo que hago es cambiar de hotel. Esas son las cosas que hacen las vedettes, algo que siempre he detestado, y yo no quiero estar en el caso de la vedette, es una imagen que me molesta mucho. Hay, además, un cierto problema de conciencia por estar burlando a la gente y sacándole el cuerpo ; pero tengo que hacer mi vida y llega un momento en que digo mentiras. Bueno, esto lo reduzco a una frase que es más cruda de como tú la dices. Yo digo: “estoy de García Márquez hasta los cojones”.

Sí, pero, ¿no temes que esa actitud, aunque involuntaria, termine por ubicarte en una torre de marfil?

Ese es un peligro que veo permanentemente y me lo digo todos los días. Por eso fui hace algunos meses a la costa del Caribe, en Colombia, donde acabo de recorrer las Antillas Menores, isla por isla. Me di cuenta que por estar huyendo a estos contactos había quedado reducido a los cuatro o cinco amigos que tengo en cada lugar donde vivo. En Barcelona, por ejemplo, alternamos siempre con unas cinco parejas, gente con la que tenemos toda clase de afinidades. Desde el punto de vista de mi vida privada, y por mi carácter, eso es estupendo..., es lo que me gusta, pero llegó un momento en que comprendí que esa vida estaba afectando mi novela  El súmmum de mi vida —que había sido ser escritor profesional— se cumple en Barcelona y de pronto me di cuenta que serlo es terriblemente perjudicial. Yo llevaba la vida del perfecto escritor profesional.

¿Y en qué consiste la vida de un escritor profesional?

Mira, te cuento cómo es un día típico. Siempre me despierto muy temprano, a eso de las seis de la mañana. Leo el periódico en la cama, me levanto, tomo un café oyendo música de la radio y alrededor de las 9 —después que se han ido los niños al colegio— me siento a escribir. Escribo sin interrupción de ninguna clase, hasta las dos y media, que es cuando los niños regresan y empiezan los ruidos de la casa. Durante toda la mañana no he atendido el teléfono, mi mujer ha estado filtrándolo. Entre dos y media y tres, almorzamos. Cuando me he acostado tarde la noche anterior hago una siesta hasta las cuatro de la tarde. Desde esa hora hasta las seis leo oyendo música­, siempre escucho música, salvo cuando escribo porque le pongo más atención a la música que a lo que estoy escribiendo. Luego me voy por ahí a tomar un café con quien tenga una cita y por la noche siempre hay amigos en la casa. Bueno..., creo que esta es la situación ideal para un escritor profesional, la culminación del que ha estado trabajando exclusivamente para hacer eso. Pero de pronto encuentras que, cuando ya lo eres, eso es esterilizante. Yo me di cuenta que estaba metido en una vida completamente estéril —todo lo contrario del reportero que era y que quería ser— que afectaba la novela que estaba escribiendo, una novela hecha a base de experiencias frías, en el sentido de que ya no me interesaban mucho, cuando mis novelas son en base a historias viejas pero con experiencias frescas. Por eso me fui a Barranquilla, la ciudad donde me crié y donde tengo mis amigos más viejos. Pero recorro todas las islas del Caribe, no tomo notas, no hago nada, estoy por ahí dos días, me voy a otro lado, me pregunto, ¿a qué vine? Yo mismo no entiendo muy bien qué es lo que estoy haciendo, pero sé que estoy tratando de aceitar esa maquinaria que se ha ido anquilosando. Sí, hay una tendencia natural —cuando resuelves una serie de problemas materiales— a aburguesarte, a meterte en una torre de marfil, pero yo tengo el impulso, y además el instinto, de salir de esa situación, estoy en una especie de tira y afloja. Inclusive en Barranquilla —donde estoy pasando una temporada que puede ser larga o corta, pero que tiene mucho que ver con esto de no aislarme— me doy cuenta que me estoy perdiendo una gran zona que me interesa por mi tendencia a reducirme a un pequeño grupo de amigos. Pero no soy yo, es el medio que me impone esa condición y tengo que defenderme. Como ves, un argumento más para decir —sin dramatismo, pero por cuestiones de trabajo—: “estoy hasta los cojones de García Márquez”.

Siendo consciente del problema te será más fácil sobrepasar la crisis.

Es que tengo la impresión de que la crisis ha durado mucho más de lo que yo creía, mucho más de lo que creía el editor, mucho más de lo que creían los críticos. Siempre encuentro a alguien que está leyendo mis libros, alguien que tiene la misma reacción que tenían los lectores hace cuatro años, es como si estuvieran saliendo, como hormigas, lectores de cuevas. Es una especie de fenómeno.

Que no deja de ser halagador.

Sí, me parece muy halagador, pero lo que ofrece dificultades es el manejo práctico de ese fenómeno. No solamente tengo la experiencia de la gente que ha leído el libro y de lo que ha significado para ellos (he oído cosas enormes), sino también el de la popularidad. Estos libros me han dado una popularidad que se parece más a la de los cantantes y actores de cine que a la de los escritores. Todo eso termina también por ser fantástico y me llegan a suceder cosas extrañas como esta. Desde cuando trabajaba de noche en el periódico soy muy amigo de los choferes de taxi de Barranquilla porque iba a tomar café con los que estaban estacionados en la vereda de enfrente. Muchos siguen siendo choferes y ahora, cuando me llevan, no me quieren cobrar, pero el otro día, evidentemente uno que no me conocía, cuando llegamos a mi casa, al pagarle, me dice muy confidencialmente: “¿sabe que aquí vive García Márquez?” “Usted cómo lo sabe”, le pregunté. “Es que yo lo he traído muchas veces”, me contestó. Te das cuenta que el fenómeno se está convirtiendo al revés y el perro se está mordiendo la cola; el mito me está llegando a mí.

¿Te interesa la opinión de los críticos?

Me interesaba mucho al principio, ahora, bastante menos. Encuentro que han dicho pocas cosas nuevas. Hubo un momento en que dejé de leerlas porque en cierto modo estaban condicionando —y de algún modo me estaban diciendo— cómo debería ser mi próximo libro. Una vez que los críticos racionalizaban toda mi obra yo iba descubriendo cosas que no me convenía descubrir. Mi trabajo dejaba de ser intuitivo.

Melvin Maddocks, de Life, dijo de Cien años de soledad: “Es la intención de Macondo ser tomado como una especie de cuento surrealista de Latinoamérica? ¿O es que García Márquez lo intenta como una metáfora para el hombre moderno y su sociedad enferma?”

No es nada de eso. Yo quise exclusivamente contar la historia de una familia que durante cien años hizo todo lo posible por no tener un hijo con cola de cerdo v, precisamente, por las medidas que tomaron por no tenerlo terminaron teniéndolo. En síntesis, ese es el argumento. del libro, pero eso de simbolizar... pues, nada. Alguien que no es crítico decía que proba­blemente el interés que el libro había despertado era porque por primera vez se cuenta realmente la vida privada de una familia de la América Latina, entramos al dormitorio, al baño, a la cocina, a todos los rincones de la casa. Por supuesto, yo nunca me dije “voy a escribir un libro que tenga interés por todo eso”, pero una vez escrito, y cuando me lo dicen, pienso que a lo mejor tienen razón. Al menos este concepto es interesante, y no toda esa mierda del destino de los hombres.

Pienso que un tema que predomina en tu obra es el de la soledad.

Es sobre el único tema que he escrito, desde el primer libro hasta el que estoy escribiendo, que es ya una apoteosis del del tema de la soledad; el del poder absoluto, que es lo yo considero debe ser la soledad total. Es un proceso que vengo tratando desde el principio. El del coronel Aureliano Buendía —el de sus guerras y el de su marcha hacia el poder— es verda­deramente una marcha hacia la soledad. Todos los miembros de la familia no sólo están solos -lo he dicho muchas veces en el libro, tal vez más de lo que hubiera debido- sino que es la anti­solidaridad, inclusive, de los que duermen en la misma cama Pienso que los críticos que más han acertado son los que han llegado a la conclusión de que todo el desastre de Macondo —que es también un desastre telúrico— viene de esa falta de solidaridad, la soledad de cada uno tirando por su cuenta. Eso ya es entonces un concepto político, y que lo sea me interesa. Dar a la soledad un contenido político como yo creo que debe ser el contenido político.

¿Había, al escribirlo, la intención consciente de dar un mensaje?

Nunca pienso en dar ningún mensaje. Tengo una formación ideológica y no logro —ni quiero, ni trato— salir de ella. Chesterton decía que él era capaz de explicar el catolicismo partiendo de una calabaza o de un tranvía. Creo que uno puede escribir Cien años de soledad, un cuento de marineros, o describir un partido de futbol y siempre habrá un contenido ideológico. Són los lentes ideológicos que uno tiene puestos y que sirven para explicar, no en este caso el catolicismo, pero otra cosa que no sé qué será. No hay en mí el propósito preconcebido de decir en un libro esto o aquello. Me interesa exclusivamente la conducta de los personajes, pero no lo que esa conducta pueda tener de ejemplar o reprochable.

¿Te interesan los personajes desde el punto de vista psicoanalítico?

No, porque necesitaría una formación científica que no tengo. Sucede al revés. Desarrollo mi personaje, y lo trabajo, creyendo valerme solamente de elementos poéticos. Una vez que el personaje está armado, algunos profesionales me dicen que es un análisis psicoanalítico. Me encuentro entonces con una serie de bases científicas que no tengo y que jamás he soñado. En Buenos Aires —tú sabes que es una ciudad de psicoanalistas— ­algunos hicieron una reunión para analizar Cien años de soledad. Llegaron a la conclusión que era un complejo de Edipo bien sublimado y no sé cuántas cosas más me dijeron. Encontraron que los personajes —desde el punto de vista psicoanalítico— eran perfectamente coherentes, casi parecían casos médicos.

No deja de ser extraño que siendo el machismo una de las idiosincrasias de la sociedad latinoamericana sean en tus libros las mujeres de personalidad fuerte, estable o —como tú mismo has dicho— masculinas.

Eso no era consciente en mí, me lo han hecho ver los críticos que me han creado un problema porque ahora me es más difícil trabajar con ese material. Pero no cabe duda que es la fortaleza de la mujer en la casa -en la sociedad como está establecida, particularmente en la América Latina- la que per­mite que los hombres se lancen a toda clase de aventuras quiméricas y extrañas que es lo que hace a nuestra América. Esa idea me vino de unos episodios reales que contaba mi abuela de las guerras civiles del siglo pasado, que más o menos equivalen a las guerras del coronel Aureliano Buendía. Me contaba que Fulano de Tal se iba a la guerra y decía a su mujer: “tú verás qué haces con tus hijos”, y la mujer, durante un año o más, era la que mantenía la casa. Al tratarlo literariamente yo veo que si no fuese por las mujeres que se hicieron cargo de la retaguardia no hubiera habido las guerras civiles del siglo pasado que son importantísimas en la historia del país.

¿Es eso una indicación de que no eres antifeminista?

Lo que sí soy, definitivamente, es antimachista. El machismo es cobardía, falta de hombría.

¿Cuándo empezaste a escribir?

Desde que tengo memoria. El recuerdo más antiguo que tengo es que dibujaba “cómicos” y ahora me doy cuenta que posiblemente lo hacía porque todavía no sabía escribir. Siempre he buscado medios para contar y me he quedado con la literatura, que es el más accesible. Pero pienso que mi vocación no es la de escritor sino la de contador de cuentos.

¿Es que prefieres la palabra hablada a la escrita?

Por supuesto. Lo estupendo es contar un cuento y que ese cuento muera ahí. Para mí lo que sería ideal sería contarte la novela que estoy escribiendo y estoy seguro que produciría el mismo efecto que busco al escribirla, pero sin todo ese trabajo. En mi casa, a toda hora, cuento los sueños, lo qué me pasó y lo que no me pasó. A mis hijos no les cuento las historias de Callejas sino cosas que suceden, y eso les gusta mucho. Vargas Llosa, en el libro sobre la vocación literaria que está escribiendo, García Márquez, historia de un deicidio, donde toma como ejemplo mi obra, dice que soy un semillero de anécdotas. Tratar de que me quieran por un buen cuento que conté, esa es mi verdadera vocación.

He leído que cuando termines El ótoño del patriarca escribirás cuentos y no novelas.

Tengo un cuaderno donde voy enumerando y toman­do notas de cuentos que se me ocurren. Ya tengo unos 60 y me imagino que llegaré a 100. Lo que es curioso es el proceso de elaboración interna. El cuento —que surge de una frase o de un episodio— o se me ocurre completo en una fracción de segundo, o no se me ocurre. No tiene un punto de partida y después en­tra o sale un personaje. Voy a contarte una anécdota para que te des cuenta por qué misteriosos caminos llego al cuento. En Barcelona, una noche, había gente en casa y se fue la luz. Como el daño era local llamamos a un electricista. Mientras él arreglaba el desperfecto, yo, que lo alumbraba con una vela, le pregunto: “¿Cómo diablos es este daño de la luz?” “La luz es como el agua —me dijo—, se abre un grifo, sale, y al pasar marca un contador.” En esa fracción de segundo se me ocurrió, completito, completito, este cuento:

En una ciudad donde, no hay mar —puede ser París, Madrid, Bogotá— viven en un quinto piso un matrimonio joven con dos niños de 10 y 7 años. U n día los niños piden a sus papás que les regalen un bote con remos. “¿Cómo vamos a regalarles un bote con remos? —dice el padre—. ¿Qué van a hacer con él en esta ciudad? Cuando vayamos a la playa, en el verano, lo alquilamos.” Los niños se emperran que quieren un bote con remos hasta que el padre les dice: “Si sacan el primer puesto en el colegio se los regalo.” Los niños sacan el primer puesto, el padre compra el bote y cuando lo suben al quinto piso les pregunta: “¿Qué van hacer con esto?” “Nada —le contestan— queríamos tenerlo. Lo meteremos allá en el cuarto.” Una noche, cuando los padres se van al cine, los niños rompen un bombillo de la luz y la luz —como si fuese agua— empieza a chorrear llenando toda la casa hasta un metro de altura. Sacan el bote y empiezan a remar por los dormitorios y la cocina. Cuando ya es hora que regresen los papás lo guardan en el cuarto, abren los sumideros para dejar que la luz se vaya, reemplazan el bombillo y aquí no ha pasado nada. Ese juego se les vuelve tan formidable que van dejando que el nivel de la luz llegue más alto, se ponen lentes oscuros, aletas y nadan por debajo de las camas, de las mesas, hacen pesca submarina... Una noche, la gente que pasa por la calle al notar que por las ventanas está chorreando luz y que está inundando la calle, llaman a los bomberos. Cuando los bomberos abren la puerta encuentran a los niños —que distraídos con su juego habían dejado que la luz llegara hasta el techo— ahogados, flotando en la luz.

¿Ya está escrito ese cuento?

Lo único que anoté es: “número 7, Niños que se ahogan en la luz”. Eso es todo. Pero este cuento, así como todos los demás, lo tengo en la cabeza y lo reviso periódicamente. Por ejemplo, voy en un taxi y recuerdo el cuento número 37. Lo reviso completo y me doy cuenta que se me ha ocurrido un episodio..., que las rosas que tengo previsto no son rosas sino violetas. Ese cambio ya se incorporó al cuento y me lo anoto en la cabeza. Lo que me olvido es parque no tiene para mí valor literario.

¿Por qué no los escribes cuando se te ocurren?

Si estoy escribiendo una novela no puedo estar mezclando, no puedo sino trabajar en ese libro aunque me lleve más de 10 años.

¿Inconscientemente, los cuentos no se tan incorporando en la novela que estás escribiendo?

Estos cuentos están en compartimientos completamente separados y no tienen nada que ver con el libro del dictador. Eso me sucedió con Los funerales de la Mamá Grande. La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, porque es un bloque que prácticamente lo trabajé todo al mismo tiempo.

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