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Domingo 22 de enero 2012

Gabriel García Márquez y su relación con la política (Parte III)

Entrevista realizada por Rita Guibert y publicada en Siete voces, México 1974.
Gabriel García Márquez y su relación con la política (Parte III)
foto: telegraph.co.uk

Volviendo a esa declaración donde dices: “tengo ideas políticas firmes”. ¿Cuáles son esas ideas políticas?

Creo que el mundo debe ser socialista, va a serlo, y te­nemos que ayudar para que lo sea lo más pronto posible. Pero estoy muy desilusionado con el socialismo de la Unión Soviética. Ellos llegaron a esa forma del socialismo por experiencias y condiciones particulares y tratan de imponer a otros países su propia burocratización, autoritarismo y falta de visión histórica. Eso no es socialismo y es el gran problema de este momento.

¿Estás de acuerdo con el socialismo del Frente Popular Chileno?

Yo ambiciono que toda la América Latina sea socialista, pero ahora la gente está muy ilusionada con un socialismo pacífico, dentro de la constitución. Todo eso me parece muy bonito electoralmente, pero creo que es totalmente utópico. Chile está abocado a un proceso violento muy dramático. Si bien el Frente Popular va avanzando —con inteligencia y mucho tacto, a pasos bastante rápidos y firmes— llegará un momento en que encontrará un muro que se le opone seriamente. Los Estados Unidos por ahora no están interfiriendo, pero no van a cruzarse de brazos. No van a aceptar de verdad que sea un país socialista. No lo van a permitir, no nos hagamos ilusiones.

¿Es que sólo ves la solución en la violencia?

No es que yo la vea como una solución, pero creo que ese muro, en un momento, sólo se podrá franquear con violencia. Desgraciadamente creo que es inevitable, que será así. Pienso que lo que está sucediendo en Chile es muy bueno como reforma, pero no como revolución.

Refiriéndote a la penetración cultural imperialista, has dicho en la entrevista a Jean-Michel Fossey, que los Estados Unidos tratan de atraer a los intelectuales dando becas y creando organismos donde se hace mucha propaganda.

Creo, pero a fondo a fondo, en el poder corruptor del dinero. Si un escritos, sobre todo en sus comienzos, se le da una beca o una subvención —ya venga de venga de los Estados Unidos de la Unión Soviética o de Marte— de alguna manera lo compromete. Por gratitud, o inclusive para demostrarse que no lo han comprometido, esa ayuda está afectando su trabajo. En los países socialis­tas todavía es mucho más grave porque se supone que el escritor es un trabajador del Estado. Ese ya es el mayor compromiso de su independencia. Si escribe lo que quiere, o lo que siente, corre el riesgo de que un funcionario (seguramente un escritor fracasado) decida si eso se puede publicar. Por eso pienso que mientras el escritor no pueda vivir de sus libros debe hacerlo de trabajos marginales marginales. En mi caso ha sido el periodismo y la publicidad, pero nunca nadie me pagó para escribir.

Tampoco aceptaste el cargo de cónsul de Colombia en Barcelona.

Siempre me negué a ser funcionario público, pero ese puesto lo rechacé porque no quiero representar ningún gobierno. Creo haber dicho en una entrevista que a la América Latina le basta con un Miguel Angel Asturias.

¿Por qué dices eso?

Su conducta personal es un mal ejemplo. Es Premio Nobel, Premio Lenin, y se va a París de embajador de un gobierno reaccionario como es el de Guatemala. Un gobierno que está peleando contra guerrillas que representan todo lo que él dijo representar durante toda su vida. Creo que ese paso de reconciliación con el gobierno fue para conseguir el Premio Nobel. Al aceptar la embajada de un gobierno reaccionario, el imperialismo ya no lo ataca porque es juicioso, y la Unión Soviética tampoco porque es Premio Lenin. Se me ha preguntado últimamente qué opino de que Neruda sea embajador. Yo no he dicho que el escritor no debe ser embajador —aunque yo nunca lo seré—, pero no es lo mismo representar al gobierno de Guatemala que al Frente Popular chileno.

Ya te habrán preguntado muchas veces cómo es que vives en España, un país con esa dictadura.

Si yo tuviera que estar de acuerdo con los regímenes de los países en que vivo, ya casi no me quedaría ninguno donde vivir. Por fortuna, un país es much más que su gobierno. España, bajo cualquier régimen, ha sido y seguirá siendo siempre uno de los países más apasionantes del mundo. Además, yo creo si un escritor tiene que escoger para vivir entre el cielo y el infierno, escogerá el infierno: hay mucho más material literario.

También hay infierno —y dictadores— en América Latina.

Es bueno que aclare esto. Yo tengo 43 años y he pasado tres en España, uno en Roma, dos o tres en París, siete u ocho en México y el resto en Colombia. No he dejado de vivir en una ciudad para irme a otra Es peor que todo eso. No vivo en nin­guna parte, lo que ya es un poco angustioso. Además, no estoy de acuerdo con esa idea que ha surgido —tan comentada últimamente— de que los escritores viven en Europa para darse la gran vida. No es así. Uno no anda buscando eso, el que la quiere la encuentra en cualquier parte, y muchas veces se vive muy difícilmente. Pero no me cabe la menor duda de que es muy importante para un escritor latinoamericano tener en determinado mo­mento la perspectiva de la América Latina desde Europa. Para mi el ideal sería poder ir y venir, pero 1) es muy caro y 2) tengo la limitación del avión que me molesta mucho..., aunque vivo metido en los aviones. La verdad es que en este momento me da lo mismo vivir en cualquier parte. Siempre encuentro gente que me interesa, ya sea en Barranquilla, Roma, París o Barcelona.

¿Por qué no Nueva York?

A Nueva York se debe la limitación de mi visa. Viví en esta ciudad en 1960 como corresponsal de Prensa Latina, y aun­ que no hice nada fuera de ser corresponsal —recoger información y mandarla— cuando salí para ir a México me retiraron la tarjeta de residente y me pusieron en el “black book”. Cada dos o tres años la he vuelto a pedir pero siguieron negándomela automáti­camente. Ahora me han dado la visa múltiple. Creo que era más bien un problema burocrático. Nueva York, como ciudad, es el gran fenómeno del siglo xx, y por eso termina por ser una limitación en la vida de uno no poder venir, aunque sea por una semana, todos los años, pero no creo que tenga nervios para vivir en ella porque me resulta abrumadora. Los Estados Unidos es un país extraordinario, porque un pueblo que hace semejante aparato como es esto y como es el resto del país —que no tiene nada que ver con el sistema y con el gobierno— puede hacerlo todo. Creo que son los que harán una revolución socialista grande, y buena, además.

¿Qué puedes comentar sobre el título que te ha otorgado la Universidad de Columbia?

No logro convencerme... Lo que me tiene absolutamente perplejo y me desconcierta no es ni el honor ni el homenaje -si bien esas cosas puedan ser ciertas- sino que una uni versidad como Columbia decida escogerme a mí entre 12 hombres del mundo entero. Lo último que esperaba en este mundo era un doctorado en letras. Mi camino ha sido siempre antiacadémico (no me gradué de la universidad de derecho para no ser doctor) y de pronto me encuentro en la mata de la academia. Pero es algo que no se parece en nada a mí, está fuera de mi camino. Es como si le dieran el Premio Nobel a un torero. Mi primer impulso fue no aceptarlo, pero prácticamente tuve un ple­biscito de amigos y nadie podía entender por qué motivos iba a rechazarlo. Podría haber expuesto motivos políticos, pero no hubieran sido reales porque todos sabemos, y lo escuchamos en los discursos, que no es el imperialismo el sistema imperante en la universidad. El aceptarlo no constituía entonces un compromiso político con los Estados Unidos y no había ni para qué hablarlo. Era más bien una cuestión moral. Yo continuamente reacciono contra las solemnidades —soy del país más solemne del mundo— y me preguntaba: “¿Qué hago yo en una academia de letrados con toga y birrete?” A insistencia de mis amigos acepté el título doctor honoris causa y ahora me alegra muchísimo, no sólo el haberlo aceptado sino que además sea para mi país, y para la América Latina. Todo ese patriotismo que uno dice no importarle llega un momento en que si tiene importancia. En estos últimos días, y más aún durante la ceremonia, pensaba en las cosas raras que me suceden. Llegó un momento en que pensé que así debe ser la muerte. . ., es algo que sucede cuando uno menos lo espera, algo que no tiene nada que ver con uno. En este momento también me han ofrecido hacer una edición de mis obras completas, pero me niego rotundamente a eso mientras viva porque siempre me ha parecido un homenaje póstumo. En la ceremonia tenía la misma sensación, que esas cosas le suceden a uno después de muerto. El tipo de reconocimiento que yo he querido y que aprecio es el de la gente que me lee y que me habla de mis libros, pero no con admiración o fervor, sino con cariño. De la ceremonia er la universidad lo que realmente me llegó, y no te imaginas en qué forma, fue cuando en la procesión de regreso, los latinoamericanos que prácticamente habían tomado el campus, muy discretamente salieron al camino v me decían: “Arriba la América Latina.” “Adelante, América Latina.” “Empuja la América Latina.” En ese momento, por primera vez, me conmoví y me alegré de haber aceptado.

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