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Lunes 27 de febrero 2012

Bashar Al Assad: 'El León de Damasco'

Por Sergio Paz Murga.
Bashar Al Assad: 'El León de Damasco'
Foto: Captura TV

Tirano, bestia cruel del Medio Oriente, sátrapa, demonio… Todos estos calificativos describen hoy muy bien al presidente sirio Bashar Al Assad, quien no ha dudado en ordenar bombardear a su propio pueblo que reclama mayores libertades.

Sin embargo, hasta hace un año, Bashar era un dictador más de los tantos que hay en la región e, incluso, era una carta de estabilidad para países como EEUU o Israel que, oficialmente, son sus enemigos declarados.

Cuando llegó al poder en el 2000, Washington vio en el nuevo líder alawita la gran posibilidad de que el país adoptara una serie de reformas que “reconciliaran” al régimen con la comunidad internacional.

Se trataba de un hombre joven –tenía apenas 34 años–, de trato agradable, con contactos con Occidente que lo hacían ver más como un tecnócrata, algo difícil de encontrar en el liderazgo del mundo árabe.

Su biografía oficial asegura que cursó sus estudios primarios y secundarios en el elitista Instituto Al Hurriya y que en 1988 se licenció en medicina general en la Universidad de Damasco.

Al momento de elegir su especialidad optó por la oftalmología porque, según su esposa, le tenía pavor a la sangre. “No podía verla y menos en una sala de cirugía”, dijo una vez Asma Al Assad.

Por años residió y trabajó en el Reino Unido, donde se sentía más cómodo, lejos de las responsabilidades de gobierno que tenía su padre, Hafez al Assad, quien gobernaba con puño de hierro Siria tras el golpe de Estado de 1970.

Al morir su padre y su hermano Basel –por un accidente de tránsito–, quien era el heredero designado, Bashar se vio en la obligación de emprender una vida política que no le atraía en lo más mínimo y lo hizo más con resignación que con entusiasmo.

Gente cercana a Bashar asegura que por aquellos años, el nuevo presidente se sentía intimidado por la vieja guardia del partido Bazz, muchos amigos y aliados de Hafez y por la presión de EEUU y la Unión Europea por lo que decidió emprender una serie de reformas que ha pasado a conocerse como la “Primavera de Damasco”.

Sin embargo, todo fue parte de un plan del gobernante para buscar su propio espacio político y asegurarse las líneas de apoyo económico que incrementaran aún más su fortuna personal.
Embriagado por su estrenado poder, en el 2001 comenzó a dar de baja a altos cargos de las Fuerzas Armadas –muchos de ellos aliados de su progenitor– y reorganizó el temido servicio secreto sirio, conocido como “Muhabarath”.

Poco a poco fue desmontado los pocos foros políticos y las ONGS de defensa de los derechos humanos y puso entre rejas a todos los líderes disidentes que hablaban de mayor democracia como Anuar al Bunni, Kamal Labuani, Jalil Hussein, entre otros.

Como sucede en la mayoría de los países árabes, Bashar no descuidó la solidaridad tribal para afianzar sus vínculos y lealtades por lo que designó a varios miembros de la tribu Kalabiya –a la que pertenece– en varios puestos de la administración pública con jugosos sueldos. En pocas palabras, los compró a todos.

Apoyo regional
Controlado el frente interno, el mandatario se encargó de mantener el statuo quo en su vecindario regional.

Gracias a la secta alawita –muy cercana al Islam chiíta–, Al Assad reafirmó su alianza estratégica con Irán, que le provee de armas y petróleo a un monto de mil millones de dólares al año.

Gracias a este eje Teherán-Damasco, Bashar también mantuvo la influencia histórica de Siria en un país como el Líbano, aunque el asesinato en el 2005 del primer ministro Rafik Hariri –cuya autoría fue atribuida al “Muhabarath”– le hizo retirar las tropas estacionadas en territorio libanés.

El retroceso ha sido, sin embargo, más bien simbólico pues Siria es un puente logístico entre el régimen teocrático iraní y el grupo terrorista Hezbollah, de fuerte presencia social y política en el Líbano.

Además, aunque Israel es su enemigo declarado Al Assad ha intentado mantener la fiesta en paz con el Estado judío. Siria apoya al grupo terrorista palestino Hamàs, que tiene su base en la franja de Gaza, pero mantiene su Ejército lejos de la frontera israelí.

Desde 1973, en que hubo la última guerra con Israel –que Damasco perdió– los militares sirios se han abstenido de responder cualquier incursión militar aérea israelí, como la del 2007 en la que se destruyó una planta nuclear.

Cabe decir que la “Primavera Árabe” agarró desprevenido a Bashar Al Assad, quien nunca imaginó que esta revolución pro democrática, de mayoría suniíta se tumbaría regímenes más consolidados como el de Muamar Gadafi, en Libia, y Hosni Mubarak, en Egipto.

Sin embargo, no ha dudado en utilizar la fuerza bruta para reprimirla al punto de contabilizarse más de 7,000 muertos, muchos de ellos mujeres, ancianos y niños y sin que haya un desgaste de su liderazgo nacional.

Las razones son muchas: el apoyo ruso y chino a su gobierno, la falta de unidad en la oposición, el efectivo aparato militar sirio, pero en especial –y lo que es más grave– a la poca determinación de la comunidad internacional por ver fuera del poder a Bashar. Un dictador cruel y con las manos manchadas de sangre, pero que parece un moderado frente a otras alternativas más cercanas al extremismo islámico de grupos como Al Qaeda.

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