
Hace algo más de un mes, en un artículo titulado “El fin del ala izquierda: un fracaso más sí importa”, Carlos León hizo un balance de lo sucedido con el sector progresista desembarcado del gobierno a fines del año pasado. León sugiere que los expulsados forman parte de una generación marcada por el fracaso, que vive hoy su último episodio. Dos cosas que discutir. Una es si se trata o no de una generación en un sentido político. Contra dicha afirmación se podría señalar que los diversos caminos que en la última coyuntura adoptaron los antiguos integrantes de la "nueva izquierda" sesentista hablan de heterogeneidad más que de homogeneidad. Segundo: ¿son los que se colocaron tras Humala los grandes perdedores de la actual izquierda nacional? No lo creo.
Una rápida mirada al resto de la izquierda responde esa pregunta: 1) luego de ganar inesperadamente la Municipalidad de Lima, Fuerza Social decidió ir por su lado a las elecciones presidenciales. A medio camino pierde su candidato presidencial y luego su inscripción. 2) Patria Roja negocia simultáneamente con el nacionalismo y con Fuerza Social, ninguna llega a buen puerto y pierden su inscripción. 3) Tierra y Libertad está muy cerca de su inscripción; sin embargo, en las recientes elecciones regionales no tuvieron buenos resultados y últimamente han tenido problemas para plantear su liderazgo en el tema de Conga en Cajamarca, su bastión principal.
El núcleo del artículo de León está en la estrategia que siguieron los hoy expulsados. La idea es que aquellos que apostaron por el asiento trasero del nacionalismo equivocaron la estrategia. Como señala León, los intelectuales que fueron tras el proyecto nacionalista apostaron a jugar el papel de “consejero de príncipe”, cuando en realidad varios de ellos quisieron jugar otro. Existe una gran diferencia entre ser consejero y ser principito. Varios de los que apostaron a ser consejeros, aspiraban a su propia cuota de poder sin disponer de los elementos necesarios para ello. Durante la campaña la presencia de los sectores progresistas no obedecía únicamente a la voluntad del nacionalismo, sino a las necesidades propias de esta. Con el inicio del gobierno fueron otros los recursos necesarios y valorados por el presidente Humala.
Son por lo menos tres los recursos de poder en la política: dinero, movilización y opinión. En esta nueva situación dichos grupos carecían de todos ellos. El dinero nunca fue su fuerte. Luego de la campaña que emprendieron los medios de comunicación de la derecha, quedó claro que su influencia sobre la opinión pública es limitada. Finalmente, lo ocurrido en Conga evidenció que tampoco podían manejar la movilización. Sin los recursos necesarios para la nueva etapa, el camino para su salida estaba abierto. El problema, a diferencia de lo sugerido por León, no es del partido propio, sino el no disponer de los recursos mencionados. Para los progresistas el desafío consistía en reconstruir los recursos que los hicieran inamovibles.
León festeja que con el fin del gabinete Lerner se termina una generación. Si se observa la historia de la izquierda peruana queda claro que los recambios generacionales no fueron procesos ordenados, sino más bien ácidas disputas. Los hoy viejos desplazaron a la generación precedente a la fuerza, sin pedir permiso. Los jóvenes de esa época son ahora viejos y salvo el paso del tiempo no advierto un grupo generacional con suficiente fuerza para sacarlos de su lugar. Queda claro que la generación de los años 80 nada puede hacer al respecto.
La otra opción es la generación ubicada a partir de la segunda mitad de los 90. Mientras algunos “noventistas” son simple repetición de viejos estilos que poco sirven en el actual momento; otros están atrapados en una cultura política que no sirve para hacer política, aunque suene contradictorio.Una cultura plagada de términos como vigilancia, fiscalización, participación, u otra torsión excesivamente posmoderna son las claves de su acción política. Una generación que creció creyendo que siendo vigilante se construye poder o que el problema del no desarrollo del país es la corrupción.
Una generación alejada del trabajo político de organización popular, angustiada por discutir agendas tangenciales al poder político, y regocijada en la sofisticación de sus aparatos críticos. Creer que esta generación tal y como está será capaz de quitarles el poco espacio que aún conservan los antiguos liderazgos es iluso. Finalmente, si ser de esta generación es creer que lo verdaderamente revolucionario es conservar la alegría; prefiero ser un triste y viejo reformista. Los hippies por lo menos hacían buena música.
El artículo de opinión fue publicado en la revista Bajo la Lupa.