
A pesar de que nací en Maracaibo, capital del Estado Zulia, representante del cual fui veinticinco años en el extinto Congreso de la República y el primero gobernador electo y reelecto por voluntad popular, esta Semana Santa quise venir a la tierra de mi padre. Él nació en Camaguàn, Estado Guárico y se crio en San Fernando, capital del Estado Apure. Tierras, costumbres y tradiciones bastante distintas a las mías, nacido en Maracaibo. Pero el llano venezolano es de belleza infinita y alucinante espectáculo por dentro. No hay nada que sustituya los amaneceres, los hermosos pastos que alimentan ganado de cualquier raza y el sol de los venados a la caída de la tarde.
He estado allí muchas veces. Pero en esta oportunidad vine sin compromiso. A reflexionar sobre casi setenta años de actividad política, acompañado de un pequeño grupo de amigos empresarios medianos y profesionales jóvenes, de los cuales uno tiene que aprender mucho más de lo que a estas alturas de la vida podríamos enseñarles.
La coincidencia fundamental es que Venezuela está mal, muy mal. Quizás los lectores no capten la gravedad de nuestra situación. Lo entiendo. Sé que otros países, entre ellos Perú, han atravesado décadas muy difíciles, pero han logrado superarlas: Nuestra decisión es trabajar con todo para rescatar a Venezuela de esta experiencia castro-chavista, comunismo a la cubana, sea cual sea el precio a pagar. Esto se escribe y se dice fácil, incluso para quienes hemos sido víctimas de la persecución y del acoso permanente del régimen. Pero para nosotros llegó nuevamente la hora de la acción, de generar un cambio radical y definitivo que enrumbe a Venezuela en el camino de la democracia y la libertad.
Quizás podríamos hacerlos solos, pero necesitamos al menos de la comprensión de la comunidad internacional para lo que se avecina. Entramos en una etapa final, dura, de compromisos irreversibles, definitivos para el destino del país y de buena parte del continente.
Esta es la hora del “solo de los venados, es decir, caída de la tarde. La luna esplendorosa se asoma en el horizonte. Parece que nos enviará un mensaje. A veces pienso que lo entiende mejor el ganado que camina en los potreros, que los políticos quienes nos agotamos en lo mismo, sin entender la verdadera naturaleza del problema. El cambio debe ser radical o no lo será. Las consecuencias hay que asumirlas (Con información del diario Expreso).