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Lunes 21 de mayo 2012

¿Qué modernidad queremos?

Por: Jorge Secada Koechlin.
¿Qué modernidad queremos?
Foto: portalinca.com

Hace algunas semanas reflexionábamos sobre los peligros del lenguaje. A veces las palabras crean la ilusión de significado y nos llevan a pensar que decimos mucho más que lo que en realidad decimos. Un ejemplo común es el uso de la palabra “ciencia” y sus derivados. Un conocimiento no es más ni menos verdadero por ser “científico”. A menudo, cuando calificamos así un enunciado no hacemos otra cosa que expresar nuestra convicción, algo así como poner signos de exclamación cuando escribimos.

Los marxistas suelen decir que sus afirmaciones son “verdades científicas”. Eso no contribuye nada a lo que dicen; es pura retórica, solo una manera de enfatizar sus asertos. El correlato derechista a la “ciencia” de los marxistas es su “modernidad”. Los liberales se autoproclaman “modernos”. Anuncian que ellos –la derecha liberal– son los únicos que pueden asegurar este bien preciado y convertir al Perú en un país “moderno”. Pero, ¿qué significa esta “modernidad”?

El Perú tiene una historia milenaria marcada por momentos decisivos de ruptura y refundación. Uno de ellos sucede en la primera mitad del siglo XVI, cuando los europeos descubren esta tierra y se apropian de ella y la colonizan. En ese momento los peruanos descubrimos Europa. Frutos tempranos de ese descubrimiento fueron el Inca Garcilaso y la pintura manierista peruana.

Sabemos que no todos los resultados de ese encuentro fueron positivos, ni siquiera en el ámbito de las letras, artes y ciencias. Consideremos ahora un aspecto equívoco de nuestra historia intelectual que podemos rastrear hasta el momento y la manera en que se constituyó nuestra patria con la conquista española.

Descubrimos Europa durante el renacimiento, antes de que la reforma protestante se asentase, antes de que se generalizaran las explicaciones atomistas de la sociedad y la naturaleza, antes de que Bacon, Hobbes, Gassendi y Locke fijaran la ruta hacia la modernidad de Hume, Kant, Hegel y Mill. Los pensadores del mundo que nos llegaron con Pizarro eran más bien escolásticos y humanistas, como Francisco de Vitoria, Las Casas, Juan Vives y Erasmo. Y, significativamente, descubrimos Europa a través de España.

Desde entonces hemos estado en las márgenes de la historia del pensamiento occidental, y no solo por la distancia geográfica. A partir del siglo XVII España dejó de ser el poder dominante en Europa, también dejó de estar en el centro de la creación humanista y científica del continente. Y nosotros nos situamos –muy poco después de nuestro ingreso a la historia occidental– en las márgenes coloniales de una metrópolis marginal. Podemos sostener con algo de verdad, entonces, que la llamada edad moderna europea, el período que se inicia en el siglo XVII y que pasando por la ilustración llega hasta el siglo XX, nos es doblemente ajena.

Somos parte de occidente, pero lo somos, en cierto sentido, desde fuera. Para empezar, afirmamos nuestra marginalidad respecto a Europa al pensarnos poseedores de una historia milenaria. Al llegar aquí los europeos encontraron un imperio. Encontraron civilización e instituciones, artes, leyes y religión, como subraya el padre Vitoria en su demostración de que en el Perú había un estado legítimo cuando llegó Pizarro. Nosotros no nos creemos nacidos ni con la colonia ni con la república –como los estadounidenses o los venezolanos, por ejemplo–. Nuestra historia, nuestra identidad, trasciende esos momentos. Somos parte de occidente pero nos concebimos también con un caudal propio. Somos parte, pero desde fuera. Tenemos nuestro propio centro.

Este aspecto de nuestra identidad tiene tanto ventajas como desventajas. Por un lado, nos deslumbra lo extranjero, los productos del primer mundo. Aquí nos “llegan” las ideas, así como llegan o no las películas, los libros y las modas. Esta dependencia intelectual es negativa en cuanto impide el pensamiento propio. Quien copia, aún con habilidad, no piensa por sí mismo y lo que produce no es plenamente suyo. Por otro lado, nuestra distancia frente a occidente nos permite ver sus productos con una mirada fresca y renovarlos para hacerlos nuestros. El Lunarejo nos ofrece un ejemplo interesante. Publica su “Apologético” en defensa de Luis de Góngora en Lima en 1662, participando a destiempo en la polémica que desató la obra tardía del español, muerto en 1627. Pero si bien su participación no fue oportuna desde el punto de vista de la cuestión gongorina y el culteranismo en Europa, fue, sin lugar a dudas, una contribución brillante y universal a la fundación de una intelectualidad literaria peruana. En otro ámbito, el Lunarejo, apropiándose de la filosofía escolástica que en ese momento ya estaba de salida en Europa, desarrolla aspectos de la lógica de lo posible y lo necesario que no tienen equivalente allá hasta varios siglos después.

La falta de institucionalidad pública que venimos señalando desde varios ángulos en las últimas semanas en esta columna se manifiesta de manera aguda en nuestra falta de memoria histórica. No es que nos falten libros e investigaciones históricas. Es que nos falta una tradición viva desde la cual pensar en el ser humano, el bien y la justicia. No es que no la tengamos, sino que olvidamos la que tenemos. Prácticamente, cada generación empieza con nada.

La carencia de organización institucional se muestra también en la ausencia de políticas nacionales y la discontinuidad de las políticas gubernamentales con ocasión de cada elección general. El inmediatismo político es síntoma de un mal más profundo: la falta de una consciencia nacional integradora. Una parte importante de la tarea que enfrentamos al construir un estado que nos represente tiene que ver con la recuperación de nuestra identidad.

Según el diccionario, “moderno” es algo “perteneciente al tiempo de quien habla o a una época reciente”, también es lo que “en cualquier tiempo se ha considerado contrapuesto a lo clásico”.  Estos significados se relacionan con la palabra latina de la cual proviene, algo nuevo o reciente. La última novedad que nos ha llegado de los centros del pensamiento occidental es el neoliberalismo. La “modernidad” de la que nos hablan los liberales es una baratija que deslumbra por extranjera, una fantasía fácil que se nutre de nuestra marginalidad. En boca de la derecha liberal, ser “moderno” es ser parte del primer mundo, es decir, ser como los países desarrollados.

Pero, realmente, ¿qué sentido tiene esa modernidad para nosotros? ¿Qué puede significar esa promesa de un Miami criollo para los nativos amazónicos, por ejemplo? Ellos ni la quieren ni la imaginan, pero quienes creen saber lo que nos conviene la proponen con certeza.

No nos confundamos. La política no debe ser nunca vehículo para los espejismos de la ingeniería social. Tanto marxistas como liberales nos proponen modelos de sociedad, como si la historia pudiese predecirse. Los que queremos un Perú mejor, justo e integrado, sin exclusión ni miseria, tenemos la obligación de deliberar sobre nuestras acciones, y para hacerlo honestamente debemos reflexionar, informarnos y buscar entendernos. Ese es el objetivo de la discusión política.

Nuestra mayor riqueza es humana. No despreciemos la diversidad de nuestras culturas. Busquemos cultivar en nuestra vida pública aquellas virtudes que nos son naturales: la generosidad frente a la pluralidad de lo humano que nos muestran nuestros pueblos y nuestra historia; la solidaridad que nos exige el país y que se ha desplegado ancestralmente en estas tierras. La filósofa Elizabeth Anscombe solía decir que lo importante no es pensar con originalidad, sino que nuestras ideas sean realmente nuestras. Tenemos derecho pleno a apropiarnos de cualquier idea, cualquier autor, cualquier propuesta. Pero que eso no sea excusa para ignorar la dificilísima tarea del pensamiento auténtico. Que nuestro futuro y el país que construyamos, que la modernidad que estamos buscando, sea honestamente nuestra (Con información de Diario 16).

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