
Recientes casos de suicidios de niños y adolescentes han conmovido a nuestra ciudad. Aunque, en verdad, dudo de que ese verbo sea el que refleje fidedignamente el sentimiento prevaleciente en la población encallecida por noticias de esta índole: la muerte como protagonista y fuente principal de información en nuestra convulsionada ciudad. Creo que estamos a punto de perder –si no la hemos perdido ya– nuestra capacidad de conmovernos. La sorpresa, en mayor o menor grado, sustituye a la conmoción que debiéramos sentir cuando un niño o un adolescente hace algo tan irracional o antinatural como quitarse, en esa tan tierna edad, la propia vida. En una realidad en la que todos quieren sorprender a alguien con algo –sorprender y no conmover, repito; sorprender y no llamar a la reflexión o a la acción– a todos nos toca hacer nuestro propio deslinde.
Muchas causas se citan para explicar esta triste realidad y se aduce también una responsabilidad compartida. Algo hacemos o algo dejamos de hacer para que sucedan estas cosas mientras nuestro país crece como nunca antes. Se podrá argüir que es la inevitable otra cara del progreso pero eso no nos exime del desafío de compatibilizar y en diferentes planos de la vida personal y colectiva, los derechos y beneficios de la modernidad con los deberes y compromisos para con todos y, especialmente, para con los más vulnerables.
En este reto gigantesco, a los medios de comunicación les corresponde una acción ciudadana solidaria que no están asumiendo como deberían. La difusión de estas noticias puede contribuir al desencadenamiento de otros dramas y tragedias parecidos. Nadie sugiere, por cierto, ninguna censura ni menos que ésta se halle a cargo del Estado, pero sí es menester evaluar y aplicar una autocensura por parte de los propios medios al manejar noticias de este tipo.
Yuri Cutipé, reconocido psiquiatra de niños y adolescentes del Instituto Nacional de Salud Mental Hideyo Noguchi, señala que niños en condición de vulnerabilidad o provenientes de familias desestructuradas y sin una noción completa de la muerte, pueden ser indirectamente inducidos a imitar los atentados a la propia vida por el solo hecho de verlos o saber de ellos a través de los medios de comunicación. Estudios realizados en otros países lo demuestran, señala, al tiempo de precisar que niños malqueridos o maltratados pueden encontrar en esa muerte que ni entienden ni asimilan una vía de escape al sufrimiento al constatar que la solidaridad que en el medio social despiertan estas tempranísimas desapariciones les alcanzaría acaso por primera vez a ellos mismos. Esas fantasías de ser aún así queridos son comunes en estos niños, anota Cutipé.
No se trata de tapar el sol con un dedo pero sí de hacer todo lo posible por proteger a los más indefensos de la sociedad. Bajo los criterios de la preservación de la salud mental de la infancia y adolescencia, debemos promover y difundir una campaña que llame a todos –y especialmente a los medios de comunicación– a tomar medidas de consenso en este sentido.
Sabemos que una muralla de espinas ha crecido alrededor de nuestra ciudad, como lo hizo alrededor del castillo en el cuento de la Bella Durmiente. Sabemos también que alguna ciudad persa, que se parece mucho a Lima, sigue petrificada porque el pueblo no quiso escuchar la voz de Alá, como en uno de los cuentos de Las Mil y una Noches. Quizás no podamos tumbar esa muralla pero sí hacer un forado para que pasen los niños, de la misma manera que oír la voz de nuestro Dios personal que nos recuerda: dejad que los niños vengan a mí… (Con información del diario Expreso).