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REDES SOCIALES
Viernes 15 de junio 2012

Rechazo el aborto porque soy anarquista

Por: Roberto Praga.
Rechazo el aborto porque soy anarquista
Foto: Referencial

Quiero salir al paso, antes que una campaña millonaria a favor del aborto convenza a los compañeros que ser abortista es ser progresista. Pues no, porque soy de izquierda me opongo al aborto y a su entronización como un valor ya sea en forma abierta o subrepticia. Por la misma razón que los anarquistas no oponemos a todo atentado a la vida: pena de muerte, torturas, hambre, armamentismo, destrucción del entorno natural...

Sostengo que la equiparación de anarquismo con permisividad ante el aborto es, primero, una mentira de hecho y, después, una contradicción absoluta con los valores que toda anarquista debe defender.

Como anarquistas somos por extensión de izquierda, nos reconocemos como socialistas, porque defendemos, sin reservas ni dilaciones, la socialización de los medios de producción, porque luchamos contra cualquier explotación del hombre por el hombre, del imperialismo sobre los pueblos. Pero también porque defendemos la vida humana como valor supremo, porque sostenemos que nadie, en nombre de nada, puede suprimirla. Y creemos que precisamente encontrar pretextos y argumentos para suprimir vidas humanas es un signo distintivo de en lo político de la derecha y en lo filosófico de todos aquellos que defienden el principio de autoridad.

Es una falacia la equiparación anarquismo = aborto. Y es también, más aún, una enorme contradicción. Hay vida, y vida humana personal en el óvulo fecundado que anida en la madre. Y se destroza una vida humana - casi siempre con procedimientos de una horrible crueldad para el feto humano que siente- al destruirle.

El feto NO es parte del cuerpo de la madre, NO es un órgano, NO es una glándula, NO es una secreción. Es un ser humano distinto.

Y como tal ser humano tiene sus derechos: tanto como los ancianos, como los minusválidos, los subnormales, los incurables, lo "antisociales", todos aquellos a los que la permisión del aborto pone en la lista de los futuros condenados, porque no se les va a considerar personas humanas con derecho a la vida, sino partes molestas de una sociedad que no les desea.

No conozco una afirmación más reaccionaria - contra todo lo que se diga- que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido. Es el derecho de propiedad más absoluto concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo.

Y es una vergüenza para los anarquistas levantar la bandera de ese pretendido derecho. Y más aún, que se deje a la derecha económica y clerical que monopolice la oposición al mismo, a sabiendas que ellos no tienen ninguna sensibilidad ni por el no nacido, ni por nada.

Es necesario que nos planteemos con valentía y rigor de una vez ese tema en el anarquismo: la vida humana es un valor supremo desde su comienzo, tras la concepción. Y a partir de esta afirmación tenemos que desarrollar una acción coherente contra el hecho real del aborto.

Los anarquistas no debemos aceptar que el vientre de la madre "sea el lugar más peligroso del mundo para el hijo". Debemos hacer que sea el lugar que la naturaleza ha hecho que sea: el lugar más protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, para la madre y para los niños, antes y después de nacer.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados del moderno "progresismo". Hoy es casi inconcebible un izquierdista antiabortista. Para los mortícolas, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado. Para los luchadores sociales de mediados del siglo 19, ser progresista respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después se añadió a la agenda la defensa de la naturaleza. Pero surgió el problema del aborto y, ante él, toda la izquierda incluido el anarquismo vaciló.

Los anarquistas siempre supimos que el débil era el obrero, frente al patrono, el niño frente al adulto, el indio frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el antiguo anarquista, eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario anarquista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejor su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante.

Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el anarquismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del cholo, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada.

Porque si el anarquismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social... ¿qué pinto yo aquí?. Porque para estos anarquistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.

Al parecer, denunciar la condición criminal del aborto constituye un síntoma de adhesión a la "derecha reaccionaria"; lo progresista es acatar la barbarie, bendecirla o al menos transigir pudorosamente con ella, como si la barbarie fuese algo que no nos atañe, como si el aire que respiramos no estuviese infectado con sus miasmas.

Pensaba que podía escribir un alegato antiabortista remitiéndome a información científica tan especializada y técnica que fuese inapelable. Lamentablemente no puedo. Todo esto viene a cuento porque hace algunos meses en una conversación muy causal sobre el tema del aborto el compañero Jesús Cossio me respondió entre cínico y displicente que los antiabortistas sólo tenían argumentos seudo morales o moralistas para oponerse a este derecho. En ese momento no supe que responder, pero ahora respondo desde aquí y quisiera que alguien me explicase con argumentos morales por qué condenar el aborto constituye un ademán reaccionario. Y que me explicara también por qué la defensa de la muerte, la impía negación del futuro constituye una muestra de progreso.

Si el progreso del hombre se ha cimentado sobre el respeto a la vida, sobre su indeclinable protección, sobre su condición de bien jurídico máximo e intangible, ¿por qué estas consideraciones se soslayan cuando nos enfrentamos al aborto? ¿Qué extraño estado de excepción justifica la abolición de esos ideales de progreso?

Uno sigue pensando que el anarquismo se resume en la vindicación de la vida. Pero los gobernantes, que se llenan la boca invocando el Estado de Derecho y demás paparruchas de boquilla, prefieren esquivar esta ignominia, o, en el colmo de la abyección, la enarbolan como pancarta para captar prosélitos. Ni siquiera haría falta aludir a un sentido trascendente de la vida para condenar el aborto; la mera biología nos enseña que la célula resultante de la concepción incorpora combinaciones genéticas propias. Causa espanto (y explica la índole hipócrita de nuestra enfermedad) comprobar cómo la misma sociedad que se subleva porque unos metaleros matan gallinas en rituales ridículos calla sórdidamente ante el exterminio discreto de tanta vida inerme.

Y causan espanto los circunloquios de cinismo que se emplean para mitigar la repugnancia de este exterminio, como esos estrafalarios "sistemas de plazos" que pretenden establecer la licitud o ilicitud del aborto dependiendo de las semanas de gestación, como si el mayor o menor tamaño del embrión delimitase diversos rangos de crimen; como si matar a un enano fuese más o menos delictivo que matar a alguien de un metro ochenta. Esta misma gente evade el debate cuando se le enfrenta a la tecnología médica que hoy permite mantener con vida a bebes prematuros con 6 o 5 meses de gestados.

Resulta una paradoja hiriente, amén de repulsiva, que precisamente hoy, cuando se promociona la solidaridad a la distancia, hayamos transigido con el aborto. Y, sobre todo, resulta infrahumano, tan infrahumano como caminar a cuatro patas.

El abortismo es la promoción masiva del asesinato de seres humanos en el seno materno apoyada en una trasnochada ideología neomaltusiana y eugenésica y en los pingües negocios de la industria abortera. Desde un falso feminismo se esgrime un derecho de la mujer, que en realidad es otra víctima del aborto, por las secuelas físicas, psíquicas y morales. Cuando el hijo o hija ya ha sido concebido y crece como ser humano, es inhumano invocar la libertad para matarlo. Matar a un ser humano nunca se justifica, máxime a un inocente lleno de vida. Un embrión o un feto humano no es un ser humano en potencia, sino un ser humano con muchas potencias. Y el ser humano no es sino el animal con más potencialidades.

Más que ningún otro tipo de injusticia social las del campo bioético han sido teñidas de un sofisticado entramado de manipulación verbal y mediática que ha hecho pasar por "progresistas" auténticas carnicerías humanas. La historia las juzgará retrógadas. Los organismos internacionales, los Estados, las multinacionales y los grupos sociales que hoy fomentan el abortismo y crímenes similares habrán de pedir perdón, como hoy se pide perdón por el esclavismo racista. De hecho, los "argumentos" de los negreros y de los abortistas son análogos.

Carente de argumentos científicos y éticos, la propaganda abortista y eugenésica se limita a enfocar la libertad de elección sin mencionar a las víctimas y los efectos secundarios, y a falsificar la imagen de los movimientos pro-vida. Elude el debate de fondo ante la opinión pública, a la que bombardea desde sus medios hegemónicos de comunicación hasta en los programas de apariencia banal con planteamientos descaradamente unilaterales.

Incluso en congresos mundiales de bioética, que se presentan como plurales, se omite la cuestión del aborto. Los poderosos abortistas consideran consolidada su causa y prefieren evitar el debate. No obstante, insisten en que se globalice la declaración del aborto como un derecho humano para imponer sin discusión la libertad empresarial del aborto en todo el mundo.

En el mundo han sido innumerables veces regímenes de derecha, supercapitalistas, los que han legalizado el aborto. Han sido hombres como Robert McNamara -el del Vietnam y el Banco Mundial, quienes más han impulsado la aceptación del aborto, los que lo han impuesto como algo conveniente para el dominio del capital multinacional. Hitler lo negó para su "raza" aria, pero lo impuso para los demás bajo su dominio. Por el contrario hay vida en el óvulo fecundado.

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