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Domingo 17 de junio 2012

En el cumpleaños de mi padre

Por: Eduardo González Viaña - El correo de Salem.
En el cumpleaños de mi padre
Foto: Difusión

Ayer fue el cumpleaños de mi padre y hoy es justamente el Día del Padre. Quiero leer unas páginas de mi libro “Maestro Mateo” que escribí como si conversara con mi padre:

Seguro dieron las siete de la mañana, pero el reloj municipal estaba lejos, y no era posible oír las campanadas. Creo que las escuché dentro de mi corazón.

Mateo me había conducido volando hasta las orillas de un mar tranquilo. El sol reverberaba sobre las olas cuando descendimos. Era la playa de mi pueblo, y de súbito me sentí muy atrás en mi vida y me descubrí caminando sobre una arena blanca con destellos metálicos al lado de mi padre.

Aquél extrajo de la relojera un enorme Omega de oro, y  confirmó la hora que yo calculaba:

-Las siete- proclamó. – Eso significa que ya hemos caminado más de una hora.

Habíamos llegado al extremo sur de la bahía. Frente se alzaba un faro centenario. Cuando estaba  frente a mi padre, hablaba yo de prisa, hablaba sin verlo ni oírlo, casi sin hablar. Pensaba que él era un hombre muy sabio, y que mis palabras no eran demasiado necesarias.

-Perdona, hijo, ¿Qué es lo que me preguntabas?

Se lo repetí.

-¿Me preguntas si es cierto que el barco del pirata Drake aparece cada Viernes Santo?… ¿Por qué no, hijo? Es cierto y no es cierto.  Todo lo que la gente cree es cierto.

-¿Aunque sea falso?

-Aunque lo sea. Lo razonable es que una nave hundida hace varios siglos no puede navegar otra vez, aunque sea Viernes Santo. Pero, ¿por qué tiene que ser cierto sólo lo razonable?

El perro ahora corría junto a nosotros. Se metía entre mis pies y los de mi padre. No entiendo por qué ninguno de los dos se dio un porrazo. Estábamos tan centrados en la conversación que habríamos atravesado un muro si hubiera estado en nuestro camino.

-Además, si ese barco alguna vez existió y su tripulación luchó en vano contra una tempestad temible, entonces se ha quedado grabado en ese tiempo. Y hasta ahora, todo lo que sabemos del tiempo es que no es absoluto.

Le escuché pero no le entendí.

-Nosotros, Martín, estamos hablando esta mañana frente al mar. De acuerdo con las posibilidades, por tu edad, tú vivirás más que yo. Ahora bien, todas las veces que recuerdes esta conversación ambos volveremos a existir tal y cual nos estamos viendo y escuchando hoy.

Mateo había perdido toda esperanza de fastidiar a mi padre o de cazar al menos una gaviota. Dio decenas de vueltas y saltos pero no cogió ninguna. De todas formas, cuando se ha perdido toda esperanza, queda la posibilidad de molestar. El perro negro corrió veloz contra las olas, se sumergió y se alzó varias veces como un monstruo marino, pero las avecillas no regresaban.

Mi padre no lo vio. Caminaba mirando la arena, y se perdió un espectáculo. Las aves marinas habían ascendido a los cielos y formaban allí escuadras fantásticas. Iban de oriente a occidente, y de allí otra vez hacia el oriente. Volaban en formaciones triangulares que luego se convertían en estrellas de seis puntas cuando dos triángulos opuestos se juntaban. Pasaban a vuelo rasante sobre las olas y otra vez remontaban hacia un cielo muy alto.

Mi padre se quedó en el mutismo por un largo rato.

-¡Qué raro!- dijo al final. Parece que hubiera estado muerto. En la muerte aprendí que cada uno de nosotros ve lo que quiere ver…

No insistí con la pregunta.

-Me gustaría viajar por los siete mares y los cinco continentes.- dije mirando las olas.

Frente a nosotros pasaron unos mariscadores. Comentaban a gritos que habían atrapado pulpos y cangrejos enormes. Mateo había descendido ya y corría dando saltos delante de nosotros.

- Cuando sea grande, lo voy a hacer. Voy a recorrer el mundo, papá.

-Has dicho que te gustaría hacerlo y que lo vas a hacer. Entonces, ya lo estás haciendo.

Me explicó luego que todo sueño obstinado termina por hacerse real.

-La vida tiene que ser una pasión. La pasión es el anticipo de la vida que te espera.

Añadió:

-¿Y se  puede saber a dónde quieres viajar?

-En primer lugar, me iré a un país donde llueva y donde la gente pueda usar paraguas. Aquí ni siquiera los venden.

-¿Te interesan tanto los paraguas?

-Claro que sí. En las películas, la gente interesante suele usarlos.

-Y además de países lluviosos, ¿a qué otros irás?

Se lo dije.

- Bueno, entonces ya estás allí, y en todos los lugares que esperes ver. Cuando llegues y explores esos países, te convencerás de que todo estaba dentro de ti mismo.

Volvimos luego al lugar donde habíamos estado detenidos. Allí nos esperaba la canasta que le había servido a mi padre para comprar una lisa y un lenguado a un pescador del camino. Pretendía decirle luego a mi madre que ésa había sido nuestra pesca de la mañana.

Yo iba recitando los nombres de las ciudades y las islas que iba a conocer.

Mi padre no lo veía. Nunca llegó a verlo, aunque yo se lo mostraba con el dedo, pero estalló en una carcajada interminable. Me abrazaba y reía, reía sin parar.

Me dio dolor pensar que algún día esa risa se evaporaría y que mi padre se haría aire. Aire sería incluso el lugar que ocupaba su cuerpo en el planeta. Se me ocurrió que el planeta no podía seguir existiendo sin mis padres. Sin él, no habría risas ni consejos. Sin ella no habría aire suficiente para vivir aquí.

Hablé otra vez de prisa con mi padre. Hablé sin verlo ni oírlo, casi sin hablar. Se me ocurría que estaba soñando con él, y que en cualquier momento pasaría a otro sueño. Quizás le hablé de la muerte que ya había visto en los ojos azules, transparentes de Mateo e incluso en los suyos.

Mi padre se dio cuenta de que yo me iba a ir, y no quiso que nos separáramos sin darme un consejo.

-Te repito lo que pienso sobre la muerte. ¡La muerte. Ah, la muerte! Nos espera en todas partes, pero si somos cuidadosos, seremos nosotros quienes la esperemos.

Noté que mi padre estaba en uno y otro lado como si ya se fuera a borrar. Le pedí que se quedara un rato más conmigo. Quería darle un triple abrazo como él me había enseñado a hacerlo.

-No temas. Ya te dije que todo esto va a repetirse todas las veces que me recuerdes.

Me lo dijo sentado sobre una roca en el oriente. En vez de mirarme, observaba el horizonte donde el sol se hundía.

Después, mi padre se fue desvaneciendo.

Se me había acercado Mateo y me hacía señas para emprender otro vuelo. Entonces, lo que quedaba de la sombra de mi padre se convirtió en palabras:

-La vida es como un cuento narrado por un perro loco. Un cuento lleno de ladridos. Hay algo que nos quiere decir, y es la pura verdad, pero hay que sacarla de entre los ladridos.

Mis manos se levantaron como las de los sonámbulos, y seguí a Mateo en el vuelo. Nos dirigíamos hacia alguna estrella. Detrás de nosotros, en medio de una noche muy profunda, se quedaba parpadeando el lucero generoso de mi padre.

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