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REDES SOCIALES
Domingo 08 de julio 2012

El Hombre de la Bandera

Por: Javier Díaz Orihuela
El Hombre de la Bandera
Foto: Difusion

Escribir sobre el Hombre de la Bandera, como calificó a Fernando Belaunde Terry el diario limeño La Prensa, inmediatamente después de la memorable jornada cívica y democrática del 1 de junio de 1956, produce en quienes lo conocimos desde esa lejana fecha, un estado de ánimo muy especial; pues,  se agolpan en la memoria muchos recuerdos de eventos ocurridos en más de medio siglo, en cuya dinámica asimilamos lecciones de refinada caballerosidad; de compromiso con la defensa de principios democráticos; fidelidad en el cumplimiento de la promesa pública y la convicción de que la política y los políticos deben aspirar a que sus actos emanen de un profundo sentido ético.

Belaunde demostró ser durante sus dos gobiernos de 1963 a 1968 y de 1980 a 1985, un político capaz e inteligente; demócrata de estirpe y en especial un estadista de vasta perspectiva y prospectiva; en el ejercicio de su profesión se desempeñó como un eficiente  arquitecto pero, sobre todo, innovador urbanista con profunda proyección social;  en el magisterio universitario demostró ser un docto maestro; y, como caudillo, ostenta el mérito de fundar un partido político, Acción Popular, que enarbola  y propone una ideología de vanguardia, El Perú como doctrina.

Fue un excepcional líder porque, además de empinarse como motivador infatigable, conjuntamente con sus seguidores, logró hacer realidad muchos sueños suyos de progreso y grandeza; convirtió la adversidad, el destierro, en fuente de estudio y de acumulación de experiencias que las compartiría con sus alumnos, siempre ávidos de asimilar sus enseñanzas.

Igualmente, demostró a lo largo de su existencia  ser el vivo practicante del ético triple legado andino: veracidad, honradez y laboriosidad, los mismos que se convertirían a lo largo de su trayectoria en hitos inamovibles. Es notable, también su pasión desbordante a la hora de estudiar el Perú, hurgar en sus raíces, su geografía, su potencialidad; y, su apego a la Carta Magna en el ejercicio del mando de la Nación. Por todo ello, las opiniones de personalidades y respetables instituciones expresadas en torno a su figura, tienen el común denominador de respeto, admiración y reconocimiento.

Cómo no destacar aquel mensaje liminar y juvenil de aquella romántica campaña presidencial de 1956, en donde el vocablo ¡Adelante!, dicho con vitalidad y convicción, encerraba las esperanzas de quienes estuvimos cerca, muy cerca de él, compartiendo anhelos de transformación democrática y oleadas de civismo, cada vez más crecientes hasta que alcanzaron ribetes grandiosos.

Desde pequeñas concentraciones públicas en diversos barrios de Lima a giras por el país, iniciadas éstas en Arequipa, tierra de sus ancestros, en donde la fuerza volcánica y vehemencia del pueblo mistiano volcó mayoritariamente  su respaldó al joven arquitecto y candidato lanzado por el Frente de Juventudes Democráticas, liderado por el novel abogado Javier Alva Orlandini, quien, a lo largo del tiempo, como pocos, demostrando capacidad profesional y talento en estrategia política, logra alcanzar y  desempeñar con eficiencia las más altas funciones públicas.

Precisamente, en Lima, dos días antes de la primera gira a provincias programada por el Comité de Campaña del Frente, el Partido  Demócrata Cristiano celebraba un congreso en su sede de la avenida Guzmán Blanco. Por la tarde, con mi hermano Jaime logramos contactar con Mario Polar Ugarteche, distinguido abogado y jefe de la delegación arequipeña asistente a dicho evento, y acordamos con él  que al término de la jornada congresal visitaríamos en su domicilio de Inca Rípac, del distrito de Jesús María, al arquitecto Fernando Belaunde Terry.

Llegado el momento, por la noche y desde el local partidario del PDC, nos dirigimos a la cita con Belaunde a bordo del automóvil del doctor Julio Ernesto Portugal, renombrado expresidente del Consejo de Ministros del Gobierno de José Luis Bustamante y Rivero, quien se sumó a la delegación junto con el joven abogado Roberto Ramírez del Villar. Previamente habíamos tratado sobre esta significativa visita con Belaunde, quien nos dio su consentimiento.

Por ser arequipeños como nosotros, con los tres altos dirigentes democristianos teníamos la empatía que emana y otorga la tierra común. Es más, conocían que dos años antes mi hermano Jaime había ganado el concurso nacional de composición musical académica con su bella obra Rapsodia Arequipeña para piano y  orquesta sinfónica. Ellos fueron testigos del éxito obtenido por la composición durante su estreno en Arequipa; igualmente, del logrado inmediatamente después, cuando la mencionada Rapsodia fue interpretada en el Teatro Municipal por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el maestro Theo Buchwal y como solista, al piano, Jaime Díaz Orihuela. De mi persona, seguramente no tenían la menor referencia, pues, era estudiante del cuarto año de ingeniería civil y, además,  desde adolescente me eduqué en Lima, lejos de Arequipa.

Ya en el interior de la vivienda las primeras palabras de los visitantes fueron de elogio a su arquitectura, pues, la característica de la misma era propicia para ocupar con estilo y sobriedad todo espacio disponible. La residencia permitía, al correr las amplias mamparas de vidrio instaladas de piso a techo, unir al gran salón de visitas con el amplio patio bellamente diseñado con jardinería apropiada. De modo que quienes se encontraran bajo techo o sin él, percibirían la sensación de disfrutar la intimidad del hogar. El arquitecto Belaunde concibió el diseño de su hogar para disfrutarla y compartirla con su familia. Pero, también, destinada a recibir un importante número de personas. Indicio que desde joven aspiraba a participar activamente en política.

En ese ambiente, tratamos el tema político del momento y me atreví a señalar que por  iniciativa de Jaime a la que me sumé, nos permitimos convocar a tan importantes personalidades con el fin de encontrar puntos coincidentes para unir esfuerzos  y apuntalar un Gobierno que asegure la vigencia de la democracia, tan venida a menos durante ocho años de la dictadura de Odría. Junto con Belaunde, nos entregamos a la tertulia política con los líderes arequipeños y las preguntas y respuestas fluían de un lado a otro. Repentinamente, ante el anuncio que en dos días se iniciaría la gira a provincias, arribando primero a Arequipa, supuesto fortín demócrata cristiano, surgieron de parte de Mario Polar y de Ramírez del Villar, algunas afirmaciones que inducían a desactivar la gira “a fin de que el candidato  no haga el ridículo” en tierra de sus mayores.

El argumento principal era que Belaunde no contaba en Arequipa con una base partidaria política o cualquiera otra plataforma capaz de organizar, promover y recibir, apropiadamente, a un aspirante a la  presidencia de la República.

Casi al finalizar el encuentro, las posiciones quedaron claramente establecidas cuando Julio Ernesto Portugal anunció que, precisamente, horas antes el congreso del Partido Demócrata Cristiano, había acordado respaldar la candidatura del abogado y banquero Hernando de Lavalle. Intentó luego que el contingente belaundista se sume a esa posición. Por nuestra parte, sondeamos la posibilidad de que dieran marcha atrás a fin de presentarnos juntos al evento electoral. Ninguna de las partes salió satisfecha de la cita y cada una mantuvo su posición.

Fue un grave error de los demócrata cristianos, al extremo que cuando, posteriormente, se enteraron que Hernando de Lavalle contaba con el apoyo del odriismo, le retiraron su respaldo. Perdieron, también la oportunidad de construir con Belaunde un país justo y progresista.

El diálogo había causado cierta duda referente al viaje a Arequipa. Fui el más entusiasta en despejar esa incertidumbre, pues, era contrario a dicha percepción. Entonces, estando seguro que el pueblo de Arequipa, rebelde por naturaleza y herido gravemente en su orgullo por el dictador Odría, en 1950, recibiría con los brazos abiertos al aspirante presidencial de raíces arequipeñas, finalmente se convino que viajara en avión al día siguiente, temprano, rumbo a la Ciudad Blanca. Allí encontré una actividad febril en la casa del estudiante de arquitectura, Ángel Augusto Chirinos Lizares, convertida prácticamente en casa política del Frente de Juventudes. Varios automóviles, equipados con altoparlantes, recorrían las calles arequipeñas anunciando la concentración programada para el día siguiente. En uno de ellos ubiqué al  sobrio abogado, Julio César Quintanilla, quien se desgañitaba anunciando la invitación pública para el evento cívico.

Fui portador de discos con una bella canción que Jaime había compuesto y grabado especialmente para animar la campaña electoral, cuyo verso inicial decía: “Todos con Belaunde, arriba Belaunde por un Perú nuevo a forjar… Y otra vez podrá volver a brillar Sol de libertad y de paz, Sol que alumbrará una tierra que es Patria para todos por igual…”. La melodía debidamente armonizada e interpretada al piano por su autor, la escuchó Belaunde en casa de Pablo de Madelengoitia y ellos dos contribuyeron a dotarla de letra. 

La delegación belaundista estaba integrada por Celso Pastor, Javier Alva Orlandini, Francisco Belaunde Terry, Julio César Quintanilla, Ángel Augusto Chirinos,  Luis Felipe Calle, Luís Vier, Jorge Melgar, Eduardo Orrego y Javier Velarde. Fue un contingente de primer nivel, al que se sumó un numeroso grupo local integrado por Fernando Chávez Belaunde, Gonzalo Olivares, Francisco Chirinos Soto  José Belaunde, Alberto “Huachuco” Chirinos Lizares, Enrique Mendoza, entre otros participantes, como familias enteras, naturalmente la mía propia, se plegaron al suceso de masas.

Una imponente y bulliciosa caravana de autos desplegó la bienvenida al candidato Belaunde en el aeropuerto arequipeño. Luego, recorrió la ciudad hasta la céntrica calle Rivero, donde la muchedumbre de gente se concentró a pleno sol para escucharlo. En esa primera presentación provinciana, Belaunde leyó un emotivo discurso que arrancaba fervientes y estentóreos aplausos. Al final de su disertación, primera y última que lo haría ayudándose por escrito, el pueblo entonó el Himno de Arequipa.

Inmediatamente después, el candidato fue llevado en hombros al ágora de la civilidad arequipeña que es la bella Plaza de Armas. Instalado en la tolva de una camioneta, Belaunde improvisó una apasionada y, a la vez, combativa prédica. Tal fue la impresión causada por él que, a partir de ese momento, la casa de Rivero 212, se convirtió en una colmena de adhesiones y de intensa actividad. Quedó sellado por siempre el estrecho vínculo, diría romántica unión, de Arequipa con Belaunde. Cuantas veces se presentara como candidato, nunca dejó,  masivamente, de comulgar con el Hombre de la Bandera. 

Otro hecho singular ocurrido durante esa etapa electoral, fue la polémica posición del Apra, declarada, desde tiempo atrás, fuera de la ley; por tanto, estaba perseguida por la dictadura odriista. Sin embargo, el Secretario General Nacional, el legendario Ramiro Prialé, desempeñaba clandestinamente sus funciones políticas. Haya de la Torre, fundador y máximo líder aprista, junto con otros dirigentes estaban deportados. De allí que la inmediata meta del aprismo era retornar a la legalidad.   

Ramiro Prialé, político de fuste y de clara visión, acostumbrado a la lid y argucia electoral, buscó a Javier Alva Orlandini por intermedio del abogado aprista Fernando A. Campos. Se entrevistaron en un automóvil estacionado frente al estudio del abogado cajamarquino. Después de sostener algunos comentarios sobre la precaria posibilidad electoral del candidato Belaunde, hizo un formal ofrecimiento a Javier Alva. La  candidatura a la presidencia que el Apra respaldaría pondría a disposición de su grupo político juvenil varias diputaciones.  

La propuesta era tentadora, podían, con seguridad, ser electos de seis a diez  frentistas. Naturalmente, entre ellos, el mismo Alva. Sin embargo, con perspectiva de futuro, Alva replicó arguyendo que el partido de Prialé, haría honor a su trayectoria si sumaba esfuerzos con la juventud y que, pese a su situación legal, proclamara su adhesión a la candidatura del Arquitecto. Al no llegar a ningún acuerdo, cada uno siguió su propio camino.

Desde entonces, por su reiterada, comprobada y nunca dudosa adhesión a Acción Popular, especialmente a su fundador, Javier Alva es objeto de espontáneas exaltaciones a su persona y de justicieros coros que claman al unísono: “¡Alva lealtad!” Por su parte, Prialé fue el artífice de la alianza del Apra con el Movimiento Democrático Pradista, además de promotor del llamado Gobierno de La Convivencia, al cual Belaunde y Acción Popular combatieron con firmeza dentro de los parámetros vigentes del Estado de Derecho.

Al inicio de la campaña, los apristas, sin clara dirección política, simpatizaban con los principios enarbolados por Belaunde. Sin embargo, el Comando ya tenía un derrotero marcado para ellos. A mediados de marzo, mediante un comunicado afirmaba que el Partido Aprista no resolvía aún su definitiva “ubicación” en el proceso electoral. Notificaba, además, que los afiliados se abstengan de firmar actas e informaba que la presencia de Belaunde en la contienda electoral era ajena a la intervención del Comando Aprista.

La respuesta de Belaunde fue concisa y terminante. Dirigiéndose, mediante carta pública, al Secretario General, Ramiro Prialé, le dice: “Consulte usted a Palacio, designe a mi adversario e imparta la consigna del caso. Yo esperaré el veredicto del pueblo”. Así llegó el momento de las definiciones. Unos buscaban acomodarse. Otros, preñados de apasionados ideales decidieron enfrentar a la oprobiosa alianza del poder, la consigna y el dinero.

Para quienes intervinimos en el llamado Ultimátum de la Merced, no es posible olvidar la angustia producida, un día antes, el 31 de mayo, al enterarnos del rumor que circulaba como reguero de pólvora, no obstante los indescriptibles esfuerzos para recoger las firmas  exigidas por el entonces dócil Jurado Nacional de Elecciones, la dictadura del general Manuel Odría había ordenado no inscribir la candidatura del líder de la juventud.

Los prolegómenos del Ultimátum de la Merced fueron continuos sobresaltos. La inscripción de la candidatura no se oficializaba y la respuesta del Jurado Nacional de Elecciones era que continuaban examinando y cotejando las firmas. En contraposición a este estado inquietante de cosas, los otros dos candidatos, Hernando de Lavalle y Manuel Prado, contaban ya con el reconocimiento de sus inscripciones desde mucho tiempo atrás.

Ante esa descarada maniobra, la mejor respuesta fue convocar al pueblo en calles y plazas. Fernando Belaunde, acompañado por Julio César Quintanilla, abogado arequipeño e integrante del Frente de Juventudes Democráticas, se dirigieron al Norte el 27 de mayo, en el automóvil Mercury, propiedad del Arquitecto y conducido por el chofer Verano. En Talara, Sullana, Piura y Chiclayo fueron recibidos entre aplausos y vítores. Al llegar a Trujillo, avanzada la noche del 29, Quintanilla desciende del auto y con la precaución del caso, entra en dirección a la recepción del Hotel de Turistas. Pide dos habitaciones: una para Belaunde y otra para él. Al mencionar el apellido Belaunde, quien atendía le relata que ese mismo día, en dos ocasiones, se acercaron al hotel policías vestidos de civil para indagar si estaba hospedado el candidato limeño. Procedían de la Prefectura, pues el mencionado empleado escuchó que un policía por teléfono, hablaba con el Prefecto. Era evidente la intención de detener al candidato. Todo podía acontecer durante esa época, pues, estaba vigente la represiva nefasta ley de Seguridad Interior de la República, instrumento apropiado para cometer cualquier desmán por la autocracia gobernante.

Los encargados del hotel ubicaron a Belaunde en la primera planta y a Quintanilla en una habitación del segundo piso. Sin decir palabra alguna, el joven abogado ocupó la habitación designada al candidato. Pensó que si la policía intentaba detenerlo, creyendo que se trataba del Arquitecto, tendría la oportunidad de ensayar un escándalo y, así, darle la oportunidad a Belaunde para burlar la persecución. Sin embargo, la noche transcurrió tranquila y en las primeras horas del día siguiente, 30 de mayo, recibieron noticias de Percy Busaglio Terry y Guillermo Rey Terry. Ellos afirmaron que el Secretario del Jurado Nacional de Elecciones, Carlos Carrillo Smith, había deslizado a ”sottovoce”  la noticia, mantenida en secreto, que Belaunde no sería considerado candidato. 

Mientras tanto, Javier Alva, junto a otros entusiastas adherentes, habían convocado un mitin en la Plaza de Armas de Cajamarca. Hubo que abordar la contingencia y después del intercambio de pareceres entre Belaunde y Quintanilla, de regresar a Lima o continuar a Cajamarca, la decisión fue proseguir la gira y, por avión de la línea aérea Faucett, dirigirse a la histórica ciudad en donde Francisco Pizarro capturó al Inca Atahualpa. Pero para contar con movilidad propia, en caso de confirmarse las graves noticias, decidieron que el chofer Verano, llevara el auto hasta dicha ciudad. La concentración popular en Cajamarca fue muy importante y en ella antecedió en el uso de la palabra a Belaunde,  el exsenador cajamarquino, Felipe Alva y Alva, padre de Javier.

El banquete ofrecido por los ciudadanos  simpatizantes de la causa del joven político se prolongó en demasía. Lograron levantarse de la mesa a las cuatro de la tarde. Previamente se hizo circular la noticia que Belaunde y Alva, seguirían en gira a la provincia de Celendín, en tanto el frentista Quintanilla regresaría, vía terrestre a Lima. Lo cierto fue que Alva, aparentemente, salió en dirección a la provincia cajamarquina y Belaunde junto a Quintanilla  regresaban, subrepticiamente, a Lima.

Después de burlar con audacia y a lo largo de la ruta, varios controles policiales, llegaron a Lima avanzada la tarde del 1 de junio.Tuvieron apenas el tiempo suficiente para concurrir a la cita cívica convocada a horas siete de la noche.

En tanto quienes estábamos en Lima, la víspera y el primer día de junio, sin vacilación alguna contribuimos en convocar  un mitin de protesta en el céntrico crucero de la calle Tarapacá y la Av. Nicolás de Piérola, sede de la casa política. Llegado el momento, esa invernal noche, matizada con la tradicional garúa limeña que humedecía nuestros atuendos, se caldeo ante las vibrantes palabras del candidato:

“Me dijeron que había piratas en la Costa y he bajado de la Sierra a enfrentarme con el peligro… Aquí están las manos que han firmado las actas de mi inscripción, pero más que nada están los puños que van a defenderla… Aquí está mi pueblo comprometido en acompañarme hasta el último esfuerzo…!Adelante!”.

Las afirmaciones, alusivas al descarado fraude montado por los enemigos de la democracia a través del famoso como descalificado servil trío integrante del Jurado Nacional de Elecciones, presidido por César  Lengua Uchuya e integrado por Temístocles Rocha y Lincoln Pinzás, fueron enérgicas y determinantes en la reacción de la ola humana que rondaba el local del Frente de Juventudes. Entonces, en medio de desbordante entusiasmo como indignación patriótica y a los gritos de “¡Queremos inscripción!”, “¡Belaunde Libertad!”, “!Abajo la dictadura” marchamos hasta la céntrica plaza San Martín.

Belaunde, en hombros, encabezaba la muchedumbre. Al llegar al frente del Hotel Bolívar, con audaz gesto  y blandiendo como único escudo el pabellón rojo y blanco, dirigió a la multitud hacia el Jirón de la Unión, en dirección a Palacio de Gobierno. Exigía, así, su legítima inscripción. Entonces, a la altura de la Plaza de La Merced, interviene con inusitada violencia la temida Guardia de Asalto. El duro enfrentamiento contra los manifestantes genera desconcierto en éstos y se produce gran cantidad de heridos.

Trepado sobre una de las rejas de un local comercial, Belaunde arenga a sus seguidores llamándolos a la resistencia. Luego, bandera en mano, en actitud valiente e indeclinable convicción, ensaya una dramática respuesta al despótico Gobierno de Manuel A. Odría. Avanzó por la calle La Merced y dirigiéndose al principal oficial, espetó el célebre desafío: “Haga llegar al general Odría que esperaré media hora y si, hasta entonces, no he recibido el comunicado de mi inscripción forzaremos el paso”.

Conforme pasaban los minutos y se acercaba el plazo dado, por momentos crecía una onda colectiva de repudio a la manifiesta arbitrariedad pero, también, aumentaba la inseguridad por carecer de instrumentos contundentes para hacer frente al inminente ataque. Cumplidos los 30 minutos se producirían violentos choques entre los partidarios de Belaunde, que trataban de forzar el paso pero eran brutalmente reprimidos por la Guardia de Asalto que lanzaba bombas lacrimógenas, ráfagas de balas al aire y potentes chorros de agua que emanaban con fuerza de un recién estrenado carro rompe manifestaciones.

La protesta  comprometió al Jirón de la Unión, la Plaza San Martín y la avenida Nicolás de Piérola. Horas después, a  las 12 de la noche, el Jurado hizo público un comunicado oficial en que daba por inscrita la candidatura de Fernando Belaunde. Definitivamente, el valeroso gesto del líder y la riesgosa presión del pueblo limeño doblegaron al dictador.

De alguna manera, los adversarios políticos han intentado menoscabar el profundo significado de esa valiente gesta al denominarla, peyorativamente, “el manguerazo”. La anécdota surge del fértil imaginario popular cuando al carro rompe manifestaciones se le llamó “Rochabús”, en alusión al nombre de uno de los miembros del Jurado Electoral, el senador odriista, Temístocles Rocha, de clara prepotencia asumida contra la oposición y actitud servil ante la dictadura.

Recuerdo a algunos correligionarios y amigos con quienes, sin vacilaciones ni dudas, rodeamos y alentamos a la naciente estrella política, entre ellos, Celso Pastor de la Torre, Julio César Quintanilla, Francisco Belaunde Terry, Sandro Mariátegui, Percy Busaglio Terry, Javier Arias Stella, Eduardo Orrego, Miguel Dammert Muelle, Guillermo Rey Terry,  Francisco Moncloa, Sebastián y Augusto Salazar Bondy, Adolfo Córdova, Santiago Agurto Calvo, José Matos Mar, Jorge Bravo Bresani, Javier y Manuel Velarde Aspíllaga, José Carlos Martín, Manuel Anchante, Luís Felipe Calle, Augusto Chirinos Lizares, Luis Vier, Carlos Cabieses, Miguel Cruchaga, Juan de Madelengoitia, Carlos Pestana Zevallos, Alfredo Pérez, Gustavo Ruiz de Somocurcio, Manuel Arce Zagaceta, Felipe, Miguel, Jaime y Roger Alva Orlandini, Jaime Díaz Orihuela, Guillermo Elias S, Jorge Aubry. José Terry Montes, Víctor Flórez y yo mismo.

Desde el balcón del diario La Prensa, ubicado en el Jirón. de la Unión, la joven periodista Violeta Correa Miller, aplaudía y arrojaba papel picado como demostración de respaldo a la valiente hazaña del pueblo limeño. Simultáneamente, del nivel superior del Aero Club, varias damas lanzaban flores y con sus gritos se sumaban a la marcha de la Libertad, entre ellas, Lucila y Mercedes Belaunde, Isabel “Chabuca” Larco, Carola Aubry, Lola Chávez Belaunde, Dora Messarina, Antonieta Terry, las hermanas Rada Jordán, entre otras.

Ciertamente, por dirigir intensas actividades políticas en diferentes departamentos, personajes gravitantes en la creación del movimiento y el desarrollo de la campaña, no estuvieron presentes en la proeza del 1 de junio. Entre ellos, el fundador del Frente de Juventudes Democráticas, Javier Alva Orlandini, quien con su presencia en Cajamarca desorientó a los servicios secretos de la dictadura de Odría, sembrando en ellos la creencia de que Belaunde estaría de gira junto a él. Este hecho evitó que Belaunde fuera detenido por la policía en Lima. El espionaje de Odría relajó su acción en la capital. Pero, no obstante encontrarse lejos, Alva en casa de Carlos Trigoso y junto con Alberto Negrón Fernández, Alfonso Rodríguez Domínguez y otros amigos, pudieron escuchar por las ondas de la emisora limeña, Radio Central, el vibrante como emotivo mensaje político que Belaunde dirigió al pueblo peruano aquella inolvidable noche.

El Ultimátum de la Merced, es una cautivadora lección de civismo y entereza para aquellos que gobiernan a espaldas del pueblo. La pujanza y veloz crecimiento del respaldo popular a Belaunde, atemorizó a otras candidaturas y al propio Gobierno de mediados de la década de los años cincuentas, al punto que intentaron retirarlo de la contienda utilizando malas artes. Sin embargo, pudo más el movimiento político liderado por un arquitecto preñado de entereza, aplomo y honradez, cuyos cimientos virtuosos emanaban de una familia tradicional y ejemplar; con visión de futuro e ideas claras; concepción planificadora, sustentada en la realidad peruana que la conocía en profundidad; sólida formación urbanística con responsabilidad social; y, sobre todo, comprometido con una democracia vanguardista e incluyente.

Así, el 1 de junio de 1956, el pueblo reconquistó  la libertad perdida, ocho años atrás, mediante el cuartelazo del general Manuel A. Odría. Éste derrocó  a otro gran demócrata arequipeño, el jurisconsulto y poeta don José Luis Bustamante y Rivero, quien, posteriormente, presidió el más alto foro del mundo: el Tribunal Internacional de la Haya.

Al día siguiente, 2 de junio, como era mi costumbre llegué por la mañana a la Universidad Nacional de Ingeniería. Al ingresar al pabellón principal, varios compañeros de clases me abordaron. Me pidieron que encabezara una marcha de protesta por la violenta reacción del Gobierno en contra de nuestro catedrático y candidato presidencial. Haciendo notar que la universidad nunca había participado en actos políticos y que, inclusive, no se habían realizado las acostumbradas huelgas comunes en otros centros universitarios, repliqué en negativo.

No obstante, tal fue la presión que, casi obligado, acaté la solicitud y entré a varios salones de clases  para pedir a los alumnos concentrarnos en la explanada principal de la Universidad y protestar formalmente por el atropello del Gobierno contra Belaunde. Observé un sentimiento creciente de apego en favor de la causa del Frente de Juventudes.  La amplia información que traía el diario, La Prensa, sobre los sucesos de la víspera, había calado hondamente.

Entretanto, Gonzalo Cisneros Vizquerra, Secretario General del Centro Federado de Estudiantes de la UNI, hermano de quien fuera, años después, el influyente general Luis “Gaucho” Cisneros Vizquerra, se opuso en principio a que utilizara los altoparlantes de nuestro centro de estudios. Sin embargo, luego de un largo diálogo acordamos en que pronunciaría sólo tres palabras. De acuerdo con el trato, cuando tuve el micro en la mano, expresé a todo el estudiantado las tres palabras pactadas, debidamente espaciadas y a pleno pulmón: “¡Vamos… a… Tarapacá!”. Resultó, así, casi un grito de guerra. La respuesta fue un estallido de satisfacción.

Usamos todos los medios de locomoción que disponíamos para llegar a la Plaza Libertad. Allí nos concentramos alumnos, profesores y empleados e iniciamos la marcha. Antes de llegar a la Plaza 2 de Mayo, busqué un teléfono, llamé al arquitecto, me contestó y le manifesté que toda la Universidad de Ingeniería marchaba rumbo a la casa política. Me respondió que acababa de regresar del Hospital Loayza, pues, sentía mucho dolor en el costado izquierdo a la altura de las costillas, que estaba fajado y debía reposar un corto tiempo, pues, a primeras horas de la tarde salía en gira al centro del país.

Un tanto desilusionado por su respuesta, arremetí fogoso y hasta diría que me atreví exigirle que viniera. “Los estudiantes se sentirán frustrados con su ausencia”, le manifesté. Pasaron unos instantes, en silencio y en angustia para mí, hasta que expresó: “¡Javier, continúe la marcha hasta la Plaza San Martín, luego regresen a Tarapacá. Así tendré el tiempo suficiente para reunirme con ustedes!”.

Cuando retorné a la primera fila de la marcha se esparció como pólvora encendida la respuesta de nuestro maestro. El entusiasmo crecía porque de las veredas y balcones de la avenida Nicolás de Piérola las gentes nos aplaudían y otros se sumaban a la marcha. Llegamos a la plaza y nos estacionamos al frente del monumento a San Martín. Alguien trajo una bandera y como no teníamos nada programado, me dijo: “Habla y desagravia a la bandera y, con ella, a Belaunde que ayer ha sido ultrajados”.

Fue la primera vez  que pronuncié un breve discurso a una enfervorizada muchedumbre juvenil, cuya dimensión fue tres o cuatro veces superior al mitin convocado, días antes, por el Partido Socialista liderado por su candidato a la presidencia, el Senador Luciano Castillo.

Casi a mediodía, Belaunde se presentó en Tarapacá. Esta vez avanzó a pie firme y rodeado de un círculo de alumnos que impedían que alguien se acercase y agravara su dolencia, la misma que fue producto de la violencia a la  que fue sometido la noche anterior. Su discurso, breve y emotivo, fue una hermosa lección de civismo a un público que era enteramente suyo y a quien conocía en su mayoría. Allí anunció que de inmediato salía en gira con dirección a la Oroya, Huancayo y otras ciudades del centro del país. Todos quedamos satisfechos y comprometidos a proseguir en el esfuerzo colectivo para ganar las elecciones.

Días después, a poco de la inscripción, el 8 de junio, se produjo la grandiosa e inolvidable concentración popular en la Plaza San Martín. A diferencia de las candidaturas millonarias de Manuel Prado y Hernando de Lavalle, el eslogan de la convocatoria rezaba: ¡Sin camiones, sin matones, sin millones! Muestra inobjetable de la mística que motivaba a los contestatarios, lo que suplía con creces las falencias de una campaña franciscana. Sin embargo la imaginación popular se acrecentó. Algunos estudiantes colgaron del lomo de tres burros, que los paseaban por las calles, carteles en los que se leía: “Sólo yo no estaré en San Martín”.

Según La Prensa, previo a la cita, ríos humanos se dirigían a la mencionada plaza movilizados por sus propios medios. Las bocacalles de Nicolás de Piérola, de Colmena izquierda, así como las del jirón de la Unión, Belén y Carabaya y la propia plaza, estaban repletas de miles de asistentes.

Los periodistas de la época, cifraban de 150 a 200 mil los asistentes al mitin. En el momento cumbre de la cita monumental, Belaunde salió en hombros del Hotel Bolívar y, debido a la imposibilidad de avanzar por la densidad de la entusiasta muchedumbre, le significó 45 minutos cruzar el túnel humano desde el hotel hasta el estrado levantado frente al Portal Zela. ¡Belaunde libertad! ¡Arquitecto del nuevo Perú!, ¡Abajo la ley de Seguridad Interior! ¡Belaunde juventud!, fueron los estribillos que clamaba la ciudadanía.

En esa oportunidad, tuve la satisfacción de presentar ante la multitudinaria concentración al joven candidato Fernando Belaunde. Previamente, hube exhortado al pueblo para corear el lema “Adelante” y vitorear al candidato. Manifesté ayudado por potentes altavoces: “Ante esta irrebatible e inmensa demostración de apoyo popular, con ustedes el nuevo electo Presidente de la República, Fernando Belaunde Terry”. La respuesta ciudadana fue ensordecedora e interrumpida sólo por la metálica voz del orador:

“Gracias pueblo peruano, por haber inscrito mi candidatura a la presidencia de la República. Gracias por haber brindado en la hora decisiva el calor de una adhesión fervorosa y valiente. Gracias, en fin, a la mujer limeña por haber salido a la calle en la inolvidable jornada del primero y por haberse asomado a los balcones a lanzarnos flores que hicieron imperceptibles o deleznables el impacto de las bombas…  No quisieron reconocer miles de firmas y aquí están decenas de miles de votos palpitantes  que anhelan un nuevo Perú…”.

Sin la menor duda, ese viernes 8 de junio de 1956, el pueblo eligió a su Presidente, quien ganó la batalla en las calles. Sin embargo, las cifras electorales oficiales confirmaron a Manuel Prado como el nuevo Jefe del Estado. Los primeros resultados favorecían al Hombre de la Bandera; empero, lentamente en los siguientes días, las cifras variaban en favor de Prado. Las maniobras se impusieron desde el domingo 17 de junio, fecha de las elecciones y, en claras muestras de amedrentamiento, se llegó  al extremo de allanar el domicilio  de Alberto Ruiz Eldredge y detener a Jorge Bravo Bresani, ambos personeros en el Jurado Departamental de Lima. Por la falta de garantías, Miguel Dammert anunció el retiro definitivo de los personeros.

Ante la adversidad electoral, el candidato de la Libertad y de la Renovación no se amilanó. Todo lo contrario, y respaldado por la fuerza moral de haber obtenido alrededor de medio millón de votos, lanzó un mensaje a la Nación que fue transmitido por las ondas de Radio Libertad. Fue el 7 de julio de 1956, día en que anunció la fundación de un nuevo partido, el de Acción Popular. El amplio  auditorio de la emisora ubicada en la céntrica calle Belén, resultó muy pequeño para albergar a los que concurrimos a tan importante y emotivo acto fundacional.

Belaunde afirmó, en tono suave y poético:”Mucho de lo grande se lo debemos a la acción popular. Por acción popular surgió una ciudad misteriosa y poética en la cumbre de la montaña y se elevan catedrales sobre los cimientos de los templos paganos. Por acción  popular ha dado frutos el desierto. Fue la acción popular la que inspiró a Túpac Amaru su sacrificio a Castilla sus campañas, a Arequipa sus rebeldías. La acción popular se expresó en la montonera pierolista cuyas víctimas morían, anónimamente sin una queja, por un ideal…

Y con potente tonalidad de voz, gesto desafiante y mímica apropiada espetó: La nueva fuerza cívica que se ha opuesto gallardamente a la triple alianza  de la consigna, del rezago político del pasado y de un gobierno arbitrario y despótico, tiene también la honrosa característica de su origen netamente democrático. Por eso la llamamos y la llamaremos siempre Acción Popular”.

Aparece en ese memorable discurso, las claras pinceladas del visionario estadista, cuando resalta las grandezas de lo que pudo y puede realizar la sociedad debidamente encaminada. Autora de su propia destino en función de unir los esfuerzos del Estado con la creatividad y aporte colectivo o individual con el fin supremo de lograr bienestar y desarrollo. Pero todo ello en libertad, en democracia, respetando lo que corresponde a cada cual conducente, finalmente, a inculcar en cada persona orgullo del pasado, presente  y confianza en el futuro, generando así una creciente auto estima ciudadana.

Pasarían algunas semanas para que los estudiantes de la Universidad Nacional de Ingeniería observaran de nuevo al líder que movilizó inmensas concentraciones populares, subir las gradas universitarias, transitar por pasillos y aulas y, con su habitual sencillez, dialogar con alumnos y catedráticos sobre temas de arquitectura, urbanismo, planeamiento e ingeniería. Tal vez con mayor emoción de la  que hubiera disfrutado el recorrer las instalaciones de Palacio de Pizarro. Belaunde regresó a sus labores académicas habituales de profesor universitario. Pero, la semilla que estaba sembrada en los feraces surcos de los corazones del pueblo, darian frutos algunos años después.

Como es evidente, lo escrito anteriormente está referido a la primera gran cruzada cívica de quien, en ese entonces, con 44 años de edad era ya una juvenil y acreditada personalidad política. Permítaseme, dar un salto de más de medio siglo y abordar al mismo hombre de bien, en la etapa de vida con su envidiable, espléndida y lúcida madurez y, sin embargo, próxima al descanso eterno.

Don Fernando quedó gravemente herido, corporal y espiritualmente, con el deceso de Violeta Correa Miller, su amada e inseparable esposa. Ella murió, precisamente, el primer día de junio del año 2001 y desde entonces la actividad, optimismo y fe en el futuro declinó ostensiblemente en el Jefe y Fundador de Acción Popular.

El Partido estaba tonificado con el quehacer del acciopopulista doctor Valentín Paniagua, quien hubo alcanzado una victoria sin precedentes casi al finalizar la arbitraria década del fujimorismo: ser elegido Presidente del Congreso de la República. Corría el año 2000 y hubo transcurrido un decenio del régimen de Alberto Fujimori cuando millones de peruanos, entre estupefactos y sorprendidos, observaron escabrosos sucesos a través de las pantallas de televisión.

Las imágenes daban cuenta sobre la forma en que en la salita del Servicio Nacional de Inteligencia (SIN), donde despachaba el tenebroso Vladimiro Montesinos Torres, hombre fuerte del presidente Fujimori, se compraba voluntades de congresistas, ministros, vocales de la Corte Suprema, empresarios, altos oficiales de las Fuerzas Armadas, dueños de diarios como de canales de televisión y radios, banqueros, deportistas, alcaldes y demás autoridades. Como maná del cielo, los miles de billetes de dólares, bien empaquetados, caían sobre las manos inescrupulosas de funcionarios, políticos, militares y empresarios a cambio de favores insospechados. Los hechos convalidan al Gobierno de Alberto Fujimori como el más corrupto de toda la historia.

Posteriormente, como consecuencia de la fuga del país del presidente Alberto Kenya Fujimori y la renuncia de sus dos vicepresidentes, el presidente del Congreso Valentín Paniagua Corazao, asume la primera magistratura del Perú. Los ocho meses de su Gobierno de Transición, fue paradigma de probidad y también ejemplo de cómo se combate la corrupción o se aplica todo el peso de la justicia a quienes cometen dolo en perjuicio del Estado peruano. A todos los sentenciados se les respetó el debido proceso. Hasta el prófugo Vladimiro Montesinos, capturado por la policía y trasladado desde Venezuela, recibió lo que la ley dictaba. Hoy cumple pena de cárcel y con él otros conspicuos fujimoristas.

Faltaba pocas semanas para concluir el Gobierno de Transición, cuando recibí una llamada del Presidente Belaunde. Me convocaba a su modesto pero agraciado departamento de la calle Moncloa, en San Isidro. Por esa época como consecuencia de las sucesivas responsabilidades oficiales asumidas por el Secretario General de Acción Popular y congresista Valentín Paniagua, renunció a su alto cargo en el Partido mediante documento dirigido al propio Belaunde.

En la jerarquía partidaria, yo seguía y asumí la Secretaría General Nacional, con el previo beneplácito del Jefe y Fundador de AP. La reunión realizada a partir de la 6 de la tarde fue impactante, conmovedora. Lo encontré preocupado por el porvenir de la institución política que él fundó, Acción Popular, y triste por no tener a su lado a Viola como cariñosamente la llamaba. Cargado de años y pensando en su testamento político, consciente de la buena imagen como del sitial ante la opinión pública alcanzado por el Presidente Paniagua. Me expresó que el futuro inmediato del Partido estaba en manos de Paniagua, por lo que había decidido convocar a un Congreso o Plenario Ampliado, para pedir los votos que aprobaran su propuesta para nominarlo Jefe de Acción Popular.

Y casi en términos patriarcales acotó que después de tantos años compartidos conmigo en la universidad, en el partido, en la función pública y en el ámbito de la amistad, recurría a quien, además, tenía la responsabilidad de ocupar el más alto cargo ejecutivo partidario para que visite al Presidente y comunique su especial anhelo. “Tengo plena confianza que usted Javier, sabrá cumplir exitosamente esta misión”, afirmó el anciano arquitecto.

Mis palabras de respuesta fueron para precisar que su Jefatura simboliza la unidad de Acción Popular. ¡Estoy seguro que contaremos con su presencia por mucho tiempo más! añadí. Pausadamente replicó. Soy consciente de mi edad y quiero confesarle, Javier, que mi más ferviente deseo es reunirme con Viola, pero antes, tengo el deber y la obligación de dejar todo debidamente arreglado.

Señor, visitaré al Presidente Paniagua pero creo que no aceptará. Entiendo que para él y para todos nosotros, usted es y será el único correligionario que lleve para siempre el honroso título de ¡Jefe y Fundador de Acción Popular!. Permítame anunciarle su generoso deseo, pero constreñido a Presidente del Partido. Cumplí el encargo. No fue fácil convencer a Paniagua. Finalmente, a propuesta de Fernando Belaunde Terry y después de reiteradas conversaciones, en el XII Congreso Nacional Extraordinario, celebrado el 1 y 2 de septiembre de 2001, Paniagua fue por unanimidad de votos electo primer Presidente de Acción Popular.

Transcurridos algunos meses el Perú percibió angustia y dolor ante la muerte del Presidente Fernando Belaunde Terry. El pueblo acongojado, dando una inmensa muestra de respetuoso cariño hacia su persona, lo acompañó hasta su última morada, ubicada al costado de Violeta Correa, en cuya tumba se lee el epitafio que su esposo mando colocar. “¡Espérame!”.

En verdad, es difícil precisar qué fascina más del Presidente Belaunde.  Su bella y hasta casi poética oratoria política que arrancaba sonoras ovaciones de decenas de miles de manifestantes que colmaban calles y plazas públicas o su prodigiosa memoria capaz de producir o reproducir largos discursos. La inagotable actividad en todo aquello en que estaba empeñado o la sencillez, claridad y elegancia con la que argumentaba en sus escritos. La generosa distancia que guardaba con amigos o allegados o su extraordinaria capacidad para sintetizar en una, dos o tres palabras toda una propuesta o mensaje. Su inteligencia y visión para postular programas, especialmente, de infraestructura o las cautivadoras clases al ejercer la cátedra universitaria.

O, tal vez, su energía para censurar la injusticia sin rozar la violencia ni generar el mínimo exabrupto o  sus gestos delicados, únicos y muy tiernos, con los que demostraba  querencia a su insustituible Violeta. En verdad,  no es posible escoger uno de estos rasgos personales; muy por el contrario, induce a sumarlos todos.

Así, el Hombre de la Bandera que revolucionó su tiempo y la forma de hacer como predicar política, también nos enseñó una filosofía de vida, un modo de ver las cosas desde la condición y realidad humana. Pero esencialmente despertó la autoestima en cada compatriota al sentirse imbuidos de lograr: ¡la conquista del Perú por los peruanos!

Lima, 7 de julio de 2012.

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