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Domingo 08 de julio 2012

Los retos de Peña Nieto

Por: Elías Pino Iturrieta.
Los retos de Peña Nieto
Foto: Referencial

Con el retorno del PRI, después del triunfo de su candidato en las elecciones presidenciales, ¿se puede pensar en la posibilidad de un cambio en México? Si nos atenemos a las afirmaciones de un acreditado analista, Enrique Krauze, estamos ante una alternativa remota. "No creo en el PRI porque no ha dado señales de que ha dejado de ser lo que fue, porque no ha ofrecido elementos para pensar que es otro", dijo cuando conoció los resultados de la justa electoral. Tenía cómo sostener su incredulidad, porque hacía memoria de los setenta años largos en los cuales ese partido ejerció una dictadura disfrazada que condujo a profundas desigualdades sociales y a una preponderancia sectaria que convirtió a la democracia en un simulacro. Pero también se refirió Krauze a situaciones del presente, partiendo de las cuales ventiló sospechas sobre las relaciones del PRI con la delincuencia que ahora azota a su país. Fue una mezcla de recuerdos ásperos y de evidencias procedentes del entorno inmediato, que recogía un historiador quien también se desempeña como editor de una revista de gran actualidad.

Las afirmaciones no deben pasar inadvertidas, por venir de quien vienen, pero el desarrollo de ciertos fenómenos difíciles de suceder en el pasado permite abrigar la esperanza de una metamorfosis. El ascenso de Enrique Peña Nieto, en especial. Su candidatura no provino de los habituales arreglos priistas para la unción del nominado, que en los "buenos tiempos" dependió de la voluntad de un jefe de Estado inapelable y, en los últimos doce años, de la hermética decisión de una camarilla. Peña Nieto lanzó su proyecto sin esperar la bendición de los "dinosaurios", hasta el punto de transformar su ascenso en un hecho cumplido que debía aceptar la nomenklatura otrora indiscutible. Como no tenía mandatario que lo tapara y engordara, y como había amasado suficiente prestigio en la administración regional, se saltó las instancias para encontrar soporte en las base de la organización. Maniobra inédita, pero también insóli-ta, gracias a ella obtuvo una legitimidad procedente del pueblo que nadie ostentó hasta la fecha en su partido. ¿Podrá, después de superar la alcabala de las maquinarias, después de jugar con acierto frente a sus pares, manejarse con autonomía en el Palacio Nacional? El primer paso puede abrir camino para itinerarios audaces, que no signifiquen una restauración del poder tradicional. No será fácil, porque en las manos del PRI quedó el control de 22 de los 32 estados de la unión federal, una urdimbre de cacicazgos dispuestos a sobrevivir, un hábito de resabios y corruptelas ante las cuales debe sobreponerse. Sin embargo, la forma de acercarse a la batuta le ofrece una sorpresiva ventaja. Si se agregan los logros obtenidos en la gobernación mexiquense debido a influencia personal, cuenta con herramientas para trabajar tierra escabrosa.

El descalabro del PAN también le ofrece alicientes. Se desplomó en una marejada de vacilaciones y fisuras en las cuales se involucraron los figurones de la cúpula, Fox y Calderón entre ellos. El PAN cayó de las alturas para vivir en el purgatorio de un tercer lugar sin atenuantes, seguramente merecido y sin un arcángel que recupere a sus ánimas debido a la reacción de los votantes frente a una guerra en la cual se involucró la dirigencia sin las armas y sin las estrategias adecuadas. Tal vez seguirá la trifulca de las ánimas en ese penoso purgatorio, antes de que puedan volver con las heridas cicatrizadas a la superficie de la política. Así las cosas, la pugna entre Gobierno y oposición mantenida en los últimos doce años deja de existir, para que el Presidente de estreno juegue sus cartas sin excesiva precaución. Debe enfrentar el incremento de la convocatoria de las izquierdas, cuyo crecimiento en el favor popular aconseja una negociación cuyo único destino es la transformación de la realidad, si las cabezas del PRD quieren de veras concretar una retórica capaz de dejarles dividendos. El probable decaimiento de López Obrador, sobre cuyas espaldas pesa la lápida de dos derrotas consecutivas, seguramente acelere el encumbramiento de un líder como Marcelo Ebrad, portavoz de una lucidez a través de la cual puede su partido aspirar al poder supremo sin mueve el santo en una procesión sin apuros, y si aprovecha el control regional que salió de la reciente labranza. Son factores que apuntan hacia el cambio, guiado por los líderes de una trabajosa evolución. Sobre el movimiento estudiantil que buscó influir en las elecciones tal vez resulte apresurado asomar pronósticos sobre el peso que tendrá en el paquete, en caso de que logre arraigo después de que sus clamores se quedaran sin eco entre los sufragantes.

Pero estamos frente a especulaciones que deberán probarse en una sociedad habitada por 52 millones de pobres, 12 millones de ellos sumidos en pobreza extrema; en una sociedad conmovida por la violencia, hasta el extremo de ser una referencia universal en la materia; en una sociedad que acude a la paradoja de buscar cambios en una factor acostumbrado a la inercia. ¿La cambiarán los flamante poderes de Enrique Peña Nieto, en la vanguardia de un PRI escarmentado y renovado? Es una historia que apenas empieza. Para los vaticinios no sería ocioso recordar las afirmaciones de Enrique Krauze, comentadas al principio, deseando que se queden en el papel. (El Universal)

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