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Martes 17 de julio 2012

La hora de Capriles

Por: Asdrúbal Aguiar.
La hora de Capriles
Foto: Referencial

Alguna revista de información reciente cuenta que llegan a manos de la gente más teléfonos digitales que el número de habitantes de la Tierra. Cada hombre o mujer de nuestro tiempo se hace primero de estos prodigiosos medios de comunicación e información interpersonal que de la bolsa de harina que le alimenta sus huesos. El significado de este suceso es superlativo y determinante. No implica -como aparenta- que la persona del siglo corriente privilegie la materialidad técnica o el consumismo globalizador por sobre lo esencial, en otras palabras, que opte por pasar hambre o apartar necesidades espirituales a costa de la moda. Todo lo contrario.

Hasta ayer era crítico por creer que la revolución tecnotrónica nos hace perder el amor a lo presencial y apaga el diálogo directo entre los individuos, a cambio de la entropía, del culto egoísta a los fetiches digitalizados; mas esta vez descubro que el valor de la comunicación instantánea sin fronteras ni alcabalas confesionales que la impidan nos devuelve a todos, sin discriminación, identidad moral y la personalidad perdidas. Logramos manejar nuestros proyectos de vida, sin delegación.

Durante el siglo XX los pueblos medran sedentarios, son audiencia cautiva del espectáculo estatal, presos de la cárcel de ciudadanía que representan el Estado y la noción de Patria que este les impone. Pero aquellos rescatan, en este quiebre de la civilización, el valor permanente de la "patria de campanario", de la plaza y sus visitantes a los que le canta Miguel de Unamuno. Tocan y manejan las ideas libremente sin temor a los ojos de las chaperonas ni inhibir el vuelo de los sueños.

No obstante, cabe admitir que el concepto de la Nación disuelve a partir de la modernidad nuestros nichos medievales, afirmados en las diferencias familiares, culturales, económicas o profesionales, tanto como el Estado que le acompaña nos sustrae del confesionalismo religioso para revelarnos la verdad laica y la importancia de la experiencia humana vital.

Pero el Estado Nación llega a su fin. Es víctima de la anacyclosis, de su nacimiento, desarrollo y degeneración. Un andamiaje burocrático y esclerótico secuestrado por los mesianismos y recreador de nuevos fanatismos, más peligrosos por ser profanos y agónicos. Aquel y sus ventrílocuos intentan sostener el secuestro del alma humana y la propia Humanidad, creyéndose únicos y capaces de mostrar -a través de los sacerdotes de su templo, los gobernantes del momento y los jefes de sus partidos- el camino bueno a desentrañar y sus misterios insondables, y de conservar el control de aquellos que ofrecen peligros para los "hijos de la polis".

Si pensamos en el caso de Venezuela, desde la caída de la Primera República hasta la actualidad domina el credo bolivariano sobre el gendarme necesario: ese padre bueno y fuerte que a todos nos orienta por considerarnos incapaces de valernos por nosotros mismos y quien, con criterio, mejor entiende la libertad de la que hemos de gozar frente al extranjero y sobre la libertad acotada que se nos puede otorgar en lo doméstico. No seremos libres sin la asistencia del dios terrenal que encarna en los profetas de la política oficial.

El caso es que tal historia ha concluido. Sus manifestaciones y actores son un parque jurásico. Nuestro Juan Bimba, con su teléfono de última generación a cuestas y su acceso a los mensajes instantáneos, breves y concisos, útiles para la resolución de sus asuntos cotidianos y extraños a la palabrería fútil y adornada, cada vez más se percata de su fuerza personal, apoyado en la técnica como obra del ingenio.

El prepotente dirigente de barrio o de partido o de municipio, o el gobernante quien presume desentrañar las complejidades de nuestra contemporaneidad, es una pieza de museo.

La generación BlackBerry vino para quedarse. Busca afanosa a pares capaces de transmitir ideas prácticas en 140 caracteres. No tiene tiempo para sermones porque el tiempo de la sociedad de vértigo se desgrana a cada segundo, y además perturban la cultura dominante de los celulares.

Esa generación tiene empatía con quienes hacen obras, sin detenerse en la dialéctica o el conflicto. Es realizadora. No quiere estadistas sino buenos conserjes, en el mejor sentido de la palabra. Abre camino como lo hace el joven Henrique Capriles, mientras su contendor promete, reciclando su Biblia del Comunismo, darnos Independencia Nacional, Patria Socialista, y armas para su defensa. Este es un cadáver insepulto. Hace pocas horas el Consejo de Derechos Humanos de la ONU reconoce lo que ocurre: los derechos de libertad que rigen en el mundo parcelado de lo material valen para lo virtual, en Internet. Cuba y la Rusia de Putin muestran sus reservas.

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