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Martes 31 de julio 2012

La perfección herida

Por: Leonardo Valencia.
La perfección herida
Foto: Referencial

La última intromisión la sufrió Hemingway. La editorial norteamericana Scribner ha publicado una nueva edición de la novela Adiós a las armas con prólogo e introducción del hijo y el nieto del escritor, y con la novedad de incluir en forma de apéndices tanto un borrador temprano de la novela como los distintos finales. Que Hemingway era un gran “reescritor” lo había declarado a The Paris Review en 1958, probablemente la mejor revista con entrevistas a fondo a escritores donde nunca se deja de abordar la cuestión del proceso creativo, y que, por suerte, se sigue publicando. Allí dejó constancia de que había corregido treinta y nueve finales para su novela. También, hace no mucho tiempo, salió una nueva edición de un libro de cuentos de Raymond Carver, Principiantes, con las versiones íntegras que su editor Gordon Lish no cercenó. Tampoco escapó Jack Kerouac con la publicación por Viking Press del rollo mecanografiado original de En el camino.

¿Será que, de pronto, hay lectores con manías filológicas que quieren comparar ediciones definitivas con variantes previas? ¿O más bien nos encontramos ante una operación de mercadeo para dar un plus a libros que, sin duda, tienen muchas ediciones y hay que ver la manera para que se compre la última? No lo sé. Pero quisiera más bien señalar una consecuencia adicional de esta voluntad por escarbar en borradores.

Sería inútil discutir que el fetichismo es parte de la naturaleza lectora. A veces en grado perverso: se lee tantos diarios y correspondencias de autores –bastará citar a Kafka– que la obra queda al margen. Y aunque ahora se trata de variantes descartadas, lo que se evidencia son las dudas por las que pasa un escritor. Hay que imaginar las grandes obras cuando son borradores, dijo alguna vez Adam Zagajewski refiriéndose a la Divina Comedia. Eso humaniza la intimidante perfección de las obras maestras y funciona como invitación para futuros escritores: es posible, chico, adelante.

Sin embargo, también se entorpece el vigor de la obra. El esfuerzo del escritor por buscar la palabra correcta –precisamente porque el verbo en el que resuena es corregir– es una de sus mayores motivaciones. Y atención que lo correcto no solo es lo lacónico: hay barroquismos verbales que exigen tanta o mayor corrección. Digamos que tales autores son más humanos, que los vemos sudar la gota gorda. De acuerdo. Pero no es eso lo que importa. Porque a lo mejor el terreno de la literatura sea perfeccionar, con su particular manera, la vida. Es esta la que no se puede corregir a nuestro antojo. Queda al menos, entonces, ese espacio verbal que tiene un brillo de otro orden, a veces incomprensible, y que solo en la palabra correcta da un modelo de concisión del que, poco a poco, quizás, la vida toma su cauce para no caer en errores todavía más fatales. Es una ilusión literaria, por supuesto. Puede ser divertido herir la búsqueda de la perfección, como lo hace la cultura editorial de los residuos. Pero en esa búsqueda, en ese pequeño espacio de pulimento, está el núcleo de la moral del escritor y de todos sus lectores. (El Universo)

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