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REDES SOCIALES
Jueves 02 de agosto 2012

Inseguridad y convivencia

Por: Nelsa Curbelo.
Inseguridad y convivencia
Foto: Referencial

Piensa usted que vamos hacia una mayor represión en lugar de mejor educación, fue la pregunta. Situada en el contexto de la prisión para los choferes que transgreden los límites de velocidad permitida, la pregunta ocultaba una trampa.

En el caso concreto de choferes transgresores, la cárcel puede tener un efecto educativo de rebote. No es un delito menor ser un peligro público para sí mismo y para los demás. No es un delito menor segar la vida de transeúntes y choferes, de pasajeros en un bus. Las personas que nos visitan dicen que es de temerarios conducir en las ciudades y en las carreteras del país.

Pero hay datos que no conocemos suficientemente. ¿Quiénes trasgreden más la ley, los choferes profesionales o los sportman? ¿los jóvenes, los adultos, los mayores? ¿Varones o mujeres? ¿Qué días de la semana? ¿Cuántas horas trabajan sin descansar los choferes de buses interprovinciales?

El dinero de las multas, ¿en qué se utiliza? Sería conveniente crear un fondo que repare en algo el daño causado a las víctimas o sus familiares, un fondo para los hijos huérfanos, para las viudas, para quienes quedan inválidos, por ejemplo.

Quizás llevar a los choferes a las salas de emergencia de un hospital, ayudaría a una toma de conciencia más contundente que estar sin hacer nada hacinado en una cárcel. O hacer servicio comunitario, en el área que es profesional, educación, medicina, contabilidad etcétera, mientras guarda prisión domiciliaria.

Los accidentes de tránsito son parte de la inseguridad nuestra de cada día.

La inseguridad pública nos agobia, es tema principal de las autoridades en sus discursos, pero hay que situarla en relación a la convivencia, y la convivencia requiere el apego a las normas básicas de comportamiento y respeto a la ley.

La seguridad y la convivencia democrática avanzan con más y mejores escuelas y empleos, pero ello no es suficiente. Tampoco avanzan únicamente con el incremento de penas, policías y militares en las calles, denuncias anónimas, pagos secretos y personas encarceladas. Es realmente insuficiente explicar el aumento de delitos en función de la marginalidad y la pobreza. En la sociedad que une felicidad a consumo, que mide éxito por cuantas cosas se posee, que a toda propuesta de servicio pregunta cuánto pagan o cuanto cuesta, lo que está en crisis es el sentido mismo de la vida.

Frente al temor que se expande, el clamor por condiciones seguras de vida, la política de convivencia y seguridad no puede construirse sobre el miedo. “Cualquier sociedad que renuncie a un poco de libertad para ganar un poco de seguridad, no merece ninguna de las dos cosas”, dijo Benjamín Franklin.

En artículos anteriores me refería a la “acupuntura urbana”, como una intervención plural y eficaz en un barrio, en un territorio. Esas intervenciones exitosas y eficaces se convierten en nodos, que combinadas con otras intervenciones tejen espacios amigables en las ciudades, y son referencia para otras experiencias exitosas si aprenden de ellas y las adecúan a su contexto particular. Quizás el eslogan ahora debería ser más convivencia, no solo más seguridad. Ampliar espacios con árboles, que convoquen a las reuniones y no al aislamiento detrás de los muros y las rejas y mallas eléctricas y sirenas. E inundar de luz las calles, siempre será un gasto menor que los que ocasiona la delincuencia. Superar el temor colectivo en el espacio público debe ser tarea prioritaria para recuperar la ciudad como un escenario de intercambio, de encuentros, de gozo. (El Universo)

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