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Viernes 31 de agosto 2012

Pdvsa y la superioridad moral del chavismo

Por: Marcos Carrillo.
Pdvsa y la superioridad moral del chavismo
Foto: Referencial

Ante la tragedia de Amuay el chavismo ha recurrido una vez más a dos expedientes desgastados: el sabotaje y la falta de sensibilidad de quienes denuncian la culpa del Gobierno en las muertes ocasionadas; todo de la mano de una propaganda que minimiza lo sucedido. Así, Chávez, al ser interrogado por un reportero de Globovisión sobre los desaparecidos, le dejó la palabra a la ministra Sader y, literalmente, salió corriendo (¡Oh! ¡Espíritu del museo militar, sal de ese cuerpo!); Rafael Ramírez explicó que "solo (¡!) nueve tanques están paralizados"; la gobernadora de una declaración a otra disminuyó las cifras de muertos y el impresentable de Pedro Carreño, en un arrebato necrófilo, afirma que huele a gas desde 1998 y es culpa de la oposición. Todos, a una voz, descartan de entrada la negligencia y la falta de mantenimiento como causas de la tragedia, a pesar de que la memoria y cuenta de Pdvsa de 2011 dejó en evidencia de que se cumplieron menos del 20% de las paradas de mantenimiento planificadas. Chávez aplaude y felicita en cadena nacional al presidente de Pdvsa y este responde orgulloso "hemos cumplido", a la sombra de un número indeterminado de muertos y desaparecidos.

Esta actitud va más allá de la arrogancia del poder. Es ante todo una posición de superioridad moral. El buen revolucionario es un privilegiado con acceso a una verdad suprema que no pueden ver quienes no son miembros de la logia.

Esa superioridad moral es lo que está en la médula de la lucha que ha librado el chavismo contra la meritocracia, específicamente en Pdvsa. El inepto que toma la bandera roja con fanatismo y sumisión es apóstol del bien, por eso es mejor que el estudioso y esforzado que, en definitiva, no genera ninguna utilidad a la revolución.

Para que la supremacía que alegan pueda permear a toda la sociedad y construir el "hombre nuevo" es indispensable la permanencia indefinida en el poder. El único principio, entonces, no es teórico, como argumentan constantemente, sino puramente pragmático: mantenerse mandando. En función de ello todo lo demás es excusable. El revolucionario no comete errores, por el contrario, es víctima incomprendida de quienes sabotean sus buenas acciones.

La verdad está subordinada a la supervivencia de la revolución, por ello no tienen el más mínimo rubor en mentir: es necesario y justificado. De allí, que su moral es necesariamente flexible, debe mutar conforme a las necesidades que vayan surgiendo. Toda una paradoja: la moral revolucionaria es inevitablemente  dócil y maleable, acomodaticia y subordinada, alterable a conveniencia,  es decir, una antimoral.

En este cuadro el ser humano es accesorio, es un artefacto para la construcción de la nueva era que nunca llegará. Por eso, frente a la tragedia de Amuay, al genocidio continuado que sucede en las prisiones, a las toneladas de comida que se pudren por corrupción y desdén, o a la guerra que gana la delincuencia contra la gente decente, la actitud de Chávez y sus secuaces es la de la justificación complaciente, el silencio cómplice o la ofensiva minimización de los hechos.

Por eso, para el chavismo el desprecio al ser humano es  justo y necesario, y la verdad es solo la oficial, como lo exige constantemente la Fiscal General.  Dentro de su sistema nunca se conocerá el número verdadero de muertos y desaparecidos, no habrá una investigación imparcial y técnica, y nadie será juzgado, así lo exige la revolución. El revolucionario no es imputable.

La pureza moral de la que se jactan es, en definitiva, una honda falta de escrúpulos impermeable a la democracia y al respeto a la vida, es fascismo. (El Universal)

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