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Sábado 29 de septiembre 2012

En nombre de la verdad

Por: María del Pilar Tello
En nombre de la verdad
Foto: Difusión


María del Pilar Tello, autora de estas líneas


El único límite a la libertad de expresión es la incitación a la violencia o al delito. Límite que no aparece muy claro en los concursos cuyos protagonistas van voluntariamente al cadalso de su intimidad por una paga. Tampoco en la producción o la conducción que obtiene el desvelamiento público de los secretos y miserias mejor guardados. En el mercado de los realitys shows todo puede suceder sin responsabilidades mayores ni limitaciones aunque estemos ciertos de que pueden incrementar la violencia por desvalorización colectiva, algo que sucede en todo el mundo incluyendo los países europeos, cuna de la ética occidental. Los valores se trasgreden y banalizan cotidianamente en el altar del rating y la popularidad lo que a su vez da dinero por publicidad.

El asesinato de Ruth Thalía Sayas, la ya tristemente célebre primera concursante de ‘El valor de la verdad’ a manos de Bryan Romero, es la gran telenovela periodístico-penal del momento. Su guión ha generado cientos de horas de producción informativa, prensa escrita, radial, internet y por supuesto televisiva. Y promete muchas horas más de truculencia, detalles morbosos, testimonios, histeria, recriminaciones y vendettas periodísticas en una saga que el morbo alienta a reproducir. No será la primera ni la última tragedia que desencadena una dinámica negativa pero sumamente rentable.

¿Dónde está la ética de medios y periodistas que pueda poner límites a los contenidos que consumimos? ¿Existe autorregulación de medios de comunicación y de periodistas?

‘El valor de la verdad’ es un programa más entre varios que no son inocuos. La exposición de las miserias de la gente junto a la permanente y sistemática crónica roja crea un microclima que da lugar al comentario y al chisme y lamentablemente puede resultar modélico para espectadores jóvenes y menores que pueden no analizar correctamente los mensajes de este tipo de programación que en el Perú ya ha desencadenado el asesinato de una mujer. Estamos hablando de valores y de ejemplos en un país en que el machismo malamente extendido provoca perversiones y delitos como el feminicidio.

Es el momento de hablar claro respecto de la responsabilidad de los medios, de los periodistas y del público en general. Todos aceptan estos productos y se felicitan por su rentabilidad sin detenerse a pensar en el daño colectivo ni en la violencia que pueden estimular. No cabe rasgarse las vestiduras cuando algo terrible sucede y después mirar a otro lado. Bien ha señalado Gonzalo Portocarrero que este tipo de programas televisivos produce en el público un gozo fuera de toda ley y moral. “Un gozo que envilece, que en vez de enriquecer a la persona la degrada. Que implica siempre algún tipo de desconocimiento y desprecio por las particularidades del otro. Se trata de una burla sobre la desgracia ajena que impide el desarrollo humano auténtico”.

Valiente comentario y muy valioso por lo inusual. Pocas veces se critica a los medios de comunicación y a la prensa por sus excesos y nunca cabe esperar de ellos un mea culpa por los contenidos negativos que se lanzan a la sociedad. Tampoco de la sociedad. Nadie hace un mea culpa por alentar estos formatos que estimulan lo peor en las personas, la maledicencia, el chisme, la vulgaridad que linda con lo delictivo y siempre con lo inmoral. 

Y si algo puede extraerse de positivo en este penoso crimen es que también ha producido algún rechazo hacia quienes lucran con la situación creada. Libertad no es libertinaje. Si los medios no desean que se les imponga alguna regulación es necesario que se autorregulen para que logren el equilibrio entre rentabilidad y calidad en los contenidos televisivos. No hay que olvidar que el periodismo y los medios trabajan con la confianza de la gente y la pueden perder. Su mayor capital es la credibilidad y para mantenerla deben ofrecer la mayor calidad. El Defensor del Lector, del oyente o del televidente es una institución que funciona muy bien en otros países y que debería ingresar pronto al debate nacional en su calidad de bisagra entre el medio de comunicación y su público, cada vez más necesaria. Seguiremos.

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