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REDES SOCIALES
Sábado 29 de septiembre 2012

Docentes que marcan la vida de sus alumnos

Por: Billy Crisanto Seminario
Docentes que marcan la vida de sus alumnos
Foto: Difusión

Billy Crisanto Seminario, autor de estas líneas

Hace unos días recordaba con un amigo (abogado él) las vivencias que compartimos en la universidad. Evocamos a nuestros profes que ya no están en este mundo. Le conté haber escrito y publicado un pequeño tributo a uno de ellos semanas antes de que muera. Coincidimos en que fue un erudito en su rama, pero disentimos sobre sus cualidades personales. Mi amigo, a pesar de sus logros profesionales, no podía olvidar lo injusto que había sido al evaluarlo el profesor motivo del diálogo. Conversamos sobre otros temas, pero me dejó pensando ese hecho, la persistencia de ese pequeño desafecto en alguien,  cuya realización y bienestar eran evidentes. ¿Sí después de tanto tiempo, él (con su éxito) no había podido superar algo, en mi opinión anecdótico, cómo procesarán otros alumnos y ex alumnos las huellas que dejan en ellos sus docentes?

El tema, como ya se habrán dado cuenta, alude a las cualidades de un buen maestro. Las competencias y los conocimientos que se generan en los alumnos son importantes, pero también lo son los sentimientos y recuerdos que se dejan marcados en ellos. Un docente que se hace querer al mismo tiempo fomenta de manera natural el interés de los niños y jóvenes por aprender. Más allá de cualquier técnica es la propia calidad humana del maestro la que seduce (en el buen sentido de la palabra) a los alumnos. Entonces dos  de las preguntas claves a este respecto son: ¿Qué significa tener calidad humana? y ¿Cómo formar profesionales de la educación que la posean?

Hay que dejar claro en primer lugar que es imposible cambiar las historias personales de los primeros años, pero si se puede aprender a procesarlas de tal manera que no afecten el desarrollo de los niños y jóvenes. Un buen maestro puede ayudar al alumno a reparar sus deficiencias afectivas. Todos recordamos con gratitud y admiración, al menos a uno de nuestros profesores de primaria o de secundaria. Era el que generaba tranquilidad y confianza tan sólo al escucharlo. Nunca llegaba a ningún tipo de agresión. Por el contrario,  entendía nuestros problemas, nos alentaba y daba luces para resolverlos. Claro está que se hacía respetar, pero antes que por el miedo hacia su persona, por la admiración que generaba en sus alumnos.

Muchas de las habilidades sociales que hacen a un buen maestro se podrían detectar en las pruebas de ingreso a la universidad o al instituto pedagógico. Éstos deberían pasar a sus postulantes por más de un test de aptitudes y actitudes psicológicas favorables a la docencia. Eso supone que debe gozar de una buena  salud mental y/o de una buena inteligencia emocional que le permitan tratar bien a sus futuros alumnos. Aparejado con lo anterior, deben demostrar una fuerte vocación educadora. Esto supone hacer de la enseñanza una pasión y la actividad que le procuren las mejores satisfacciones de su vida. Esto evitaría que egresen maestros frustrados y amargados que desahoguen su ira con sus alumnos.

Hay que resaltar que la calidad humana (lucidez, empatía, asertividad, buen ánimo, etc.) es un estilo de vida que el docente debe demostrar dentro y fuera del aula.  En la película “Rescatando al soldado Ryan”, los subalternos del capitán John H. Miller (Tom Hanks), al observar su aplomo, su calma y su lucidez para tomar decisiones, apuestan sobre cuál ha sido su oficio antes de enrolarse al ejército. Al final les revela, ante la sorpresa general, que ha sido profesor de una escuela en su pueblo. La moraleja se convierte al propio tiempo en un desafío. El docente (al menos el buen docente) debe serlo en todos los roles que tenga que cumplir y en todos los espacios donde se desenvuelva.

Por ejemplo, de mi promoción de la UNP, contribuyó enormemente en nuestras carreras el ejemplo del profesor José Bernal García (QEPD). De él aprendimos a convertir  la docencia en nuestra más bella realización vivencial. Y algo importante que constatamos, pues él era un libro abierto; fue que para ser buen docente primero hay que ser un buen padre. Diariamente éramos testigos del amor que le profesaban  sus hijos. Cada vez que llegaban a verlo las expresiones de afecto de su parte eran naturales y efusivas. Nosotros sus estudiantes también veíamos en él a un padre y a un amigo. Siempre tenía tiempo para todos, mostrándose jovial y bromista.  Tuvimos otros docentes buenos, otros regulares y otros mediocres (el término es fuerte), pero el profe Bernal marcó positivamente nuestras carreras.

Hay que tomar en cuenta que la salud mental del docente implica una férrea voluntad para mentalizarse, de tal forma que los problemas personales, que todos vivimos, se quedan en la puerta del aula. Sin embargo, esto se va afirmando en la propia praxis educativa. Hay que generar confianza en los alumnos para que afloren sus alegrías, pero también sus rabias y frustraciones. Y es que ahí donde ha faltado un padre biológico, o éste ha sido un maltratador, el maestro debe revertir esta negativa influencia, y no hay otra forma que con su propio ejemplo. La triada: conocimientos – empatía – didáctica  se convierte entonces en el medio más poderoso para hacer de los alumnos mejores seres humanos.   

No contar con empatía o con inteligencia emocional es tener serias limitaciones para ejercer la docencia. Pero, lamentablemente buena parte del magisterio carece de estas  indispensables cualidades. Los resultados son, por un lado, una apatía y un conformismo que les impide su desarrollo profesional, y por otro lado maltrato a sus alumnos y malas relaciones humanas con sus colegas. Es típica en ellos una notoria agresividad que nace de sus rabias y frustraciones. Es posible, en el contexto actual, que a este sector pertenezcan los docentes que arrojan piedras en sus marchas y los que pintan de   amarillo  a quienes no piensan como ellos.

En el rol de estudiante es sencillo identificar a los profesores lúcidos y empáticos. Simplemente se comienza admirándolos y se termina queriéndolos y recordándolos para toda la vida. Sin embargo, para el sistema, para las autoridades, para el ministerio se torna difícil evaluar estas cualidades. La llamada evaluación de desempeño, de aplicarse la Ley de Reforma del Magisterio, implica medir la calidad del trabajo de más de trescientos mil docentes. Es materialmente imposible realizar una evaluación personalizada que es lo ideal. ¿Cómo hacerlo entonces? Veamos. La calidad de la enseñanza de todo docente se evidencia en los aprendizajes y actitudes de sus estudiantes, éstos se podrían medir a través de encuestas bien formuladas.

Una alternativa es entonces evaluar a los alumnos sobre el desempeño de sus profesores en cada institución educativa. Tomando muestras estadísticamente confiables se aplicarían  encuestas, con el respectivo anonimato. Garantizadas la transparencia y la seriedad de su procesamiento, se tomarían sus resultados como indicadores del desempeño. Algún docente podrá aducir que los alumnos le tienen cólera. Esto tendría sentido si se tratara de un grupo de muchachos, pero si la mayor parte de ellos lo percibe negativamente significa que tiene serios problemas de empatía o de inteligencia emocional.

A estas alturas podemos ir concluyendo algunos puntos. Primero, la única forma de influir positivamente sobre los alumnos es a través del ejemplo. Esto hace de la calidad humana una dimensión indispensable en el buen docente. Segundo, la calidad de éste último se refleja necesariamente en sus estudiantes, por lo tanto evaluando a éstos, se está midiendo la idoneidad de sus maestros. Tercero, además de su solvencia académica, el educador debe tener la suficiente empatía para saber llegar a sus alumnos, orientarlos y ayudarlos en sus dramas personales. Cuarto, el sistema debe ser capaz de medir estas cualidades y a los docentes que las posean  otorgarles el reconocimiento y la recompensa que se merecen.

TAGS: Alumnos, docentes
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