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Miércoles 28 de noviembre 2012

Y lo peor de todo es...

Por: Antonia Cova Maduro.
Y lo peor de todo es...
Foto: Referencial

Que no hay gobierno! Ésa, sinceramente, fue mi reacción la infausta noche del 7 de octubre: había ganado la opción que lleva el país al desastre, precisamente por no atender la función para la que con tanto afán buscó la reelección, la de gobernar.

Ello, por supuesto que nos lleva directo a la pregunta que se impone: ¿y qué es gobernar? Bueno, en los tiempos que corren, que no son los de monarquías ni imperios personalistas, gobernar es "ocuparse de las cosas que le importan a la gente, a toda la gente, y no sólo a los mamandini que medran de su habilidad para ponerse al lado de los que mandan".

¿Y qué es "ocuparse de la gente"? Bueno, atender a esas cosas sin importancia, como las de tener agua corriente, ya saben, que cuando abran el grifo salga agua y no aire. También, que no haya "alumbrones" de continuo, sino que el alumbrón dure 24 horas de los siete días de cada semana que tiene el año, de modo que puedan enfriar sus alimentos, o congelarlos si quieren, o planchar la ropa que con anterioridad una lavadora eléctrica les ha lavado. ¿Es mucho pedir?

Gobernar también es esforzarse para que la morgue no trabaje tanto. Casi que en este gobierno es la única que tiene trabajo mañana, tarde y noche. La vida de cada venezolano es un "asunto de gobierno", y no de una fulana misión "A toda vida", que lo único que ha logrado es ser... un eslogan ingenioso. Los apesadumbrados dolientes de los cientos de asesinados cada semana ni siquiera tienen el consuelo de ver a un gobierno que persiga con rigor a los criminales y logre que, aunque tardía, la justicia termine haciendo su trabajo.

Pero lo realmente asombroso del momento que vivimos es la paradoja que al parecer ni termina ni va a terminar mientras el chavismo sea quien mande. Esa paradoja consiste en que un régimen, que no sabe lo que es gobierno, pretenda ser un poder totalitario. A nadie se le ha podido ocurrir semejante sinsentido: un totalitarismo que... ¡no gobierna! La verdad es que sólo por esto Hugo Chávez y su gente merecen participar en el Guinness, y más, entrar en la Historia.

Y entonces, si no es un gobierno, ¿qué cosa es esto? Por lo que parece, una repartidera de real para que cada quien vea a ver qué hace con eso. Quizás por eso en barrios urbanos y en uno que otro pueblo, el último invento chavista, los tales "Consejos comunales" se han convertido en el verdadero gobierno. Y para serlo necesitan real, que de lo demás se ocupan ellos. El régimen, entonces es una gigantesca burocracia que simula trabajar, pero cuya verdadera labor es hacer llegar, a trancas y barrancas, los reales.

Que en el camino es mucho el real que se queda, eso lo sabemos todos. Que al final el sistema de gobierno que el chavismo ha instalado es una maquinaria corrompida que sólo puede funcionar si lo sigue siendo y si... el petróleo sigue saliendo, lo saben sólo unos cuantos venezolanos. Lo que sí saben muchos más es que infinidad de obras se detienen porque los reales se evaporan antes de concluir las obras para las que fueron asignados.

Vamos dándonos cuenta, entonces, de cuál es la función real del gobierno -ésa que tan acertadamente el sociólogo norteamericano Robert Merton llamó la función "latente"- la de repartir los reales y no vigilar ni en qué ni para qué se utilizan. Mientras, los que sí saben cómo gastarlos, con un guiño le devuelven al régimen el favor que les hace: simulan que eso es socialismo, y así Hugo sonríe complacido: estamos en la vía al socialismo.

Lamentablemente, sin embargo, el gobierno debe gobernar y si no lo hace esto se lo llevará quien lo trajo. El país hace aguas por doquier; cada vez más, nada funciona y ya hasta los beneficiarios comienzan a sentir los efectos del desgobierno.

Pero, este mismo sistema necesita de una cabeza que dirija la orquesta y que resulte eficaz para los propósitos que lo informan. Chávez, además, no sólo hizo saber que él era el Único, sino que fue diseñando y manejando todo para que nada funcionase sin él. Pero, como siempre se puede estar peor, sólo una cosa no pudo imaginar: que un sistema así pende de que quien lo dirija tenga una salud de hierro, y eso él no podía garantizarlo.

Que eso estaba en la mente de todos lo mostró el triunfo del 7-O, que más bien pareció un funeral anticipado. Hoy los triunfadores lucen huérfanos de dirección y sentido, y presienten que eso desatará los mil demonios que incuban dentro, y que ya se hacen presentes en las elecciones regionales sin que Diosdado pueda conjurarles.

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