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Sábado 22 de diciembre 2012

La palabra, una máscara para ocultar la realidad

Por: Róger Matus Lazo
La palabra, una máscara para ocultar la realidad
Foto:Generaccion.com

Cuando Heidegger dice que no somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino el lenguaje el que habla a través de nosotros, está aludiendo a la relación entre lenguaje y pensamiento, un tema complejo que todavía levanta polvo y que ha preocupado a grandes pensadores, desde filósofos y psicólogos hasta etnolingüistas y psicolingüistas. Cada uno (o cada grupo), desde su propia perspectiva ha defendido su postulado: el paralelismo entre pensamiento y lenguaje (Aristóteles), la independencia entre pensamiento y lenguaje (Wittgenstein), la dependencia del lenguaje respecto del pensamiento (Piaget), la dependencia del pensamiento respecto del lenguaje (Humbolt), y la interdependencia entre pensamiento y lenguaje, teoría del psicolingüista Lev Vigotsky que integra y resume las posiciones precedentes.

Al parecer, el lenguaje es un reflejo de la realidad. Veo un perro y la palabra “perro” significa la cosa que veo en la realidad, pero puedo nombrar también cosas que no existen como “dinosaurio”, y entonces las palabras vendrían a significar no ya las cosas mismas, sino las ideas de cosas que llevamos dentro de nosotros; así el significado de la palabra “perro” ya no sería el perro que está ante mis ojos, sino las imaginaciones o recuerdos de perros que acuden a mi mente cuando oigo la palabra. Ya lo decía Saussure: “El signo no une una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica”.

Pero el lenguaje es, en cierto modo, un creador de nuestra imagen de la realidad, que percibimos, interpretamos y nombramos de manera personal, como un mar de sensaciones íntimas para crear mundos propios. Ante un mismo objeto -“perro” o “dinosaurio”, por ejemplo- dos personas pueden tener sensaciones distintas y la palabra que utilizarán para expresar eso que sienten, no tendrá exactamente la misma connotación. Por eso nos dice el lingüista y catedrático Albert Chillón: “No hay un mundo único e inmutable fuera del hombre sino que el lenguaje crea mundos, reforma la realidad, da forma a la realidad, no está supeditado a ella, la funda. Y por ello no hay un mundo sino muchos mundos”.

En este juego y rejuego en el que el hablante nombra a través de la palabra las cosas de la realidad, entra en función -entre otras causas- su intencionalidad, condicionada por factores sociales, culturales y políticos. Por muy “limpia” que parezca nunca es inocente una palabra proferida, porque siempre lleva un propósito -expreso u oculto, sano o maléfico- que es preciso desentrañar en todo proceso comunicativo. Esto quiere decir que un hablante, así como crea sus propios mundos, los deforma o los acomoda a sus intereses. El lenguaje, entonces, al tiempo que refleja lo que existe, crea una determinada manera de ver lo que existe. El concepto de “libertad” no es lo mismo para el poder que restringe este derecho humano que para el ciudadano que lo reclama. De visita con mi esposa Carmen y mi hijo Luis Alfonso a los campos de concentración nazis en Cracovia (Polonia), observamos en Auschwitz un letrero sarcástico en la parte superior de una gran puerta que los prisioneros atravesaban diariamente para ir a trabajar: “Arbeit macht frei” (‘El trabajo hace libre’). Y con la palabra “libre” –cínica y perversa- se pretendía sembrar una “ilusión” (ilusión viene de “iluso”, ‘engañado, seducido’) que quedó hecha cenizas en los crematorios de aquel campo convertido entre 1940 y 1944 en el mayor centro de genocidio hitleriano.

Hace varios años, refiriéndose a las consecuencias de las inundaciones en Managua, se decía en un noticiero televisivo: “Otra vez la naturaleza se ensaña con nuestra capital”. ¿Qué entraña esta manera de designar una realidad? Ocultar o disfrazar un hecho eliminando una palabra o sustituyéndola por otra, que generalmente es un eufemismo. En lugar de actuar sobre la realidad transformando o superando los hechos (la situación de la basura en los cauces, por ejemplo) que son los que nos incomodan, operamos sobre el lenguaje que no es más que la representación simbólica de la realidad que nombramos. A los países subdesarrollados -pobres, empobrecidos o explotados- los llamamos “en vías de desarrollo”, incluido Haití que vive en extrema pobreza, y los temidos procedimientos de tortura aplicados para quien no quiere “cooperar” constituyen un “proceso interrogatorio”. ¿Qué se pretende con estas expresiones ornamentadas? Maquillar u oscurecer deliberadamente la realidad que se esconde tras ellas.

Y es que todo usuario de la lengua matiza los significados desde su propia posición y parecer, como nos lo explica Lewis Carrol en “Alicia a través del espejo”:

-“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que quiero que diga..., ni más ni menos.

-La cuestión es –insistió Alicia- si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo.”

 

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