
La pregunta no era sobre si el mundo se acabaría este 21 de diciembre, sino acerca de lo que pasaría si los pronósticos resultaban fallidos. Al condenado a muerte si lo absuelves de repente, probablemente quede alelado, sin saber qué hacer con su nueva vida, pues su mundo interior se derrumbó y volverlo a erigir le parece una tarea tan titánica que prefiere que lo sancionen de nuevo.
Esta lógica mitad freudiana y mitad maquiavélica resulta una suerte de maniqueísmo post moderno que nos enruta hacia un pensamiento absolutamente estaticista en relación a la creencia ancestral de que el fin de la humanidad el algo programado desde los tiempos inmemoriales y nada podemos hacer para cambiarlo
Sin embargo, algunos por ahí intentan atenuarlo, como si el verdugo fuera menos cruel si en vez de cortarle la cabeza a la víctima le diera la opción de dividirlo en dos mitades a partir de la cintura. Precisamente la televisión peruana registró en la víspera del vaticinio inca, el caso de unos chamanes que en la playa de La Herradura intentaban con sus conjuros mágicos aplacar la furia del mar para evitar un tsunami por el fin del planeta
¿Acaso la muerte es menos trágica si feneces ahogado, o te cae un meteoro sobre la cabeza o la tierra se hunde bajo tus pies? Cuando un volcán erupciona, la muerte llega en variadas formas: o te puede achicharrar el calor tremebundo que genera el azufre o te pueden sepultar toneladas de cenizas, cual llovizna ardiente sobre tu cabeza o puedes morir aplastado por un pedrusco en llamas o su explosión pavorosa o sencillamente, te puede petrificar la lava o magma del volcán. ¿Cuál prefieres?
Algo similar deberá ocurrir cuando llegue el verdadero fin del mundo, que va a llegar, nadie lo dude, pero difícilmente cuando nos lo digan los pronósticos humanos, y no preguntes la fecha, pues “nadie sabe la hora ni el día sino mi padre que está en los cielos”.
Tenemos lamentablemente la idea desacertada de que la existencia humana es solamente terrenal y que todo final debe de ser necesariamente malo. Nos viene de un equívoco de la cultura occidental que plantea el culto a la vida. Sin embargo, existen tribus y pueblos que lloran a los que nacen y hacen fiestas a los que se van, demostrando una inusitada riqueza filosófica a pesar de los rudimentos de su existencia, que ni Aristóteles hubiera podido concebirlo mejor.
Volviendo a los maniqueístas, ellos niegan la responsabilidad humana por los males cometidos en el mundo pues creen que la libre voluntad es un cuento chino y que todos estamos sometidos a los designios del mal. Lo desagradable de todo lo que han dicho y esto de verdad no se los perdono, es el hecho de haber escogido como su animal sagrado al pavo, porque dicen que sus colores en el plumaje revelan los distintos estados espirituales por los que pasa el cuerpo para lograr purificarse y transformarse en el espíritu divino.
Desde que supe esto, ya no puedo comerme el pavo asado de Navidad con el mismo gusto y deleite con que el maldecido lechón asado de mi Habana.