
Muy malos tiempos vivimos para los poemas de amor. Las personas ya se identifican por perfiles y sus pensamientos son 140 mezquinos caracteres; además, el amor ya no está dentro de las letras ni a la espera de ver la luz en cada lomo de libro que se abre. La palabra y el teorema son abreviaciones textuales y virtuales. El amor está obligado a pasar por Twitter y Facebook para considerarse “pasión”; de lo contrario, nunca ha existido. La noche también dejó de ser el resguardo de cualquier amanuense y el momento de inspiración para invocar líneas, ensayos, diálogos e imaginar personajes, porque para todas esas evocaciones deben buscarse ahí… en aquellos lugares donde hoy todos estamos y verdaderamente nadie vive; pero que conste y se ratifique que en esos lugares ¡figuramos! Con una o muchas fotos… ¡Qué más da!
París ya no es la ciudad del amor; es un simple recuerdo de un video muy visitado, y Edith Piaf lo rememora sin descansar, porque los enamorados reales del Boulevard Raspail, el jardín de Luxemburgo y la colina del Sagrado Corazón están conectados y los fotógrafos de instantáneas novelescas se duermen de tedio ante el ‘photoshop’. Roma ya no se visita en Vespa, Florencia fue cuna de algo o alguien y Venecia dejó de ser el encanto conyugal.
La sensación del fulgor y la pasión también requieren un perfil; de lo contrario, su función es un cuento medio-erótico, medio-tonto, y la generación que escribió cartas y esquelas de amor esconde barriga y todo tiempo atrás también fue mejor… ¡Me he escuchado pensarlo algunas veces!
El amor se convirtió en un desemplumado y suscrito desempleado más de las nuevas crisis mundiales, pide ayuda, envía hojas de vida y presenta entrevistas para volver a trabajar, como hace apenas unos contados años lo hacía a manos llenas y era necesario esperar largo tiempo su litigio en alguna de sus decisiones mientras echábamos mano de canciones y poemas (Mario Benedetti ayudó en muchos casos como secretario único y titular del amor); las películas las mirábamos con ahínco del saber querer, del querer aprender y los actores eran buenos tutores… ¡No en todos los casos, pero ayudaban a encontrar esas palabras que nosotros necesitábamos! Hoy… el amor no tiene un verdadero perfil, y el conjunto de “perfiles personales” son los tutores de toda esa exacta e insensible información por la cual muchos se desvelan para dar a conocer lo más trivial de sus aburridas vidas.
Hoy en día, el amor ya no requiere esperar otro día para decir lo que “supuestamente” sentimos, porque lo publicamos o lo reenviamos; sin embargo, con la misma persona al frente, ¡divagamos!
La vida ha sido totalmente perturbada y nuestras rutinas son todas inalámbricas. Viajamos sin billetes y todo esta ahí… a nuestro alcance; ya no pertenecemos a un país o un Estado; somos un grupo determinado con un vago y transitorio significado. Y, así, el deseo de encerrarnos en nosotros mismos aumenta angustiosamente, mientras el amor, el lápiz y el papel hacen fila –como ya lo dije– con los mismos desempleados.
Ese aislamiento personal, ¡no el virtual!, es amargo: nos separa del palpitante amor; de los hombres y su afección corporal, porque el beso y el abrazo nunca serán geoestacionarios. ¡Por fortuna!
Se debe volver a amar, con palabras, citas y llamadas para concretar un lugar con un café y ver a la gente caminar, para que el fotógrafo novelesco vuelva a laborar y el último beso nos vuelva a desvelar.
Me he vuelto independiente de la mayoría de las nuevas costumbres y reconozco mi perfil y el magnetismo de las nuevas frivolidades. Sin embargo, no pretendo atacar las nuevas generaciones ni sus extrañas conquistas incorporales, pero –y aunque no estoy tan viejo como se pudiera creer– el amor de la carta y el papel fueron mis primeros caminos del sentimiento escrito, que nunca será borrado, eliminado, ocultado o visitado.