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Viernes 01 de marzo 2013

¿Qué hacía Ratzinger cuando Dios dormía?

Por: Fran Ruiz.
¿Qué hacía Ratzinger cuando Dios dormía?
Foto: teinteresa.es

Lo confesó al final: A veces, durante su papado, Dios se quedaba dormido, y cuando esto ocurría, Benedicto XVI se volvía inseguro, remaba a ciegas por aguas turbulentas, le costaba más trabajo controlar la barca de San Pedro y temía acabar zozobrando. En otras palabras, el Papa, cuando no sentía la presencia del Señor, se volvía humano, se volvía Ratzinger. Es probable que todos sus antecesores sintieran ese mismo miedo, tan humano, que acabó confesando el Papa alemán, pero ninguno saltó de la barca como hizo él, tras haber reflexionado en total libertad, sin ningún tipo de presiones. De los 265 Papas habidos, sólo uno de ellos antes que Ratzinger, Celestino V, decidió también renunciar, pero de eso hace siete siglos y no sabemos qué fue lo que le llevó a tomar tan sorprendente decisión. Sólo sabemos que la explicación que dio —cambiar la gloria pontificia para regresar de ermitaño a una cueva— no se la creyó su sucesor, Bonifacio VII, quien lo encarceló hasta su muerte, por si acaso se arrepentía de haber renunciado. Por tanto, la abdicación de Benedicto XVI es, como él mismo calificó, una “rareza”, algo tan inaudito que pasará a la historia por ello.

Es muy probable que a partir de ahora el “Papa emérito” no vuelva a hablar nunca más en público, y mucho menos para abrir su corazón y revelar un secreto más oscuro y grave que el débil pretexto que alegó: cansancio. Pero antes de saltar definitivamente de la barca de San Pedro, Ratzinger dejó dos pistas interesantes sobre su decisión de convertirse de nuevo en hombre y perder el privilegio de la infalibilidad papal, dogma creado oportunamente por un antecesor suyo y que acerca al Papa a Dios más de lo que soñaría ningún otro humano sobre la Tierra. En su primera aparición pública tras anunciar su marcha, alertó ante la Curia romana que “el maligno intenta siempre ensuciar la creación de Dios a través de la corrupción”; y hace dos días, en víspera de su renuncia, asombró a todos cuando se preguntó en voz alta por qué cuando “las aguas bajaban agitadas, Dios parecía dormido”.

En ambos casos parece evidente el deseo de Ratzinger de sugerir que su renuncia va mucho más allá de un simple cansancio físico y mental. Vino a decir que vio muy de cerca la corrupción dentro del Vaticano e intentó combatirla, hasta que entendió que no tenía fuerzas para ganar, y por eso decidió tirar la toalla. Podríamos, llegados a este punto, reformular la pregunta y quizá así entender algo más de su renuncia. ¿Qué hacía Benedicto XVI cuando se encontraba a Dios dormido? Probablemente lo que mejor sabe hacer, después de rezar: pensar. Ratzinger es un ortodoxo, nunca puso en duda ni su fe ni los dogmas de la Iglesia, pero es también un intelectual, uno de los más cultos que se haya sentado nunca en la silla de San Pedro, y los intelectuales reflexionan mucho sobre su entorno y sobre sus circunstancias. Es cierto que no tenía, ni de lejos, el carisma de Juan Pablo II, que encandilaba a las masas y a los prelados, pero sí tenía la suficiente intuición como para entender que su inteligencia y su ética le impedían sencillamente taparse la nariz ante el hedor que emanaba de las cloacas vaticanas. Entendió que si no limpiaba, de una vez por todas, esa podredumbre —lo que no intentó su carismático antecesor— llegaría un punto en que los cimientos corroídos de la Iglesia, después de siglos de intrigas y corrupción, no aguantarían su peso. Al principio tuvo algún éxito.

Logró, por ejemplo, condenar finalmente al pederasta Marcial Maciel, protegido de Juan Pablo II, lo que permitió al michoacano cometer sus fechorías en total impunidad y durante décadas, pero acabó sucumbiendo cuando tres cardenales espiaron para él y detallaron en un dossier secreto los trapos sucios del cuerpo cardenalicio. ¿Qué hacía Dios cuando ocurría todo lo que leyó? ¿Acaso dormía?, habrá pensado el Papa en su soledad. Su renuncia adquiere con este lamento un significado tan dramático como cuando, en plena visita al campo de exterminio de Auschwitz, Benedicto XVI preguntó en voz alta al Señor: “¿Dónde estabas cuando ocurrió el Holocausto? ¿Por qué permaneciste en silencio?”.

Esta rebeldía, igual que la de un hijo que se rebela contra su amado padre, puede estar detrás de su sorprendente renuncia. Desde luego no renuncia a seguir amando al Señor, sino a seguir combatiendo, a sus casi 86 años, contra esas fuerzas “malignas”. Su inteligencia lo convenció de que el mejor favor que puede hacerle a la Iglesia es denunciar, con su renuncia, la podredumbre que en ella existe, y luego dejar paso a otro Papa que con más fuerza acabe la lucha que él emprendió. Quizá todavía es muy pronto para saber —habrá que esperar al nuevo Papa y ver cuáles son sus intenciones—, pero ojalá que Benedicto XVI haya abierto la puerta, con su renuncia, al comienzo de una primavera vaticana (Con información del diario La Crónica de Hoy).

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