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Miércoles 13 de marzo 2013

Francisco I, la emocion de la sencillez

Por: Antonio Gil.
Francisco I, la emocion de la sencillez
Foto: Referencial

Su nombre ha dado ya la vuelta al mundo y su blanca silueta ha dibujado en el horizonte de la humanidad la más sublime esperanza: la que reluce entre plegarias encendidas y brota como un manantial de amor a todos los pueblos de la tierra.

Francisco I, el argentino Jorge Mario Bergoglio, el tercer Papa del Tercer Milenio, parecía hierático, rígido, al salir al balcón, para presentarse como nuevo Papa. Pero enseguida transmitió cercanía y sencillez con sus palabras y gestos.

No alzó los brazos para saludar, hasta que tuvo micrófono y pudo hablar al pueblo romano: "Buenas noches, sabéis que el deber del Cónclave era encontrar un Papa. Parece que han ido a buscarlo muy lejos, casi al fin del mundo. Gracias por la comunidad diocesana de Roma", dijo.

Y enseguida hizo lo que debe hacer un maestro espiritual: poner a rezar a su pueblo. Pidió una oración por Benedicto XVI, propuesta respondida con una gran aclamación de la plaza abarrotada: "Que el Señor le bendiga y la Madonna lo custodie". Y todos, obispo de Roma y su pueblo, rezaron un Padrenuestro, un Avemaría y un gloria. "Comencemos nuestro camino juntos, obispo y pueblo", dijo Francisco I. "Antes de la bendición, os quiero pedir un favor. Pedid al Señor que bendiga a vuestro obispo. Oremos unos por otros, y por el mundo entero, en silencio".

Y se inclinó, y con él los cardenales y ceremonieros en el balcón. Y la muchedumbre inmensa, en un silencio denso y orante. Nunca antes en la historia moderna de la Iglesia el pueblo oró así, en silencio, unido, por su nuevo pontífice.

Después, el Papa Francisco impartió la bendición urbi et orbi , "a vosotros y a todo el mundo, a los hombres de buena voluntad". Y aún esperó un rato, con los aplausos, para usar otra vez el micrófono y decir a los romanos y peregrinos: "Buenas noches y buen descanso".

Así acabó la primera presentación al mundo del primer Papa hispanoamericano, el primer Papa argentino, el primer Papa jesuita. Un Papa que empieza su pontificado poniendo a rezar a los cristianos, y recibiendo su oración e intercesión.

A la misma hora, el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, enviaba un breve mensaje a los sacerdotes de la diócesis, a través de los móviles, con estas palabras: "Habemus Papam, Franciscum I. Pronunciemos su nombre en la Misa con gratitud a Dios y en actitud de gozosa y pronta obediencia al nuevo Sucesor de Pedro. Oremus pro Pontífice Nostro Francisco I. Te Deum laudamus".

Nada más salir la fumata blanca, las campanas de nuestras parroquias anunciaban con su volteo la noticia, mientras millones de corazones se abrían a la emoción.

Desde las siete de la tarde, hasta poco después de las ocho, todas las cadenas de radio y de televisión aventuraban los nombres con mayores posibilidades. Al fin, sorpresa mayúscula: el nuevo Papa tiene 76 años y en su país de origen, Argentina, es un verdadero líder moral que se forjó en tiempos del famoso "corralito", en la peor época de crisis económica que padeció el país en las últimas décadas.

En Buenos Aires suele viajar en autobús, y es corriente verle caminar por la calle o coger el metro como un ciudadano más, aunque siempre viste de sotana. Además, suele cuidar personalmente a sacerdotes ancianos y enfermos de la diócesis. El se traslada a sus domicilios o al hospital y les atiende durante toda la noche. Prueba de su austeridad personal es el hecho de haber renunciado al palacio arzobispal y vivir en un pequeño piso de la capital argentina acompañado por otro presbítero. Este jesuita, primero que ostenta el cargo, es conocido por su seriedad, su carácter reservado y la escrupulosa coherencia con su puesto.

La figura del nuevo Papa Francisco I, su silueta, sus palabras de presentación, pero sobre todo, las mil opiniones y pareceres de analistas se multiplican a esta hora por todos los medios de comunicación.

Ciertamente, aúna en su persona las características que se han señalado: "Ni demasiado joven, ni demasiado anciano, buen pastor, profundamente espiritual, con carisma y con una sonrisa capaz de hacer oír su voz en todo el mundo".

Convertirse en Papa es morir al instante para sí mismo. Es aceptar que uno ya no es el portador de proyectos personales propios y se convierte en aquél que sostiene para siempre toda la Iglesia y que debe encarnar definitivamente la voluntad de Dios.

Francisco I ha colocado ya sus manos en el timón de la barca de Pedro. ¡Cuántos retos difíciles y urgentes le aguardan! Quizás, por eso, su actitud primera, su gesto más hermoso, ha sido la de encomendarse a la oración de su pueblo y rezar con ese pueblo que anoche lo acogía con emoción y le aplaudía con plena confianza.

Fue la emoción de la sencillez, de la cercanía, de la palabra cordial, de la mano extendida, de la bendición que iluminaba la noche de Roma y enviaba sus destellos a todo el mundo, "a todos los hombres de buena voluntad".

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