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Miércoles 20 de marzo 2013

Las exequias

Por: Adolfo Taylhardat.
Las exequias
Foto: Referencial

Las "honras fúnebres" organizadas por la cúpula del régimen resultaron más bien  una deshonra. La comparsa montada, acompañada de un jolgorio de alcance nacional, con supuestos dolientes para que expresaran desenfrenadamente su fingido dolor se convirtió en una orgía cursi y ridícula.

Incumpliendo la última voluntad del mandatario fallecido, registrada por escrito en una carta cuya depositaria fue su entrañable amiga la presidenta argentina, los usurpadores del gobierno montaron una algazara convirtiendo el momento luctuoso en un acto de proselitismo político de campaña electoral.

Según se ha sabido, el fallecido mandatario le  entregó a la señora  Fernández de Kirchner tres cartas. Hasta ahora sólo ha trascendido el contenido parcial de una de ellas, revelada por Nelson Bocaranda en uno de sus "Runrunes", según la cual, en supuesto gesto de rencuentro con su origen humilde, dijo que a su  muerte quería ser velado sólo tres días, que el pueblo lo viera en ese  lapso y que después lo enterraran en Sabaneta, su pueblo natal, en el solar   de la casa de su abuela. Al parecer, desde hace tres años algunos ministros, entre ellos el que entonces ocupaba la Cartera de Cultura, habían acordado levantar un pequeño mausoleo en ese sitio. O sea que desde entonces se sabía que el mandatario fallecido no quería que sus exequias fueran rodeadas de todo ese desbarajuste que hemos presenciado estos últimos días.

Colapsar la ciudad en dos oportunidades, haciendo que la  ya invivible ciudad de Caracas se convirtiera  en un infierno (¿será porque los autores de esa fiesta fúnebre saben  que ese el destino final del extinto?) ha sido el colmo del abuso. Sobre todo la segunda vez,  cuando  el cortejo fúnebre recorrió de punta a punta la ciudad utilizando las autopistas y vías principales, con el resultado de que Caracas quedó totalmente paralizada durante todo un día.

Todo esto no es sino una muestra del narcisismo que los sucesores del extinto han heredado de su predecesor. Nunca se había visto en Venezuela una muestra tan grotesca de fetichismo y paganismo como la que ha rodeado el funeral del gobernante fallecido. Los usurpadores del gobierno han pretendido convertir al difunto en una especie de apóstol o de ser bendito llegando al extremo de semejarlo a un Dios identificándolo con Jesús Cristo e igualándolo al Libertador Simón Bolívar. Hasta de héroe lo han calificado cuando en realidad su última actuación como militar fue más bien una manifestación de cobardía y de traición a sus compañeros de  armas que embaucó en una fallida asonada militar  contra la democracia venezolana. ¡Vaya sacrilegios!

Lo triste es que mucha de la gente de origen humilde que se benefició del manirrotismo oficial se ha tragado esas barbaridades. Muchos acudieron para servir de plañideros al mejor estilo de lo que ocurre en algunos países musulmanes. La estrategia política en este abuso de la figura del presidente fallecido consiste en tratar de convencer a los incautos y a los fanáticos de que éste no  ha muerto, ni siquiera resucitó como Jesús sino que reencarnó directa e inmediatamente en el vicepresidente usurpador. De allí  la consigna oficial de que Maduro es Chávez.

Esto  es la prueba más patente de la debilidad del candidato ungido por el dedo todopoderoso del jefe de Estado cuando todavía estaba en el reino de los vivos. Según cuenta Nelson Bocaranda, esta decisión también está registrada  en la carta que tiene en su poder la mandataria argentina. De esto surge una serie de interrogantes: ¿Por qué las tres cartas que dejó el exgobernante venezolano fueron entregadas  a la señora Kirchner? ¿Sería porque temía  que si se las confiaba a alguno de sus acólitos éstos podrían destruirlas o esconderlas? ¿O en todo caso porque presentía que sus últimos deseos no serían cumplidos como efectivamente ha ocurrido? ¿Cuál es el contenido de las otras dos cartas? ¿Por qué no ha sido revelado lo que dicen?

Con todos sus defectos, que son muchos más que sus virtudes, el presidente fallecido merecía un funeral más sobrio, más austero, más respetuoso de su jerarquía, digno de un jefe de Estado y no esa parafernalia en la cual se vieron involucrados gobernantes incautos de países amigos que acudieron a rendirle tributo póstumo a su difunto colega.

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