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REDES SOCIALES
Martes 02 de julio 2013

Del "Yes, we can!” al "Yes, wesacn!"

Por: Milagros Pérez Oliva
Del 'Yes, we can!” al 'Yes, wesacn!'
Foto: rawstory.com

¿Está dejando de brillar la estrella de Obama? Algunos observadores estiman que el escándalo del espionaje masivo de las comunicaciones marca un punto de inflexión en su carrera y en su imagen pública. Si eso fuera cierto, estaría muy bien reflejado en algunas de las pancartas que se exhibían en los alrededores de la Puerta de Brandeburgo, en Berlín, el pasado 19 junio, en las que el eslogan emblema de su proyecto político, el Yes, we can! se había transformado en Yes, we scan! En esta mutación lingüística, que permite pasar del ¡Sí que podemos! al ¡Sí que espiamos! se condensa mucho más de lo que parece.

El Obama que se dirigió con sus habituales dotes oratorias a 4.000 invitados rigurosamente seleccionados al acto público en su visita a Berlín no era ya el mismo que en 2008 ilusionó a 200.000 berlineses reunidos libremente en parque de Tiertgarten. Y eso era precisamente lo que se reflejaban en Yes, we scan! que tanto recorrido ha tenido en las redes sociales.

En estos tiempos de sobreabundancia comunicativa, las batallas ideológicas se dirimen más que nunca en las palabras y las imágenes. Estamos tan habituados a cambiar de escenario, de tema o de interés, que pocas cosas son capaces de mantener encendida nuestra atención por mucho tiempo. Los expertos en comunicación política tratan de aprovechar las ventanas de oportunidad que ofrece la actualidad para lanzar mensajes que puedan impactar sobre la opinión pública de forma duradera. No es sencillo, en el mundo de la comunicación instantánea y global, encontrar el hueco, el momento y la forma de llamar la atención. Quienes idearon el Yes we can!, un mensaje sencillo y de gran penetrabilidad, buscaban precisamente ese efecto, y exactamente lo mismo pretendían quienes se colocaron antes las cámaras con el Yes, we scan!

Barack Obama tenía una buena imagen y un magnífico eslogan. Era la síntesis perfecta de todo lo que el entonces candidato a presidente de los Estados Unidos quería transmitir: “Yo soy el cambio, y con vuestra ayuda, lo podemos conseguir”. Ese era el mensaje. Y funcionó como esas grandes olas que tanto gustan a los amantes del surf. Conforme avanzaba, iba sumando fuerza y contenido porque cada uno podía depositar en esa sencilla frase todo lo que quisiera imaginar, dentro de un amplísimo espectro de pensamiento liberal-progresista. Supo concitar grandes dosis de esperanza con la idea de que, unidos en torno a su figura, quienes llevaban años luchando contra los abusos del neoliberalismo conservador podrían al fin cambiar las reglas del juego.

Entre quienes lo apoyaron figuraba Ronald Dworkin, uno de los más influyentes autores de Filosofía del Derecho, fallecido en febrero pasado. Dworkin firmó en plena campaña presidencial un artículo en favor de Obama, publicado en The New York Review of Books, en el que explicaba por qué los norteamericanos debían superar sus prejuicios raciales y votar por el joven candidato, y por qué sería “Una elección fatídica”, según rezaba el titular, la elección de John McCain. En concreto, Dworkin afirmaba que si ganaba el republicano lo que le inducía mayor temor sería que "probablemente acogería las extravagantes exigencias de mayor poder presidencial de la Administración Bush" en concreto "la así llamada doctrina del ejecutivo unitario (...) que supone otorgar al presidente poderes dictatoriales sobre todas las funciones ejecutivas, incluyendo el poder de realizar la guerra, de espiar a los ciudadanos y de detener y torturar prisioneros".

Obama representaba la garantía del principio que había defendido Dworkin en su extensa obra de filosofía política: el de que los derechos individuales de las personas han de en prevalecer sobre los fines colectivos, sobre las razones de Estado. Y eso es lo que ahora se ha traicionado.

Durante el mandato de Obama, agencias de información dependientes del Gobierno han espiado masivamente las comunicaciones de ciudadanos y este espionaje se ha extendido  a los medios de comunicación. El departamento de Justicia ha espiado los registros de al menos 20 líneas telefónicas de periodistas de la agencia de noticias Associated Press en abril y mayo de 2012, incluido el teléfono que la agencia tiene en la sala de prensa de la Cámara de Representantes. Aunque ha tratado de marcar distancias, los argumentos con los que se ha defendido Obama al estallar el escándalo son del mismo rango que los utilizados en su momento por George W. Bush para justificar sus mentiras y tropelías en la llamada guerra contra el terrorismo: que gracias a ese espionaje se han evitado atentados. Que para tener seguridad, los ciudadanos han de renunciar a una parte de su libertad. ¿A cuánta libertad, a cuanta intimidad han de renunciar?

Lo grave es que con esta actitud Obama no solo se aparta de los principios que prometió defender, sino que sitúa el discurso público sobre la seguridad en los parámetros del marco conceptual, según expresión del sociolingüista George Lakoff, que la derecha conservadora supo imponer tras los atentados del 11S. Fruto de ese marco dominante fue la polémica Patriot Act aprobada bajo el mandato de Bush, a la que Dworkin y muchos otros intelectuales liberales se opusieron con vehemencia precisamente porque subordinaba los derechos de los individuos a la seguridad nacional.

El episodio del espionaje ha puesto en evidencia que Obama no ha sabido o no ha podido ejercer el poder de forma muy diferente a la de sus antecesores, y que tampoco ha sido capaz de aplicar una política de seguridad diferente pese a que una de sus primeras iniciativas como presidente fue emitir tres órdenes para evitar los abusos en las detenciones e interrogatorios que se producían bajo el amparo de la Patriot Act.

Ese impulso inicial se fue diluyendo con el paso del tiempo. Tras la muerte sumaria de Osama Bin Laden, después de aumentar el uso secreto de drones (aviones no tripulados) en operaciones militares, tras el episodio del espionaje masivo, el aura de Obama se resiente, al menos en este crucial ámbito de la política. Prometer de nuevo que va a cerrar Guantánamo no tiene ya mucha credibilidad.

En este contexto, la mutación del Yes, we can! al Yes, we scan! es algo más que una muestra de la creatividad y oportunismo de unos agitadores políticos. Podría convertirse en la expresión de una decepción. La industria del miedo ha demostrado ser, finalmente, más poderosa que toda la fuerza ciudadana agrupada en torno a los ideales que encarnó Obama, más poderosa que el poder que tiene en sus manos el presidente de Estados Unidos.


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COMENTARIOS
1 comentarios
Este es el problema con los Estados Unidos, solo pueden tener dos candidatos. Eso, en teoria(como todo) deberia ser bueno, pero en practica, no.
03 de julio 2013
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