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Martes 13 de agosto 2013

¿Por qué Maduro no es un dictador?

Por: Roberto Giusti
¿Por qué Maduro no es un dictador?
Foto: Presstv.ir.

No lo es no porque no quiera serlo sino porque carece de la sustancia básica de todo déspota.

El hecho de que el gobierno de Maduro actúe como una dictadura no necesariamente le confiere al personaje esa condición. Es cierto que ha heredado el pesado lastre de un gobierno autocrático, hecho a la medida de los caprichos, carácter y peculiaridades de su antecesor y donde su figura no termina de encajar a pesar de sus esfuerzos, a veces patéticos, a veces conmovedores, pero casi siempre inútiles. Que amenaza, reprime, radicaliza, agrede y fanfarronea al mejor estilo de su mentor es cierto. Pero también lo es que ni se le respeta, ni acata, ni se le obedece en ese reino de la trémula sumisión donde la palabra del caudillo, por más enloquecedora y arbitraria que fuera, era acatada sin derecho a chistar.

No. Maduro no es un dictador, pero no porque no lo quiera ser sino porque no puede y no solo porque no calza en el molde sino porque carece de la sustancia básica, que caracteriza al déspota Y no nos referimos solo la total falta de escrúpulos (que eso es muy fácil tenerlo) sino a la genialidad maligna, a la irrefrenable ansia de poder y al instinto de dominación, que signados por atributos como el de la inteligencia negativa, conforman la personalidad de los tiranos inolvidables porque son muchos más aquellos que no llegan a trascender.

Pero es que ni siquiera le alcanza para ser un dictador del montón, aquel que sin estar encandilado por su desatada autoestima pretende erigir imperios de mil años y no se conforma con que su dictadura desaparezca con su huida o con su muerte, espejo en el cual pueden mirarse personajes como Augusto Pinochet, quien inútilmente pretendió tutelar la democracia que siguió a su salida del poder.

Pero la influencia del personalismo es tan grande que ni siquiera los pretendidos sistemas políticos sustentados en la simple dominación o en el totalitarismo han sobrevivido. La creación de Lenin, la URSS, tuvo sus "mejores momentos" con Stalin y a partir de la muerte de éste, cuando "evolucionó" hacia un sistema de gobierno "colegiado", comenzó su declive, hasta el derrumbe definitivo que ocurriría, con la salida de Gorbachov, en 1991.

La necesidad de evitar derrumbes como el de la URSS ha llevado a los totalitarismos sobrevivientes a ensayar la fórmula del "socialismo real", el establecimiento, en otras palabras, de una monarquía en la cual la sangre del sucesor es la misma del predecesor. Pongamos apenas dos ejemplos de esa curiosa dinastía: Corea del Norte (ya van tres generaciones, de padre a nieto) y Cuba (de hermano a hermano). Aquí, sin embargo, no se impuso la sangre, sino el afecto filial y le dejaron ese caramelito envenenado a un bisoño como Maduro que nunca, pero nunca, se imaginó sería el heredero de una satrapía insostenible.

Nota publicada en eluniversal.com

 

 

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