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Domingo 06 de octubre 2013

De aquí y de allá

"La tragedia que cobró la vida de cientos de inmigrantes ilegales en aguas italianas debería llevar al mundo a tomar decisiones que posibiliten el tránsito ordenado de personas en diversas latitudes, algo que beneficiaría a la economía y la equidad globales.", es lo que dice el diario colombiano El Tiempo en su editorial publicado en su site internet este domingo 6 de octubre de 2013.
De aquí y de allá
Foto: www.aporrea.org

No puede haber sentimientos diferentes al dolor y la tristeza cuando se observan las imágenes registradas tras el hundimiento de una embarcación, poco antes de la madrugada del jueves pasado, en inmediaciones de la isla italiana de Lampedusa, en el mar Mediterráneo. La nave había salido un par de días antes de las costas de Libia, situadas a algo más de 100 kilómetros de distancia, y llevaba a casi medio millar de inmigrantes ilegales, incluyendo a decenas de mujeres y niños.

Poco antes de llegar a su destino, el motor falló y, ante el temor de navegar a la deriva, alguien prendió fuego a una cobija para llamar la atención y pedir ayuda. Lamentablemente, esta acabó iniciando una conflagración en la cubierta, que a su vez generó una estampida, con lo cual el bote se fue a pique.

El resultado fue devastador, pues apenas una de cada tres personas pudo salvar su vida, mientras que los pasajeros restantes –la mayoría anónimos– pasaron a engrosar la lista de muertos y desaparecidos en un trayecto siniestro, en el cual las víctimas se cuentan por miles. Con razón el papa Francisco calificó lo ocurrido como “una vergüenza”, cuyo saldo fatal pudo verse acrecentado por una legislación proveniente de la época de Silvio Berlusconi, que castiga a quien ayude a una persona que no tenga sus documentos migratorios en regla.

Tristemente, el luctuoso episodio no fue el primero ni será el último. Diariamente, centenares de seres humanos intentan llegar a Europa en busca de un futuro mejor y muchos de ellos pagan la aventura con su existencia. En el caso que nos ocupa, la gran mayoría de víctimas del naufragio procedía de Eritrea, una nación creada en 1993 en lo que se conoce como el cuerno de África, que lleva lustros golpeada por la violencia y las hambrunas. Con un ingreso por habitante de apenas 566 dólares anuales –menos del 2 por ciento de lo que recibe un italiano promedio–, el aliciente para emigrar es enorme.

Casos similares ocurren en todas las latitudes. Desde centroamericanos que quieren ingresar a los Estados Unidos, hasta ciudadanos de Bangladés que desean conseguir trabajo en Malasia, el mundo está inundado de personas que van de un lugar a otro en procura de mejores oportunidades. Incluso, Colombia se ha vuelto un lugar de paso hacia el norte del hemisferio, como lo demuestran las recientes aprehensiones, en las que han sido detenidos chinos, cubanos, nepaleses o ghaneses, entre otras nacionalidades.

Detrás del objetivo individual de buscar fortuna en países de mayor desarrollo se esconde la mano negra de organizaciones criminales de gran escala. Todos y cada uno de quienes toman las rutas más variadas y peligrosas con el fin de traspasar tal o cual frontera han debido ahorrar durante largo tiempo o incurrir en deudas enormes, que exigen años de trabajo para ser pagadas.
Aun así, los riesgos o el costo no evitan que la fuerza de las corrientes migratorias pare. Según las Naciones Unidas, cerca de 232 millones de personas –el 3 por ciento de la población mundial– viven en un país diferente de aquel en que nacieron. De mantenerse esa tendencia, para el 2050 la cantidad superaría los 400 millones de individuos, ante lo cual lo correcto es que la comunidad internacional reaccione y adopte medidas para que tragedias como la de la semana que acaba de terminar no pasen.

En tal sentido, el secretario general de la ONU ha propuesto una agenda de ocho puntos, que fue considerada el 3 y el 4 de octubre en una reunión en Nueva York y que incluye la protección de los derechos humanos de todos los migrantes –legales o ilegales–, la eliminación de cualquier forma de explotación, incluyendo el tráfico de personas, y la mejora de la percepción pública respecto a esta cuestión, en respuesta a los numerosos casos de intolerancia y xenofobia que aparecen en diversas sociedades.

La necesidad de actuar en este frente tiene una justificación adicional. En la medida en que las naciones más desarrolladas registran no solo el envejecimiento, sino la reducción de su población, un proceso de migración ordenada les permitiría mantener sus índices de bienestar y sostener sus respectivos sistemas de seguridad social. Un cálculo de una entidad multilateral sostiene que los países más ricos van a perder 77 millones de sus habitantes en los próximos 40 años.

Incluso, hay quienes opinan que las barreras actuales se deberían levantar, y que el libre movimiento de seres humanos potenciaría el crecimiento de la economía mundial. En el caso específico de Estados Unidos, una de las razones que impulsaron a Barack Obama a proponerle al Congreso un esquema para legalizar la situación de 11 millones de ilegales fue la demostración de que los inmigrantes generan riqueza y se encuentran involucrados en la creación de una buena parte de las empresas recientes, incluyendo las de alta tecnología.

Frente a tales asuntos, Colombia no puede parecer indiferente. No solo más de tres millones de compatriotas viven en el extranjero, sino que el país empieza a atraer talentos de otros lados. En tal sentido, hay que desprenderse de las prevenciones del pasado, que nos hicieron una nación cerrada, y enarbolar banderas que promuevan mejoras en una materia en la que también somos juez y parte.

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