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REDES SOCIALES
Martes 12 de noviembre 2013

El Taigeto y el mercado

Por: Grover Pango Vildoso
El Taigeto y el mercado
Foto: Difusión

El Taigeto, monte desde cuya cima, relata la historia, en Esparta se lanzaba a quienes "no servían"

Un prestigioso profesor universitario, con valiosos premios literarios además, hizo uso de la palabra para saludar la realización de un evento y, con absoluta propiedad, exponer sus apreciaciones personales sobre hechos de actualidad relacionados con la educación y el magisterio.

Criticó duramente la decisión equivocada de jubilar de facto a los profesores con 65 años de edad, la injusticia subyacente en la meritocracia, la intromisión de organismos internacionales comerciales en la educación, a la vez que ponderó lo valioso del autodidactismo y el estímulo económico para todos por igual. Lo que dijo es discutible en varios aspectos, pero el discurso sirve para reflexionar sobre algunas de sus elaboraciones ideológicas y de paso destacar cuán importante es que haya ideología en lo que se hace.

Se ha repudiado mucho la “ideologización” en las decisiones políticas (es decir, de gobierno) porque hacen que todo sea más complicado, lento e ineficaz. Para escapar de ese lastre se ha escogido, en muchos casos, el pragmatismo de los resultados, desentendiendo los efectos perversos e injustos que suele generar. Es decir, de un extremo a otro.

Que los más preparados, los más inteligentes (tal vez), los más rápidos y ejecutivos merezcan hacerse cargo de muchas si no de todas las responsabilidades, porque están mejor dotados para ello, puede ser verdad. Y que la cadena de méritos descienda en beneficio de los que siguen en orden de resultados es una decisión natural y conveniente, también. Pero lo que no se puede admitir ni menos compartir es que un sector, una franja, un estrato, por estar debajo de los demás, esté condenado a la exclusión como si fuera el responsable absoluto de sus desventajas.

Esto, en medio de la pobreza económica realmente existente, ya es una injusticia secular que pretende resolverse (y será lentamente) mediante los problemas sociales. Pero es aún más preocupante que no tengamos previsto qué alternativa queda para quienes van quedando –según parece- irremisiblemente postergados a la hora de las evaluaciones. Ya debiera ser suficiente la campanada de las Evaluaciones Censales de Estudiantes para 2º grado de primaria (que no puede impedir que los niños de rendimiento insuficiente “pasen” al siguiente grado) para advertir que ese fracaso seguirá produciéndose en los hechos no sólo hasta el final de primaria, sino que la deficiencia vaya aún más allá, con  profesionales mediocres y universidades (varias) de pobre calidad y baja competitividad.

La competitividad no sólo es hoy una especie de “valor contemporáneo” que se mide por entidades internacionales especializadas, sino que es un credo a flor de labios en nuestros jóvenes a quienes se les ha enseñado que para triunfar deben ser competitivos. Es muy importante “ser competitivo”; es conveniente recuperar para cada persona la responsabilidad de ser mejor cada día; es bueno ser realmente el forjador de su propio destino. Es una forma modernísima de aplicar la parábola de los talentos.

Lo que no está bien es desentenderse de los que no lograrán competir. De estos, el “mercado” no se ocupará (excepto si son materia prima para algo) y sí debe hacerlo el Estado. No es éste un acto de caridad sino de Justicia Social. No es mera “compensación social”. Eso es ideología, no mercado. Para el mercado, como antes en la vieja Esparta, los que “no sirven” podrían caer desde la cumbre del Taigeto.

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