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REDES SOCIALES
Jueves 13 de marzo 2014

Una democracia de trabajo o las crisis de la decadencia política

Por: Julián Licastro
Una democracia de trabajo o las crisis de la decadencia política
Foto: Difusión


Apuntes para la formulación de un documento de cuadros



Voluntad de trabajo y celebración del futuro

El trabajo es la energía  transformadora en la marcha de la humanidad, que ahora irrumpe en otra dimensión histórica, constituyendo el nuevo paradigma de la evolución de los pueblos protagonistas. Una nueva edad definida, física y metafísicamente, por la acumulación de innovaciones orgánicas y técnicas que aceleran el ritmo del mundo contemporáneo. En tal sentido, la revalorización cultural del trabajo como eje civilizatorio innegable, implica superar el campo de fuerzas que lo utiliza como factor meramente económico ligado a la explotación, la sumisión y la pobreza; sin ver la perspectiva de futuro que aquilata su capacidad de dignificación, equidad y creatividad, para alcanzar una democracia plena.
 
Así lo anticiparon lúcidamente aquellos pensadores y líderes que advirtieron el significado de los trabajadores organizados como “movimiento nacional”, más allá de su reducción ideológica a un esquema clasista, inhibidor de su vitalidad irradiante sobre el conjunto de la comunidad, o de su sujeción al manejo arbitrario de matrices partidarias  derivadas de un orden político decadente. Por tal motivo, no basta tampoco con enunciar la prevalencia del trabajo como un “principio universal” apto solamente para la declaración  retórica, sino aplicar  sus contenidos en la realidad efectiva de cada latitud, a fin de edificar una nueva sociedad y un nuevo Estado.
 
Este determinismo evolutivo,  al margen del diferente tiempo de transición según la maduración de cada realidad, impone actualizar las formas orgánicas de la agremiación y sindicalización acotadas por las burguesías económicas e intelectuales. Paso fundamental para perfeccionar la participación y acceder  al poder, en el marco de una gran movilización de fuerzas generadoras de desarrollo, tras el logro de una democracia real e integral. En este aspecto, la realización plena del carácter del trabajo como factor político no es fortuita: exige una verdadera construcción social y un dominio paulatino de los medios técnicos y de planificación acaparados hoy por las corporaciones y la tecnocracia. Cuando en vez de  este camino laborioso pero seguro, se opta por la desidia y el uso clientelar de la indolencia (que es contraria a la genuina asistencia social) se quiebra la conciencia moral de la comunidad y el futuro se siente como amenaza.
El trabajo en la construcción territorial
 
La esperanza, por oposición a la violencia, germina en el proceso de la evolución por la educación y la capacitación, capaz de instaurar una sociedad del conocimiento y una cultura del trabajo. Vectores que expresan la “realización total” de la vitalidad del trabajo, porque poseen en sí la facultad exclusiva de articular, con cohesión creciente, todo tipo de actividades en una trama de relaciones y sistemas: desde el intercambio de las redes sociales solidarias, hasta la cooperación técnica y la asociación en consorcios productivos de emprendimientos locales.
 
Esta construcción social, donde conducir y conducirse es “crear trabajo”, debe fusionase con la construcción territorial en el contexto irremplazable del espacio de arraigo. Cuestión imprescindible para ensamblar una disposición espiritual y práctica dirigida a enfatizar el esfuerzo conjunto de la colectividad, sin sacrificar a ninguna de sus partes. Clima de producción y trabajo en un proyecto compartido que se entiende en el lenguaje de la persuasión, con contenidos comunes en el plano simbólico y ético, para vencer los flagelos combinados de la corrupción y la especulación que hacen del “populismo” lo opuesto a lo popular.
 
El relato engañoso y el discurso ideológico por un lado, y la promesa electoral sin convicción por otro, no pueden sustituir la tarea épica de un pueblo decidido a asumir el control de su propio destino, volcándose directamente a la participación activa. Ésta emerge de la toma de conciencia mayoritaria que signa los momentos cúlmines de la historia, condenando al olvido por efímeras las posiciones endebles de la falsa política. Por consiguiente, aunque es obvio que las vicisitudes de la transición no pueden adivinarse, es preciso no dejar de predicar las virtudes que apuntan al porvenir, al demostrar la voluntad de ser y la voluntad de saber de una comunidad  que quiere persistir como tal sobre una serie reiterada de crisis. Porque el trabajo es la única alternativa al ilusionismo y la improvisación que siempre terminan en el “estilo” del ajuste y la anarquía.
 
 
Identidad y realización nacional
 
Estas no son abstracciones teóricas, sino síntesis operativas fundadas en experiencias colectivas expresadas por grandes autores, y también vivencias personales, especialmente las sufridas bajo regímenes de injusticia, represión y necesidades insólitas en un país de inmensos recursos. Un país frustrado por la falta de conciencia nacional como concepto integrado de identidad y realización. Y donde, lamentablemente, la libertad no se concibe junto a la responsabilidad como dos caras de un mismo principio de convivencia. Tal el punto de partida en el diálogo que se reclama, para sustentar un impulso poderoso y sostenido de cambio.
 
Sin proyecto de nación se diluye la esfera pública con sus derechos y  deberes. Luego se consiente la privatización de lo público  en términos de negociado sobre el saqueo del Estado. Y se ejerce la “ejemplaridad al revés” que premia al oportunismo y la corrupción, y castiga la honestidad del ciudadano que trabaja y cumple. En consecuencia, se asiste con impotencia o indiferencia a la degradación de una sociedad que revierte los vínculos permanentes de un destino compartido, en un enredo de “relaciones de conveniencia” de corto plazo, sin credibilidad ni garantías.
 
De allí el desborde en la llamada puja distributiva, persiguiendo intereses sectoriales a cualquier costo para los demás, pues sin proyecto unívoco no hay concertación económico-social, que es la referencia equitativa de una gran paritaria nacional. Esto a su vez plantea las paritarias gremiales como una entidad falseada que se conforma con la apariencia. En paralelo, la división de las cúpulas sindicales, por apetencias  individuales de poder, no recibe el apoyo político de sus propias bases, desperdiciando costosas campañas electorales. Un cuadro de errores y limitaciones que trastoca rápidamente las reivindicaciones “radicales” en inocuas; y hace que la lucha por la verdad  efectiva se tilde de rebelde, complicando las soluciones más elementales, porque no se puede ordenar la economía en un país desordenado.
 
Los rasgos contradictorios de la transición: valores y antivalores
 
Es conveniente comprender la naturaleza contradictoria de la transición, con sus rasgos destructivos y constructivos, siendo lo más negativo el sufrir un interregno de destrucción de los valores de convivencia y su sustitución por los antivalores del destrato, el descreimiento y la inseguridad. Esta tendencia a la baja en todos los aspectos de la vida cotidiana, que impacta en la pérdida de empleo digno y educación calificada, añade la paradoja de un contexto “legal” irracional que, en nombre del “garantismo”, se inclina a favor de los victimarios de la corrupción y el crimen, y abandona a sus víctimas.
 
En esa instancia ingrata, nos queda descubrir los caminos  que llevan a la reconstrucción del  hombre y la comunidad, verificando el cambio de muchas categorías morales y sociológicas que se consideraban permanentes. Así se demuestra la limitación del individualismo extremo, nacido en el derecho de intimidad y privacidad del ciudadano que ayer se alzó contra la era del absolutismo. Ahora, este individualismo egocéntrico adopta un signo reaccionario al aislarse de la realidad con indiferencia social y escepticismo político, al precio de una actitud nihilista.
 
En simultáneo con la “disolución del individualismo” se opera la “desarticulación de la masa”, que es su contraparte en la vieja concepción liberal; es decir: individualismo y excepcionalidad para las minorías dominantes y masificación y manipulación para las mayorías dependientes. Nueva realidad que descarta la uniformidad automática de los viejos “movimientos de masa” en las revoluciones y las guerras, aunque la masificación todavía perdure en el esquema de la propaganda, la publicidad y el consumismo. Fenómeno evidente en los aparatos mediáticos de uno y otro signo, que perciben la miseria y sus secuelas trágicas como cifras anónimas de la estadística.
 
Queda señalado el rumbo hacia la salida: el individuo asocial debe transformarse en “persona” integrada a la participación organizada, sin mengua de su libertad de conciencia singular; y la masa debe transformarse en “pueblo” incorporada a las diferentes construcciones orgánicas (organizaciones libres), sin sectarismos ni exclusiones. La energía vital del trabajo es precisamente la encargada de transfigurar estos valores con vistas a adaptarnos a una evolución inexorable , pese a las resistencias que despierta toda transformación operativa de magnitud y toda reivindicación de un sistema de conducción y gobierno más equitativo y amplio.
 
La excelencia por la formación y la capacitación
 
Nos debatimos en un entreacto incierto de dramatismo histórico, lejos todavía de la escena definitiva que requiere la generación de nuevos actores y autores, para suplir la falta de compromiso y creatividad dirigente. Mientras tanto, obligados a subsistir en el desorden, es menester ir corrigiendo gradualmente los peores defectos, hasta estar en condiciones de ocuparnos de la gran política y la estrategia. Se impone entonces superar con constancia la aflicción por la futilidad presente y reafirmar nuestra intervención entusiasta en el advenimiento de un futuro distinto.
 
La gran misión es proponerse alcanzar la “excelencia”, vertebrando orgánicamente un  gran sistema de conducción,  caracterizado por la persuasión y la disciplina voluntaria. Respetando sin duda la diversidad de perspectivas y aportes, pero sabiendo que no hay ejercicio trascendente de la libertad civil sin participación concreta. La reducción de la categoría ciudadana al simple acto comicial, que es sinónimo de democracia en la forma y no en el fondo, agudiza el inexorable vaciamiento de los gobiernos por incapacidad, arrogancia y corrupción. En cambio, la democracia real, en sus fines y medios, requiere la cooperación, la crítica, las propuestas alternativas y el control institucional del poder. Categorías éstas pertenecientes al sentido fundamental que tiene la “excelencia” para asumir el proceso nacional en su conjunto como causa de identidad patriótica.
 
Los trabajadores, en la acepción más amplia de la palabra, expresan las fuerzas creativas y productivas que unidas desplazarán, por su presencia y peso, a las facciones especulativas que no conjugan sus intereses particulares con las aspiraciones generales de la comunidad. Para ello es esencial formar los elementos directrices en la implementación de equipos de cuadros organizativos y de dirección, como portadores de los principios y valores primordiales que decantarán en políticas públicas y criterios de concertación.
 
Encarnar los valores de la conducción responsable, exige modificar el esquematismo de los supuestos “modelos” ideológicos, y retomar las herramientas estratégicas de un verdadero plan de trabajo, con un gabinete de trabajo y un parlamento de trabajo. Es el modo de evitar la ambigüedad de la politiquería, el mercantilismo de las burocracias y la embriaguez de la corrupción descarada que anula el funcionamiento institucional. Las fuerzas políticas renovadas en vez de reiterarse en el deprimente “más de lo mismo”, o de aglomerarse sin identidad definida, pueden ayudar a establecer las condiciones básicas de una transición al porvenir.
 
Para ello, tendrán que formular los objetivos constitutivos y funcionales de las políticas de Estado necesarias, firmando un compromiso cierto de ejecución, cualquiera fuese el resultado electoral de las instancias pendientes. Proceso complejo pero imperioso, que precisa ser vigilado y apoyado por una modalidad distintiva de vertebración política y social. Tarea de aquellos que, con voluntad de trabajo, pueden demostrar la conjunción de mística política y solvencia técnica para la resolución eficaz de los problemas nacionales, removiendo drásticamente los obstáculos que impiden la realización del país.
 
 
Buenos Aires, 9 de marzo de 2014.
 
julianlicastro@yahoo.com.ar
www.julianlicastro.blogspot.com

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