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Jueves 07 de agosto 2014

La vida ejemplar de Haya de la Torre

Por: Wilfredo Pérez Ruiz
La vida ejemplar de Haya de la Torre
Foto: Difusión


Víctor Raúl Haya de la Torre

Coincidiendo con los 35 años del deceso del gestor de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (Lima, agosto 2 de 1979) fui invitado por el Comando Nacional Universitario Aprista y la Escuela de Formación Política para participar en la Casa del Pueblo como expositor del tema “Víctor Raúl Haya de la Torre: Una vida ejemplar”. Un encuentro fructífero y lleno de expectativas.

Fue acogedor apreciar tan amplia concurrencia de jóvenes interesados en conocer los pormenores de la biografía, legado y testimonio moral de uno de los compatriotas más ilustres del siglo XX quien, además, de construir una agrupación política de trascendencia continental, dio una singular demostración de entrega plena por el Perú.

Víctor Raúl ha dejado una huella vigente a pesar de los debates ideológicos y doctrinarios producidos alrededor de sus postulados. Me refiero a sus enaltecedoras virtudes éticas, cívicas y democráticas. Desde temprana edad renunció a legítimas pretensiones personales, familiares y profesionales, para depositar sus sueños, energías y capacidades por el bien común. Su meritoria acción está por encima de cualquier discrepancia.

Integró la “generación del centenario”, una promoción de jóvenes que desde los claustros universitarios se afiliaron a los levantamientos sociales de principios del siglo pasado y que, posteriormente, incursionarían en asuntos de estado. Este sería el último contingente de hombres cultos, ilustrados y de indiscutible sensibilidad que irrumpió en el avatar político del país.

Su trayectoria estuvo realzada por su liderazgo para forjar, con su pensamiento de avanzada, una imponente fortuna intelectual; constituir una de las organizaciones políticas más importantes de la república; crear los grandes lineamientos de la integración regional, hoy expresada en las alianzas comerciales. Fue un visionario incomprendido en la etapa republicana que vivió.

Austero, rehuyó exhibir inmuebles, tarjetas de crédito, cuentas corrientes, chequeras, automóvil o riquezas materiales. En sus últimos años habitó una sencilla propiedad, otorgada por una cercana familiar suya, en el populoso distrito de Vitarte denominada “Villa Mercedes”, hoy convertida en una casa museo que recomiendo visitar para conocer y apreciar el modelo de vida que lo caracterizó. Ajeno a los bienes tangibles, sólo ostentó lo indispensable para subsistir con dignidad.

Un precedente inédito se produce al asumir la presidencia de la Asamblea Constituyente (1978) y asignarse, únicamente, un sol de remuneración mensual. Al respecto, el memorable y querido dirigente aprista Miguel López Cano (quien fue su secretario personal en esa función), en su artículo “Haya, político impar”, escribió: “…Respondiendo al desafío de la crisis, extendida en niveles económicos y morales, demandó reunir las concordancias y equilibrar las diferencias, respetando las posiciones ideológicas de los que actúan patrióticamente al servicio del país y a favor de la paz.

Así, la Carta Magna de 1979, sería el sustento de leyes donde la justicia y la libertad permanecen unidas. Consecuente consigo mismo, Víctor Raúl declinó el emolumento presidencial, suprimió las atenciones gratuitas de la cafetería, no usó el automóvil oficial y devolvió a la policía el patrullero que debía escoltarlo, recibiendo solamente la protección fraterna”. Cómo se extrañan esos gestos de desprendimiento en nuestros días.

La fraternidad que distinguió al iniciador del aprismo debería ser recogida por quienes tienen la eventual responsabilidad de conducir el partido que él, con otros muchos líderes que padecieron exilio, cárcel, clandestinidad, persecución e injurias, contribuyeron a erigir con su heroico sacrificio. Ellos pusieron el “cemento” de la mística que nos une y convoca, a pesar de nuestros graves problemas internos.

Con tal motivo deseo compartir un fragmento del significativo mensaje a la militancia aprista enviado por Haya de la Torre desde su asilo en la embajada de Colombia (1951), a través del recordado compañero Javier Pulgar Vidal, en el que aseveró: “…Pero debemos comprender todos la grandeza de nuestro movimiento. Nos hace sufrir porque es grande. Lo importante es no amedrentarnos porque sufrimos, sino comprender que formamos parte de una fraternidad de hombres que hemos logrado renovar la conciencia del Perú y que hemos proyectado nuestra fe sobre América. Pero, también debemos recordar que los movimientos de tan grandeza no caminan solos. Que hay que trabajar por ellos cada día. Muchas veces he recordado que en 1924 en París todos los apristas cabíamos en un sofá. Su hubiéramos dejado que las cosas vinieras solas, o si hubiéramos sido egoístas o versátiles, el aprismo no existiría. De allí que, por experiencia les diga que hay que trabajar con tenacidad de abeja o de hormiga, sabiendo lo que hacemos y no olvidando que cuando se labora bien, no hay esfuerzo perdido, por mínimo que el sea”.

Tengamos presente que el Partido del Pueblo es el gran frente único de clases explotadas –que representa a trabajadores, campesinos y estudiantes- fundado en la modesta vivienda de un ebanista (Lima, setiembre 20 de 1930). No se instituyó en el Club Nacional, ni tampoco en una residencia de Las Casuarinas alrededor de una botella de whisky etiqueta azul. En tal sentido, quiero evocar las declaraciones de Haya de la Torre: “El aprismo es la voz limpia que expresa el viejo y hondo dolor del Perú”.

Es lamentable contrastar la existencia de Víctor Raúl, para quien la política fue un espacio para servir a la población, con lo que, con resignación, apatía e indiferencia, vemos hoy en día: una juventud a la que se pretende manipular y utilizar como operadores de campañas proselitistas; el valor de la disciplina confundido con la penosa sumisión y el obrar rastrero; el significado del compañerismo y la hermandad se ha transformado en complicidad; ex burócratas pusilánimes e insensibles buscando un cargo público que resuelva sus penurias financieras; ansiosos lobistas en busca de realizar negocios y comprar conciencias; consignas sectarias, que obedecen a intereses facciosos; acólitos ávidos en tomar posiciones estratégicas en vísperas de las venideras elecciones municipales, regionales y presidenciales y que, por cierto, olvidan los auténticos anhelos colectivos de las mayorías.

El autor de “El antimperialismo y el APRA”, en su última entrevista televisiva al programa “Contacto Directo” (1978) a la pregunta final: ¿Qué cosa es lo principal que usted cree que ha dejado a este país?, visiblemente emocionado respondió: “La comprobación de que he servido. La comprobación de que no he hecho otra cosa que dedicar mi vida enterizamente al servicio del país, al servicio del pueblo…Yo he puesto amor, he puesto decisión, voluntad y he hecho todo lo posible por servirle”.

Su recuerdo debe inspirar a todos los apristas a interiorizar la honestidad y la lealtad. Entendamos la política como la ciencia y el arte que, empleando mecanismos democráticos, está destinada a canalizar y resolver las demandas de los desposeídos. No obstante, ha degenerado en inversiones económicas, enriquecimientos ilícitos, tráfico de influencias y un sinnúmero de conductas ausentes de rectitud e integridad: procederes detestables ante la percepción ciudadana.

Nuestro homenaje al incitador de multitudes que ideó un proyecto de alcance continental, a su imagen y semejanza, con la intención de redimir al Perú. Haya de la Torre despertó conciencias, afianzó ideales, convocó entusiasmo, emprendió solitarias batallas, reivindicó el mensaje del maestro Manuel González Prada y abrazó la causa de los obreros y de las clases medias. Cuanta falta hace su diáfano apostolado.

Sus aleccionadoras palabras: “Mi lucha es y ha sido dura, porque soy pobre y he mantenido la dignidad de mi pobreza. Mi única aspiración desinteresada y legitima ha sido y es demostrar al pueblo y a la juventud peruana que sí es posible salvar a nuestra patria por un camino de auténtica renovación moral en el más elevado y constructivo sentido del concepto”, afirman un comportamiento honroso, prístino y decente que debemos admirar e imitar.

(*) Docente, conservacionista, militante del Comité Distrital de San Borja e integrante del Buró de la Secretaría Nacional de Relaciones Internacionales del Partido Aprista Peruano. http://wperezruiz.blogspot.com/

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