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Martes 16 de septiembre 2014

Ollanta, el escapista

Por: Enrique Valderrama
Ollanta, el escapista
Foto: La República

Corría el primer lustro del nuevo milenio y Ollanta Humala teledirigía desde lejanas tierras asiáticas el movimiento que Antauro, su hermano, dinamizaba con radical obsesión y con disciplina militar en el Perú. Él mismo contaba en sus filas, como activistas, a reservistas del ejército, quienes tenían por misión evangelizadora repartir el poco estético, pero frontal “El Ollanta”, vocero de las ideas del clan de los Humala Tasso, en perfecta armonía fraterna en aquel entonces y con la venia filial del patriarca Isaac.

Era la época del cenit de frivolidad y lejanía popular de un Alejandro Toledo que había encargado, para todo efecto práctico, el gobierno a un ordenado y sensato PPK, investido de premier por aquellos años. “El Ollanta” era un férreo e intenso opositor, hablaba de un credo extraño, por demás atípico llamado etnocacerismo. Con el pasar de los meses se aumentaba el tono de los escritos publicados y de las declaraciones a medios masivos de Antauro.

Pronto de la agresiva oralidad y de la tinta pasaron a la irracional asonada. Antauro atacó una comisaría y asesinó policías, en la referida acción también murieron algunos de sus adeptos. Se supone que la misma era el inicio de una escalada dirigida a derrocar al gobierno constitucional dirigido por el peruposibilismo. Ollanta, como queda constancia, apoyó abiertamente al principio y luego toreó, amagó y deslindó de un hecho del que claramente era, cuando menos, inspirador. El cuadro final no fue otro que la merecida prisión de Antauro, la vigente y agria ruptura de los lazos familiares, que el ahora presidente canjeó por el sueño de la banda bicolor. Hoy en día Toledo es su aliado y con su bancada parlamentaria forman una precaria mayoría.

Años atrás, en Locumba, según lo que comentan algunos con unos “Cuba Libre” de más, se supone que se alzó contra Fujimori, hecho por el cual Antauro y él acabaron procesados. Ollanta, bajo el argumento de haberse rebelado contra la dictadura, corrió con la suerte de una providencial amnistía que no admitió -o no conoció- la suspicacia de que el mismo día del mediático levantamiento, Vladimiro Montesinos huía del país en el velero “Carisma”, poniéndose a buen recaudo de cualquier evento inesperado. El actual presidente se mantuvo ajeno a esa circunstancia que desató más de un signo de interrogación.

Hoy en pleno gobierno suyo, se descubre que uno de los favoritos del “doc”, Oscar López Meneses recibía un espectacular resguardo policial. Ello sigue impune y sin señales a la vista de una investigación a conciencia.

Muchos años atrás un capitán del ejército conocido como “Carlos”, en el marco de la lucha contra la subversión, cometió crímenes execrables en Madre Mía. Crímenes que el Estado no ha podido sancionar, víctimas a las que la justicia aún no reivindica. Existen varias declaraciones que afirman que el “Capitán Carlos” era Ollanta Humala. El mismo personaje no identificado tenía tratos con narcotraficantes, a quienes cobraba 20 mil dólares por operar con sus avionetas, ello según lo declarado por Mori, narcotraficante que afirma haber sido uno de los clientes de ese circuito. Ollanta ha escapado del destructivo estigma que hubiese significado que el personaje “Carlos” lo atrape, probadamente, en letal simbiosis.

Más recientemente, en sus dos intentonas presidenciales, se habló, en la primera, de su dependencia, financiera respecto al desaparecido Hugo Chávez. Nunca quedó claro cómo financió aquella campaña. Hace algunos meses mineros ilegales afirman haber aportado 17 kilos de oro y muchos miles de dólares a la campaña del 2011. Ambas situaciones forman parte del rosario de circunstancias extrañas y no esclarecidas de las cuales Ollanta ha escapado.

 En estos días Ollanta gobierna los destinos del Perú, con un programa deformado y achatado por falta de solidez personal y liderazgo, algo similar a un piloto automático en estado de constante y circular desorientación. Ello nos está conduciendo de una situación de crecimiento a una que se acerca cada día a la parálisis.

Los actuales colaboradores del presidente duermen tranquilos bajo la aparente seguridad de que luego del 2016 Ollanta, el escapista, seguramente sorteará toda relación con los innumerables escándalos que ha sumado, a su ya polémica trayectoria, durante el gobierno. Veremos qué sucede, como al célebre húngaro Harry Houdini, a todos se les acaba la suerte algún día.

(*) Centro para la Democracia Social

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