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Martes 02 de diciembre 2014

Los hijos de Víctor Raúl

Por: Víctor Raúl Huamán
Los hijos de Víctor Raúl
Foto: Difusión

 

En el Congreso Nacional se elaboraba la denominada “Constitución de 1979” o la “Constitución del Siglo XXI” y Víctor Raúl Haya de la Torre era el Presidente de la Asamblea Constituyente.

El mozo, que diariamente le llevaba el desayuno al despacho presidencial, ingresó impecablemente vestido con una humeante leche y dos sándwich, uno con jamón y otro con queso. Encontró a Haya de la Torre mirando a la calle por una de las ventanas de la majestuosa e imponente oficina presidencial. Al ser saludado el mozo, este le pidió que se acerque para compartir lo que estaba observando. Alejandro, que era el nombre del mozo, se sorprendió por el rostro triste y casi compungido de Víctor Raúl. Al llegar a la ventana, el Presidente le señaló al niño que estaba en la calle dedicado al oficio de “lustrador de botas”. Tendría nueve años y ofrecía sus servicios en la Plaza Bolívar a los Congresistas, policías y personal del congreso que ingresaba al palacio legislativo.

Don Alejandro, ve a ese niño – le dijo Víctor Raúl.

Sí, Señor Presidente.

Entonces llévele este desayuno y sírvaselo como si me lo estuviera sirviendo a mí.

El mozo se dirigía a cumplir la orden con todo el rigor de atender al Presidente, fina atención, mantel de tela en su brazo izquierdo y a órdenes del niño.

Haya de la Torre seguía el cumplimiento de sus órdenes mientras venía a su memoria un acontecimiento pasado, el día en que los líderes históricos del aprismo llegaron al local central del APRA en la avenida Alfonso Ugarte, para celebrar el cumpleaños de otro líder, Luís Heysen Incháustegui.

Era un sábado cualquiera de chocolatada entre los jóvenes, que el propio Haya de la Torre había institucionalizado para evitar la tentación frívola de todo fin de semana y muy propia de algunos jóvenes. Por eso su organización estaba a cargo de los jóvenes del partido y podía ingresar libremente cualquier persona que pasaba por la calle.

La chocolatada de aquel cumpleaños se había calculada para 30 personas, que era la rutinaria asistencia en estas reuniones sabatinas, animadas con guitarra y canciones y al que siempre asistía el jefe del partido, Víctor Raúl. La compañera encargada de la economía de la juventud era la piurana “Goya” Zapata y no fue informada de la cantidad adicional de personas que estarían con ellos ante el onomástico de Luis Heysen. Se percato cuando Haya hizo su ingreso con unas 20 personas más de lo calculado.

“Goya” aprovechó los cantos preliminares para ir discretamente donde el Secretario Personal de Víctor Raúl, Jorge Idiáquez, quien inmediatamente dispuso la compra de chicha morada en sobres y artificiales ya que no había tiempo para preparar más chocolate.

Luego del saludo y al concluir los cantos y discursos a Luís Heysen, se pasó a distribuir la “chocolatada”, pero Víctor Raúl notó que a los “dinosaurios” del aprismo allí presentes, se le entregaban humeantes “chocolatadas”, mientras que a los jóvenes se servían la chicha morada adicional. Muy discretamente alzó su índice derecho y llamó a “Goya” para decirle una sola frase al oído: “El chocolate es para los niños y jóvenes”, a lo que la compañera “Goya” asintió, pensando que la recomendación sería para una próxima reunión.

Al notar el Jefe que no había entendido su orden, la llamó y le dijo en un tono más severo: “He dicho que el chocolate es para los niños y los jóvenes” y le entregó su taza de chocolate que le habían servido. Goya completamente avergonzada se dirigió a los principales líderes con una fuente servida de vasos de chicha morada de sobre, cambiándoselas por las que ya tenían de chocolate servidas.

Fueron entregando sus tazas Armando Villanueva, Andrés Townsend Ezcurra, Luis Heysen, Luís Alberto Sánchez, Ramiro Prialé, entre otros distinguidos líderes, mientras Haya de la Torre, con la mirada del ejemplo que todos habían visto, vigilaba el cumplimiento de su orden. Luego, las tazas de chocolate fueron entregadas a los niños y jóvenes presentes en aquella reunión.

El jefe recordaba esa anécdota y sonreía mientras seguía el cumplimiento de su orden desde la ventana del Palacio Legislativo. Vio el rostro de sorpresa del niño y su sonreír, cuando recibió el desayuno con todo el rigor que el protocolo exigía de ser un instante el Presidente de la Asamblea Constituyente. Víctor Raúl construyó, con el ejemplo, la esperanza en muchas generaciones de peruanos, de quienes siempre dijo: “Ellos son mis hijos”.

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