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Miércoles 21 de enero 2015

Autopsia del antifujimorismo

Por: Víctor Andrés Ponce (*)
Autopsia del antifujimorismo
Foto: El Montonero

 

En el siglo XX se desplegó el antiaprismo y en el XXI el antifujimorismo. De una u otra manera, en la densidad de esos anti está una de las razones del porqué la democracia y los partidos no prosperaron en el país. La reacción elemental del anti implica la exclusión, la imposibilidad de dialogar y de pactar con el rival. Ese tipo de conductas viscerales corresponde a los fundamentalismos religiosos, a la lógica de la guerra que elimina al adversario, antes que a la democracia, donde la política es el puente para dialogar con el otro, con el diferente, con el adversario.

El anti fortalece y agranda lo que pretende eliminar. ¿Por qué los herederos de un régimen que se desmoronó por su lado autoritario y corrupto hoy representan la primera fuerza política del país? Cuando se recuperó la democracia y un sector de la izquierda se convirtió en el eje intelectual de la transición a la democracia, el fujimorismo se volvió la síntesis de todos los infiernos del Dante. No había nada, absolutamente nada, que reconocerle y, en un acto primitivo, el balance del fujimorato se puso exclusivamente en manos de los tribunales de justicia.

El fujimorato hizo lo que la democracia y los partidos de los ochenta fueron incapaces de hacer: desmontar el estado velasquista y sentar las bases de la economía libre y moderna. Pero también centralizó voluntad política para derrotar al terrorismo, y para alcanzar ese objetivo el Estado tuvo que llegar hasta las punas más escarpadas y los distritos más olvidados. Por primera vez desde la Colonia se (re) establecieron los puentes y las carreteras para conectar al Perú oficial con el Perú real. ¿Cómo se podía olvidar semejantes logros históricos y entregar el balance del fujimorato solo a jueces y fiscales? Una locura que nos recuerda que el Perú fue uno de los centros de la Inquisición.

Con el retorno de la democracia y, sin un balance serio de los noventa, la élite y los llamados partidos creyeron que podían seguir haciendo política como antes. Pero la política plebeya (algunos solo la llaman clientelista) del fujimorismo había llegado para quedarse. La gente comparó la política restauradora de las élites y comenzó la larga crisis de representación pública que casi desemboca en el triunfo del proyecto bolivariano el 2006 y en la primera vuelta del 2011, mientras continuaba la demonización del fujimorismo.

El resultado de esta guerra de religión encubierta contra el fujimorismo es que los ciudadanos compararon la democracia con los años noventa y el fujimorismo se volvió fuerte, el apoyo popular se endureció, y hoy este movimiento, sin lugar a dudas, se ha transformado en la primera fuerza política organizada del país. Todo indica que el 2016 disputará una segunda vuelta electoral y hoy ya es innegable que no se puede pensar la democracia sin el concurso del fujimorismo.

En las transiciones en España y en Chile hubo diálogo con los sectores autoritarios que dejaban el poder, hubo balances adecuados y se incorporaron logros del pasado a la vida democrática. ¿Cuál fue el resultado? Las herencias autoritarias del franquismo y el pinochetismo se difuminaron y surgieron nuevas derechas democráticas con sus correspondientes izquierdas modernas. Una diferencia clara entre la política de la democracia y las guerras fundamentalistas que sobreviven en el Perú.

 (*) El autor publicó este artículo en el portal EL MONTONERO

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