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Lunes 13 de abril 2015

Juguemos a la ronda

Por: César Campos
Juguemos a la ronda
Foto: Difusión

 

Los peruanos tenemos el defecto – entre otros – de convertir la obligación en una virtud. Lo que por ley o moral nos corresponde hacer, se aplaude por excepción y no por regla. Cierto que en un mundo ganado al campo de los valores relativos, los gestos básicos de una óptima convivencia humana son la aguja en el pajar. Pero deberíamos esforzarnos por considerar la aplicación de los principios y las normas como lo más elemental de nuestra existencia.

Así, felizmente, parecer entenderlo el nuevo premier Pedro Cateriano quien ha señalado como su “obligación” ser dialogante y prudente en la nueva función constitucional que Ollanta Humala le ha encomendado. Eso también debió ejercitarlo en su condición de ministro de Defensa. Y al afirmar que “ahora” debe ser dialogante y prudente, reconoce de manera implícita que no lo fue en su anterior tarea.

Seamos claros: los ministros de Estado no están llamados a la pugnacidad política como los congresistas. Estos deben su presencia pública al voto popular, los ministros al dedo del inquilino de Palacio. El Parlamento es el escenario natural, en cualquier país, para ventilar las diferencias. Al señor Cateriano le pagamos 30 mil soles no para que sea un mono con metralleta frente a sus adversarios, sino para hacer lo que hoy la mínima sensatez (y la obligación) lo inspira.

En tal sentido, la ronda de conversaciones de Cateriano con los diferentes líderes políticos llueve sobre mojado. No aporta más que flashes a las fotos de las estrujadas de mano, algo que debió quedar en el primer titular de Gabinete que Humala nombró y no en el sétimo. Porque la confrontación y la palabra cachaquienta (no cachacienta) ha continuado en boca del mismo presidente (“jauría de cobardes”, llamó esta semana a ciertos legisladores). El genio de cuartel y la figura del peleador callejero seguirán hasta la sepultura. No pidamos algo distinto.

Sin embargo, es útil apreciar las razones de fondo por las cuales el Premier semeja hoy a Teresa de Calcuta. “Buscaremos estabilidad política para destrabar las inversiones” fue lo que dijo al diario El Comercio y éste así lo destacó en su titular de portada del domingo pasado. Al día siguiente, en el mismo medio de comunicación, el ministro de Economía Alonso Segura indicaba: “Si la tensión política baja, la inversión va a ir fluyendo”.

Sorprendente. Por primera vez en 20 años, la alta esfera del poder en el Perú reconoce que las líneas política y económica convergen, se cruzan y se afectan. La inercia siempre fue decir que el ruido político no influía sobre la economía. Ahora es un elemento que “traba las inversiones”.

Este escenario tiene dos motivos que ya advertimos antes: primero, la extrema debilidad de un gobierno que divagó en las decisiones económicas complementarias, no empoderó al Estado para menguar las conflictividad social y perdió congresistas como cancha. Y segundo, la responsabilidad de ese mismo gobierno de adelantar el escenario electoral poniendo a la primera dama y presidenta del Partido Nacionalista en campaña, así como trompéandose con todo el mundo cuando requería algunos consensos.

Cateriano seguirá jugando a la ronda del diálogo, creyendo que el lobo del mayor enfriamiento económico no está o camina algo lejos. Por el momento, lo considero un iluso.

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