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Lunes 21 de septiembre 2015

[En honor a Carmen Balcells] Adiós, Carmen

Unas líneas que Xavi Ayén viene de dedicar a Carmen Balcells en el periódico español La Vanguardia este lunes 20 de septiembre de 2015, pocas horas después de acaecido el fallecimiento de la propulsora del boom latinoamericano de la literatura...
[En honor a Carmen Balcells] Adiós, Carmen
Foto: www.elpais.com

 

La última vez que hablamos, Carmen, hace tan solo dos días, estabas dolida. Te quejabas de que los futuros compradores de tu agencia te exigían “hacer limpieza” y habías empezado, a los 85 años, a despedir gente. Con tu túnica blanca, dando órdenes, profiriendo gritos, estallando en carcajadas y de repente sumiéndote en un llanto profundo, como siempre habías hecho, parecía que el tiempo te alcanzaría para ordenar la sucesión de tu agencia y enseñarle a Andrew Wylie que las cosas no iban a ser tan fáciles.

No ha sido así. Perfectamente consciente de la trascendencia de lo que habías construido, lamentabas no ser eterna. “Los fundadores no deberíamos morirnos nunca”, decías, con ironía. Pusiste a Barcelona en el mapa mundial de la literatura hispanoamericana, creaste un grupo de escritores que fueron amigos del alma y los hiciste literalmente vecinos, encontrándoles a todos pisos en el barrio de Sarrià (de ahí salieron nada menos que dos premios Nobel de Literatura), cambiaste las normas de la contratación literaria, permitiendo que casi todos pudieran vivir de su trabajo… Te relacionaste con los que en realidad mandan y tejen los hilos en la industria editorial, para poner todo tu poder al servicio de los autores.

No puedo evitar que hoy asalten mi memoria, como flashes, imágenes de nuestros encuentros: cuando comíamos tortilla de patatas en la cocina de tu piso de Diagonal, cuando me dejabas quedarme en tu despacho para escuchar las llamadas que mantenías (te divertía mostrarme que te pasaban al teléfono con el Rey si lo pedías, o con cualquier otro prohombre), cuando me enseñaste la mesa de madera donde se escribió El otoño del patriarca en tu casa de Santa Fe, esa pedanía donde naciste y que convertiste en un museo mágico de recuerdos de escritores.

Nunca olvidaré aquel jueves antes de la Navidad del 2005 en que me comunicaste que, aquel mismo fin de semana, partiría hacia Ciudad de México “para llevarle a Gabo mis regalos de Navidad, así seguro que te abre la puerta. Él te dará una entrevista, la única que ha dado en los últimos años... y quién sabe si habrá más” (no las hubo). Y, cuando, a principios de diciembre de 2010, fui el único periodista en encontrarme en la casa de Mario Vargas Llosa en Manhattan el día en que le comunicaron que había ganado el premio Nobel, enseguida me llamaste: “Esto no ha sido casualidad, Xavi, habías abierto el camino”. Supersticiosa e intuitiva, consultabas las estrellas y, bajo su auspicio, todas las Navidades, dirigías una impresionante flota de taxis y envíos intercontinentales para agasajar con regalos a centenares de personas en medio mundo. Eras, para mí, la prueba de que Santa Claus existe. Te aburrían las experiencias anodinas, lo gris. “Quiero que el mundo sea grandioso”, decías, y contigo la vida se transformaba en espectáculo.

Son legendarias tus broncas – “el alarido de las once”, se oía comentar en tu agencia tras alguno de tus arrebatos-, que todos los que te han conocido y querido recuerdan con afecto porque, como me dijo un día Vargas Llosa, cuando me gritabas por alguna cosa delante suyo: “Xavi, si Carmen no te riñe es que no te quiere. Ella profesa este tipo de amor con repentinos chispazos de odio. Si nunca te riñe, es que no le importas”. Así querías y así te queríamos.

Habías tenido ya algún que otro susto cardiaco, pero nadie se esperaba un desenlace tan repentino. Esta mañana te encontraron sin vida, en tu casa. Dicen que no sufriste y todos nos alegramos de ello. Hoy te lloran, además de tus familiares y amigos, centenares de autores para los que eras mucho más que su representante: una confidente, una amiga, alguien al que acudir cuando sus mundos se tambaleaban.

Explican también algunas historias crueles sobre ti, y te gustaba conocerlas y ofrecerme tu versión “porque es bueno que alguien lo sepa”. Y me resuenan tus palabras, después de cada confidencia: “Esto lo puedes contar solo cuando me muera, que entonces ya me será todo igual”. Me temo, Carmen, que esta vez te voy a volver a desobedecer.

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