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Sábado 30 de abril 2016

Ser o no ser: el dilema del APRA

Por: Daniel Parodi
Ser o no ser: el dilema del APRA
Foto: Difusión


“Rompamos el pacto infame i tácito de hablar a media voz”
(Manuel González Prada)

A los apristas nos gusta gritar a voz en cuello la proposición “EL APRA NUNCA MUERE” y está bien que así sea, esa frase expresa la resistencia del Partido a una implacable y violenta persecución de sus militantes por represivas dictaduras como la de Benavides y la de Odría. Pero los seguidores de la estrella debemos aceptar, que, como cualquier organismo biológico o social, el APRA puede morir si, como diría Víctor Raúl, no sabe renovarse y adaptarse a los nuevos desafíos históricos, en este caso del siglo XXI.

No se trata, en las actuales circunstancias, de señalar a los culpables de una larga crisis institucional de la que, por el contrario, somos corresponsables porque participamos de ella. Comprensiblemente, para las recientes presidenciales elegimos como candidato a nuestro Presidente Alan García casi por unanimidad. Lógico: con él llegamos al gobierno en dos oportunidades, en la segunda además, nos regaló la gestión del Estado con mejores números de la historia del Perú.

Y, en la balanza, pusimos esos aspectos positivos por encima de aquellos que no nos gustaban, como un manejo interno del Partido bastante vertical y muy descuidado, en el que fuimos perdiendo nuestras tradiciones más preciadas y nuestras instituciones más arraigadas. Pero creímos, y me incluyo, que Alan bien podría dirigirnos hacia un tercer mandato del APRA y priorizamos eso. A Alan le correspondía postular y hoy vuelvo a suscribir esa idea. Quizás exista quien pueda tirar la primera piedra, en hora buena, pero yo no me encuentro entre ellos y detesto el oportunismo.

Lo que queda

La pregunta que debemos hacernos en las actuales circunstancias no es ¿por qué queda tan poco del APRA a 37 años de la partida de Víctor Raúl? NO. La pregunta es ¿cómo es posible que aun existan bases apristas capaces de movilizarse por todo el país a pesar de haber sido penetrados por la informalidad de la antipolítica y dirigidos desde un manejo interno tan propenso a las argollas y tan esquivo a la formación de agentes de la revolución en democracia, razón por y para la cual se fundó nuestro movimiento.

Lo que queda del APRA, que es poco, es admirable y me descubro respetuoso ante esos viejos o jóvenes compañeros que han impedido, en su lejana provincia, que ese fuego sagrado de Víctor Raúl deje de flamear. Me descubro respetuoso ante los apristas de barrio, de asentamiento humano, de comunidad, ante aquellos que me invitaron a una paraliturgia católica para el Jefe en San Martín de Porras, presidida por una anciana compañera, porque no se pudo programar una misa oficial en su memoria, pero algo había que hacer, y después, como siempre, vino el chocolate caliente. ¿Cómo no amar al APRA?, a cuantos habría convencido si los llevaba a esa ceremonia tan sentida, sencilla y trascendente a la vez, tanto como lo es el viejo partido del que hablamos.

¿Qué hacer?

Pero eso que nos queda del viejo Partido de Víctor Raúl no podemos maltratarlo todavía más. Recuerdo el plenario para elegir candidatos al Congreso -uno de ellos el suscrito- la desazón de esos delegados que llegaron de Puno, de Cerro de Pasco, del ex-sólido norte que se quejaban del esfuerzo que habían realizado al venir desde tan lejos y que sin embargo se encontraron con que debían refrendar listas ya hechas, cuando ellos querían discutir, debatir, proponer, elegir, tal y como se corresponde con un partido democrático. Qué admirable caramba, la devoción de estos compañeros que con esfuerzo viajan veinte horas para llegar a un plenario que dura 8 y que luego con las mismas, esa misma noche, se regresan a su tierra, molestos, decepcionados, pero siempre apristas, esperanzados en que las cosas mejoren en algún momento.

Pues el momento solo puede ser hoy, solo puede ser ahora, porque de lo contrario nos llegará el día, quizá no hoy, sino dentro de 10 años en que al Plenario ya no vengan más porque a los pocos apristas que quedamos o se los habrá llevado el tiempo o se habrán difuminado en los perniciosos clientelismos asistenciales de nuestra actual antipolítica, cada vez más arraigados a contracorriente de lo que debería ser un proyecto político republicano, ciudadano, comprometido con la democracia y la justicia social. Y ese es el mensaje que quiero trasmitirle a mis compañeros, el mensaje de un aprista que es intelectual y que ofrece a su partido esa mirada, la de aquel que estudia y sigue el curso de una institución y se preocupa por su destino: de lo que se trata es del APRA compañeros, de su supervivencia, por favor dejemos de lado ambiciones personales, camarillas, argollas.

No tengo en lo personal nada contra quienes integran la comisión que renovará la alta dirigencia como ha informado ayer un medio local, aunque creo que su misión es, más bien, la de organizar el Congreso Nacional, discúlpenme si me equivoco. De hecho soy amigo de varios de ellos y le expreso mis respetos a todos. Pero de lo que se trataba era de elegir una comisión de notables, viejos y jóvenes, profesionales exitosos, destacados, voces autorizadas para un partido que tanto lo necesita.

Estoy pensando, entre nuestros mayores, en el tribuno Valle Riestra, en la señora del aprismo Elvira de la Puente, en los doctores Camilo Carrillo, Francisco Mujica y Grover Pango, en Erick Iriarte, que frisa los cuarenta, que es abogado y primer especialista nacional en tecnologías de la información, tan importante para adecuar el Partido a las exigencias del siglo XXI, pensaba en el cuzqueño Franz Chevarría, abogado joven, que trabaja nada menos que en la OEA, en Washington, y en Alan Salinas, politólogo joven con máster en Flacso, Ecuador. Y seguro quedan otros muchos más dignísimos compañeros provincianos y limeños, que por mi ignorancia he ofendido al no mencionar. Pero se trata de eso, de crear una junta de notables muy reputados, aceptable para todos, manipulables por ninguno, y que tuviesen, en simultáneo, la capacidad de propiciar un reencuentro del aprismo con sus esencias y de señalar el rumbo para su modernización y adecuación a las exigencias del siglo XXI.

El APRA no resiste más, nuestro espacio-tiempo se nos está acabando y no habrá más APRA que repartir, “ni más moña que tramar” en poco tiempo, si lo seguimos tratando de esta manera. To be or not to be, he allí el dilema contemporáneo del aprismo y quien no lo entienda deberá rendirle cuentas a la memoria de Víctor Raúl y a los mártires históricos del Partido del Pueblo.

c. Historiador Daniel Parodi

@parodirevoredo

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