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Jueves 13 de junio 2019

Actitud de la naturaleza vs. aptitud del hombre: terremoto del 31 de mayo de 1970

Por: Óscar Guzmán Charcape
Actitud de la naturaleza vs. aptitud del hombre: terremoto del 31 de mayo de 1970
Foto: Difusión

 
Vista Panorámica del Nevado del Huascarán y de la Ciudad de Huaraz desde la Coordillera Negra (2003): 33 años después del 31 de mayo de 1970

El movimiento de la tectónica de placas provoca cambio en las geoformas del relieve terrestre. Por su parte, el hombre, al desarrollar sus actividades en un determinado espacio o territorio produce cambios en la naturaleza. Las actividades humanas traen como consecuencia impactos que afectan a la misma población cuando no se realiza una adecuada y oportuna “Gestión del Territorio”; es decir, cuando al ocupar determinados ámbitos de manera irracional, el ser humano desequilibra a la naturaleza, generando que ésta al ser afectada actúe y recupere de forma repentina dichos espacios trayendo como consecuencia los denominados desastres naturales.

El hombre para intervenir un territorio debe poseer en consecuencia una aptitud especializada que garantice una adecuada, oportuna y racional gestión de dichos territorios. En otras palabras, debe ser un gestor público debidamente capacitado y con experiencia: hechos que le ayudarán a desempeñarse como un estratega a fin de lograr alcanzar con determinación las prioridades, no solo del sector público sino también del sector privado, en las que organice con eficacia los procesos que requiera (políticas, normas, planes, programas y proyectos) para el eficaz sostenimiento de la dinámica Económica-Productiva en beneficio de la población que la ocupa.

Es decir, se necesita una visión sistémica del territorio que ofrezca un punto de vista objetivo y racional sobre su funcionamiento (dinámicas, flujos, relaciones inter e intra-territoriales), que incluya el manejo social del territorio en términos de integración, organización y manera de interrelacionarse entre pobladores de las áreas urbanas y rurales, así como también y muy especialmente con la naturaleza.

Lo anterior viene a colación del terremoto, seguido de un aluvión,  del domingo 31 de mayo  de 1970 en la Ciudad de Huaraz. Un sismo de magnitud 7.8 en la escala de Richter, sentido en toda la costa y sierra del departamento de Áncash y del norte peruano. A consecuencia del terrible movimiento telúrico la ciudad de Yungay fue sepultada. Era la 3:23 p.m. de aquel aciago domingo cuando la naturaleza llamó al orden a quienes, desafiándola en múltiples maneras, vivían en esa parte del territorio peruano.

Era un niño todavía cuando se produjo lo del terremoto del 31 de mayo de 1970. Poco después, si mal no recuerdo de finalizado el partido inaugural del Campeonato Mundial de Fútbol de México 1970. No podía imaginar por ese entonces que 33 años después participaría, junto a un grupo de connotados profesionales en un Estudio para el Instituto de Defensa Civil. Corría el año 2003, cuando actualizamos el Plan de prevención Ante Desastres y su Mapa de Peligros. Una labor que nos llevó a elaborar el diagnóstico respectivo in situ, una experiencia que nos permitió levantar información de 1er.y 2do.orden.

Seguro que niño no podía imaginar lo que sucedía en el Callejón de Huaylas, un valle interandino del río Santa, ubicado en la parte central de la región Ancash, el lugar donde se encuentran la ciudad de Huaraz y otras más, esa tarde del domingo 31 de mayo. Ese día, este ecosistema único y de gran belleza en nuestra patria dado sus importantes nevados, lagunas, campos cultivados y pueblos pintorescos, era puesto a prueba por la implacable dinámica de la tectónica de placas. Ese día, el nevado de mayor altura, Huascarán Sur, que llega a los 6,768 msnm, pondría a prueba en la peor forma a quienes ahí vivían apaciblemente vivían.  

Las decenas de miles de personas que ese día dejaron abruptamente de existir habitaban en un lugar de una morfología variada, de plana a accidentada. En un espacio con una gran variedad de paisajes naturales de montaña debido a la presencia de la cordillera de los Andes con un piso altitudinal que varía entre 3000 a 3,500 msnm. Las decenas de miles de nuestros compatriotas que perecieron trágicamente aquella tarde de ese domingo de mayo de 1970 vivían en las ciudades de Huaraz y Yungay. Localidades ubicadas en el sector de vertientes pronunciadas que corresponde a pendientes muy fuertes en la zona de quebradas a moderadas de las laderas utilizadas para los cultivos. Desafiando a la naturaleza.

Nadie, en ese entonces, tampoco ahora podría ser diferente, pudo predecir que el Callejón de Huaylas, pobremente predispuesto, debido a lo accidentado de su morfología, a las faenas agrícolas, sería el escenario de uno de los mayores dramas de nuestra historia. Nadie pudo predecir el terremoto cuyo estuvo ubicado en el mar, a 50 km al oeste de Chimbote y que, afectó un área comprendida entre 175 km al norte del epicentro, 180 km al sur y 170 km hacia el interior del departamento de Ancash. ¡Nadie!, cuando la hora llegó, miles no sabiendo a dónde ir perecieron sepultados por las piedras y el lodo que se precipitaban desde las alturas.

Nadie vio venir el sismo más destructor del siglo XX, un movimiento telúrico que afectó un área comprendida, aproximadamente, en un rectángulo de 355 km paralelo a la línea de costa y 170 km tierra adentro. El saldo: 67,000 muertos, 150,000 heridos, 800,000 personas sin hogar, 2’000,000 personas afectadas, 95 por ciento de viviendas de adobe destruidas, 500’000,000 de dólares en pérdidas que actualizadas sobrepasan los 2,000 millones. No obstante, el terremoto del 31 de mayo de 1970, valgan verdaderas, más allá de la estela de tragedia que dejó tras su paso, dejó algunas enseñanzas para la posteridad. Algo que, al parecer, poco caso se le hace.

¿Por qué? Porque Huaraz es una de las ciudades del país con un alto índice de construcción de material noble para las viviendas. Un hecho sobre el que doy fe, pues en el marco del estudio realizado en 2003 pude darme cuenta de ello: un hecho que es consecuencia del trágico terremoto de fines de mayo de 1970. Huaraz, hay que decirlo, es actualmente una ciudad con un índice de Riesgo Muy Alto ante la ocurrencia de fenómenos naturales de gran o mediana magnitud.

Lo anterior se puede sostener a pesar de los numerosos estudios para la Prevención y Mitigación ante los Riesgos Naturales. A pesar de las charlas  y capacitaciones, tales como simulacros con participación de la población: algo que no asegura una buena respuesta en el futuro, pues la población directamente afectada tiene que tomar conciencia del mismo. Y desarrollar una cultura territorial, así como conocimiento y aprehensión de la valoración de oportunidades y riesgos.

Es decir generar sistemas estables con alta variabilidad. Sistemas que pueden desarrollar su sostenibilidad por la presencia de fortalezas, como son los recursos naturales con que cuentan para desarrollar sus diversas actividades económicas. Algo que les permitirá mejorar sus capacidades humanas y de gestión a través de la educación pertinente y oportuna a fin de que el habitante consiga identificarse con su territorio.

Para estar preparados a eventualidades como el terremoto del 31 de mayo es necesario fortalecer la gestión política-administrativa de los gobiernos locales, al igual que la Gestión Racional, Coherente y Equilibrada del Medio Natural a través de determinación de normas, reglamentos y leyes que incentiven y/o obliguen a su cumplimiento. Lo mismo debe suceder con la ampliación de los presupuestos para el seguimiento, monitoreo y control de los territorios mencionados, así como con lo concerniente a los estudios e investigaciones de dichos riesgos naturales: en Huaraz y zonas aledañas, al igual que a lo largo y ancho del territorio peruano. Todo esto dentro de un Plan de Desarrollo Sostenible, Racional y Equilibrado.

 

 

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