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Domingo 23 de agosto 2020

Historia y recuerdos de la aristocracia Lizarzaburu

Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
Historia y recuerdos de la aristocracia Lizarzaburu
Foto: Difusión

 

En días recientes se han cumplido dos décadas de la partida de mi abuela paterna Lilia Francisca Lizarzaburu Luna Victoria (Trujillo, mayo 18 de 1908 - Lima, agosto 21 de 2000). Esta mención es inspiradora para evocar los orígenes del apellido de una familia distinguida, identificada con la gesta libertaria y el avatar político republicano y, por lo tanto, compartir episodios inéditos.

Éste proviene de la antigua Villa Lizarza, en un estrecho desfiladero ubicado al Sur de Tolosa y regada por el río Araxes, en la provincia de Guipúzcoa. Una de las tres que componen la comunidad autónoma del País Vasco (España). Allí tiene sus inicios la casta de este apellido que, con el transcurrir del tiempo, se llamó “Lizarzaburu”. En la lengua vasco significa “Cabecera de Fresneda”.

Según pesquisas de Edmundo Lizarzaburu Luna Victoria “el primer hidalgo, fundador de este linaje, fue el señor don Gil Martínez de Lizarzaburu a mediados del siglo XIV, en 1386”, quien sirvió al Rey Alfonso XI de Castilla (Salamanca, 1311- Gibraltrar, 1350), llamado “El Justiciero”, en la conquista de Algeciras. En mérito a su hazaña de tomar tres fortalezas, obtuvo autorización para usarlas como blasón en su escudo.

Los primeros “Lizarzaburu” en llegar a América fueron Antonio de Lizarzaburu y Fontana (1695) como capitán del navío “Nuestra Señora del Rosario”-contrajo matrimonio en Chile con Clara de Arbieto de Aranda Gatica- y Alonso de Lizarzaburu y Fontana, Mariscal de Campo que vino al Perú en su calidad de Corregidor de Quijos Canelos y Maynas y, además, Caballero de las Reales Órdenes de Calabria y Montesa (1720).

Ricardo Vargas García refiere en su interesante artículo “Doña Melchora Lizarzaburu y Laines, esposa del presidente de la república coronel Balta”, “al regresar a España el galeón en que viajaban hizo escala en Huanchaco en cuya caleta conoció don Alonso a la linajuda dama trujillana doña Nicolaza de Bracamonte, hija de los marqueses de Herrera y Valle Hermoso, recibiendo como dote las ricas haciendas de Mocollope y Cariaga, Farias y Tutumal. Suspendió así por obras del azar y del amor don Alonso su viaje a la metrópoli estableciéndose en Trujillo con su esposa”.

De este parentesco nació Francisco de Lizarzaburu y Bracamonte, quien se unió en sacramento con María de la Cuadra y Tinoco: padres de José María de Lizarzaburu y de la Cuadra -activo protagonista y prócer de la Independencia Nacional, amigo de Simón Bolívar y valiente vencedor de la Batalla de Atoche (pampas de Paiján)- que se enlazó con Rosa Hercelles. Diversas aseveraciones afirman que él suprimió el “de” en su apellido paterno. Su hermano Pedro de Lizarzaburu y de la Cuadra contrajo enlace con Josefa Laines -descendiente de una antigua consanguinidad- con la que tuvo como única hija a Melchora Lizarzaburu y Laines (1831). Nada hacía presagiar su lugar en la historia al desposarse con José Balta y Montero.

Al respecto, Ricardo Vargas García relata: “…El matrimonio se realizó en la catedral trujillana el 25 de mayo de 1846, en una sencilla ceremonia a la que concurrieran los miembros de la novia, numerosos representantes de la sociedad trujillana y los compañeros de armas del contrayente. El teniente coronel Balta nacido en Lima en 1816 del matrimonio del caballero español don Juan Antonio Balta y de doña Agustina Montero y Casafranca, y habiendo cursado estudios en el colegio militar obtuvo al término de ellos en 1833 el grado de subteniente en el batallón Piquiza”.

Como se recuerda José Balta exhibió una carrera militar exitosa y un desempeño político que acabó con su vida. Luchó contra la intervención boliviana en las batallas de Uchumayo y Socabaya (1836). Fue ministro de Guerra y Marina durante el segundo interinato de Pedro Díez-Canseco (1865) y participó, como comandante de la División del Sur, en el combate del 2 de mayo de 1866, contra la flota española. Ganadas las elecciones, asumió como jefe de Estado el 2 de agosto de 1868. Se tiene presente su gobierno por modernizar la capital y suscribir el contrato Dreyfus (1869), siendo su ministro de Hacienda el futuro caudillo Nicolás de Piérola y Villena “El Califa”.

Su mandato culminó dramáticamente cuando, vísperas de entregar el poder, el 22 de julio de 1872 -después de unas enfrentadas elecciones generales- se produjo el levantamiento de Tomás, Silvestre, Marcelino y Marceliano Gutiérrez para impedir el acceso de Manuel Pardo y Lavalle, el primer presidente civil del Perú (1872-1876). Jorge Basadre Grohmann en su “Historia de la República del Perú” detalla: “…De todos modos, hecho insólito fueron las escenas sangrientas que se sacudieron en Lima a partir del asesinato de Balta y del de Silvestre Gutiérrez. Las explican la violencia y rápida presión de los acontecimientos; el espanto que el dictador y sus hermanos suscitaron y que pareció justificarse con el sacrificio de Balta; la abundancia enorme de braceros atraídos por el ferrocarril andino, gente de hampa; el gesto súbito, sin la menor aura popular, de los Gutiérrez, que aparecían en 1872 como el brote monstruoso y anacrónico de una especie desaparecida”.

Continuando con la genealogía, uno de los hijos de José María de Lizarzaburu y de la Cuadra, Anselmo Lizarzaburu Hercelles, se casó con una señora apellidada Zurita y concibieron dos descendientes: Alselmo y Francisca. Ésta última se enlazó con su tío Antonio Lizarzaburu Linares y formaron un hogar compuesto por María Edelmira y Jesús Elías Lizarzaburu Lizarzaburu (este último nacido el 14 de enero de 1870), quien se casó con Rosa María Luna Victoria Lizarzaburu. Antes de contraer nupcias Jesús Elías tuvo cinco hijos.

De este matrimonio nacieron Olga Edelmira, Lilia Francisca (mi abuela), Antonio, Alfredo Elías, Aníbal Jesús, Tatiana Amparo, María Haydee y Edmundo Romeo y, además, Edelmira y Rosa (tempranamente fallecidas). Vivieron en una hermosa residencia en la céntrica calle Independencia y pasaban ciertas épocas de año en sus fincas en el tradicional pueblo de Santiago de Huamán y la playa Las Delicias.

Históricamente la élite trujillana estaba integrada por un conglomerado de terratenientes, funcionarios, eclesiásticos y comerciantes. Jesús Elías era un hacendado prospero que formaba parte de la aristocracia de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Felipe Cossío del Pomar en su libro “Víctor Raúl – Biografía de Haya de la Torre” hace un recuento de las propiedades y familias más representativas del departamento de La Libertad: “…Han quedado reducidas a respetables extensiones; aún pertenecen algunas a los Bracamonte, los Porturas y Aranda, los Martínez de Pinillos, los de la Puente, los Escurra, los Lizarzaburu, los Linch, los Alegría, los Torres Calderón, etc.”.

En aquella época esta metrópoli albergaba una población aproximada de 900 mil habitantes y un reducido número de familias estaban entrelazadas por afinidades sanguíneas, económicas, sociales y políticas. Dentro de este contexto, Jesús Elías trabó amistad con Raúl Edmundo Haya y de Cárdenas, padre del jefe y fundador del Partido Aprista Peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre. Lilia Francisca solía contarme del cercano vínculo entre ambas estirpes al grado que Jesús Edmundo Haya de la Torre (hermano menor de Víctor Raúl) fue testigo de la boda civil de su hermana Olga Edelmira.

A pesar de la distancia generacional forjé intenso, fluido y cálido trato con mis queridos tíos abuelos Edmundo Romeo, renombrado profesional, sociable, extrovertido y con visibles inquietudes intelectuales y ciudadanas; Tatiana Amparo, una dama impar, de notable prosa, sosteníamos conversaciones literarias e históricas y poseía la generosidad de dedicarme sus poemas; María Haydee, irradiaba nobleza, afabilidad, dulzura y con un vivo apego a la familia. Los llevo siempre en mis añoranzas más profundas.

Estas palabras finales están dedicadas a Lilia Francisca; una segunda madre, un consuelo permanente y un testimonio de entrega genuina hacia su hijo y sus nietos. A ella me seguirán uniendo sentimientos, reminiscencias y lecciones que nutren, acompañan y alientan mí existir. Vienen a la retina de mis remembranzas la sabía expresión de Pitágoras: “Una bella ancianidad es, ordinariamente, la recompensa de una bella vida”.

(*) Docente, consultor en organización de eventos, protocolo, imagen profesional y etiqueta social. http://wperezruiz.blogspot.com/

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