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Miércoles 29 de diciembre 2021

Unas líneas sobre "Nuestro tiempo" de Gustavo Saberbein Chevalier

Por: Ricardo Veisaga
Unas líneas sobre 'Nuestro tiempo' de Gustavo Saberbein Chevalier
Foto:Difusión

 

El doctor Gustavo Saberbein escribió y publicó el libro titulado Nuestro Tiempo: Entre los siglos XX y XXI, editado por la editorial AMC Editores S.A.C. Este libro llegó a mis manos por gentileza del autor, al que agradezco la atención. 
 
La contribución de Saberbein me llevó inevitablemente a mi adolescencia, tiempo en que cayó en mis manos un voluminoso libro titulado: La historia que que he vivido. De Carlos Ibarguren, publicado en 1955, un año antes de su muerte. 
 
Este tipo de libros es difícil de encasillar en un género en particular, pues no se trata de un ensayo político, ni es una autobiografía (autorizada o no autorizada), aunque hay algo de ello. 
 
Pero como lo confiesa el autor mismo: «Escribí este libro para narrar sucesos excepcionales que marcaron mi vida y la de nuestro país en los últimos 75 años. Sucesos propios de un periodo de alto crecimiento urbano y de injusticia en el campo, entre 1945 y 1980.»
 
Este tipo de trabajos nos lleva a una reflexión en las formas en que el pasado es construido desde determinados relatos históricos, quienes los relatan, que imágenes y representaciones construyen, y que universo de valores y formas de clasificación de lo social nos refleja. Y las preguntas que alguna vez las había formulado el maestro Domingo Faustino Sarmiento, ¿de dónde venimos? Y a ¿dónde vamos? 
 
Y que siguen estando más vigentes que nunca, y formularlas desde nuestra realidad iberoamericana es doblemente difícil y dolorosa.
 
Tampoco es un libro de historia y de memorias, aunque la memoria juega un papel en la historia. 
 
Aquí debo hacer una distinción fundamental y necesaria entre la Historia, como conocimiento más o menos científico de la historia y la llamada «memoria histórica», tan manipulada por los progres e izquierdistas.    
 
Porque la «memoria histórica», en lo que tiene de memoria, es un proceso estrictamente individual, «biográfico» (como ejercicio del que recuerda), y, por tanto, no puede ser llamado histórico (en el sentido de la Historia), más que por metonimia, a saber, cuando desde la Historia, ya organizada (en gran medida por la «asimilación» y selección y desecho de relatos y reliquias conservadas por las memorias individuales), algunos de los contenidos de una memoria individual pueden tomar contacto con la Historia científica, en el mejor caso.
 
Pero la Historia (cuando, en el mejor caso, es científica) ya no es asunto de memoria, sino de contrastes de memorias y de muchas otras cosas, llevadas a efecto por el entendimiento o por la razón, cuando trabaja contrastando recuerdos personales, comparando reliquias y relatos según líneas sistemáticas característico.
 
Pero estos contrastes o composiciones (que también las hace a su modo y manera quien ejercita su memoria individual al recordar, por ejemplo, otros relatos de otras personas que contradicen o corroboran el suyo propio) no van dirigidos exclusivamente a «depurar» los contenidos de verdad que ellos puedan conservar.
 
La Historia no se diferencia de la memoria únicamente porque (se supone) ya ha depurado mediante la «crítica histórica», los recuerdos (reliquias y relatos), desde el punto de vista de su verdad, sino porque ella se mueve a otra escala. 
 
Si se prefiere, mantiene otra perspectiva, a saber, la perspectiva del pasado común o pretérito perfecto, y no la perspectiva del presente, de los presentes particulares, individuales o partidistas.
 
Y esta diferencia «de escala» (que diferencia la Historia de la «memoria histórica», incluso una vez depurada en cuanto a la verdad o la falsedad de los relatos) es la que obliga a distinguir la idea simple y confusa a  través de la cual se equipara la Historia pretérita común con la memoria o las memorias individuales, aun «contrastadas y verificadas», y que en cualquier caso hay que suponer incorporadas a la Historia común, pero también cuando la verificación haya calificado el relato como una patraña, como falso, siempre que haya tenido concatenación histórica.
 
Cabe ilustrar el alcance que damos a esta «diferencia de escala» entre la memoria individual y la Historia indicando un paralelo de esta diferencia con la que media entre una célula y un organismo pluricelular (por ejemplo, el organismo humano, con su cerebro, piernas, brazos, estómago y pulmones). Quien armado de un microscopio, intenta entender las líneas que definen el organismo humano tanto sus líneas anatómicas como sus movimientos y su conducta, advertirá muy pronto que no puede entender nada.
 
Si mira el cerebro con el microscopio, verá miles y miles de células e incluso penetrará  muy en detalle en la estructura de una neurona determinada; pero no podrá ver el cerebro por la sencilla razón de que el cerebro no es una célula, ni siquiera una célula de células, aunque este compuesto de ellas.
 
Ni el organismo humano, aunque este compuesto de sesenta billones de células –de las cuales mueren seis mil millones cada dos minutos y nacen otras tantas-, es una célula, y por tanto no puede ser «percibido» por el microscopio óptico, y menos aún por el microscopio electrónico.
 
Tampoco la Historia del Hombre, o la Historia de un segmento de esa Historia (por ejemplo, el constituido por la Historia de España), pueden percibirse a escala de las memorias individuales, aun en el supuesto de que ellas estuviesen incorporadas en la «Historia global».  
 
No es tan fácilmente explicable el interés sostenido por el pasado por parte de quienes no son historiadores profesionales. Difícilmente la explicación puede venir por la vía psicológica de la llamada «memoria histórica». Porque la memoria, en cuanto facultad orgánica, no puede llegar más atrás de donde llega el organismo, es decir, hasta la fecha de su nacimiento, a lo sumo, hasta la fecha de la formación del cigoto. La Historia es obra del entendimiento (como capacidad de juzgar) y de la razón, no de la memoria ni de la imaginación.
 
El mismo Carlos Ibarguren decía al respecto de su libro: «Mal encaja esta obra en el género de las memorias. Ni el plan que acompaña, casi por capítulos, a las presidencias argentinas, ni el intento más amplio que el de narrar solo los hechos tenidos por testimonio personal y directo, ni el protagonista encarnado en la patria antes que en el autor, recuerdan al género.»
 
El libro de Saberbein, tiene historia sin ser un trabajo histórico, nos impregna de economía y de política, sin pretender ser un ensayo económico ni político. Tiene mucho de biográfico, pues nos lleva por su infancia, los amigos, los años de formación educativa, su viaje de estudios a Francia, el retorno a la patria, la función pública, el acceso a los círculos del poder, y finalmente su exilio a Estados Unidos. Lugar desde donde se ocupa y se preocupa por la situación de su país de origen.
 
En definitiva es un libro testimonial, de alguien que lo vivió desde una perspectiva individual, personal, y desde un lugar político y social sumamente especial. Es decir, que es un testimonio de su propio tiempo, que también es el nuestro, porque todos somos, inevitablemente, hijos de nuestro propio tiempo. El pasado es la clase de acontecimientos que «influyen» en nosotros, pero no recíprocamente, y el pasado se genera por la muerte.
 
En cambio el «presente» es el campo de los acontecimientos ligados por relaciones de reciprocidad en cuanto a la transitividad de la comunicación. El presente está siempre inmerso en una época, y una época es, generalmente, una sucesión de presentes. Al presente podría dársele el radio (tomando como centro nuestra generación) de un siglo, pues más o menos ocupan un siglo los hombres vivos que influyen sobre mi generación y aquellos en los que mi generación influye.
 
Mientras que en un pasado no muy lejano cabía todavía encontrar «tierras vírgenes» (y no sólo en el sentido geográfico: también en el histórico, lingüístico, político, etc.), es decir, tierras no roturadas por las tecnologías o por las ciencias positivas, en nuestro presente esto es prácticamente imposible. 
 
Todas las partes de nuestro mundo están conceptualizadas (con mayor o menor rigor, sin duda) mediante conceptos tecnológicos o científicos, y, por tanto, sólo a través de los conceptos, podemos, en nuestro presente, enfrentarnos con nuestro mundo de un modo crítico (una crítica que puede afectar, desde luego, a los propios conceptos).
 
Nosotros, salvo que practiquemos la poesía, no podremos hablar ingenuamente del agua como lo hacía Tales de Mileto; el agua de nuestro mundo está conceptualizada por la ciencia física y química. Se comprenderá, según esto, la pertinencia de tomar a «nuestro presente» como criterio para diferenciar las diversas maneras según las cuales puede entenderse la filosofía, en función precisamente a como estas diversas maneras se refieran al presente. 
 
El futuro es la clase de acontecimientos en los cuales nosotros podemos «influir» pero de suerte que ellos ya no pueden influir sobre nosotros.
 
El tiempo de Gustavo Saberbein, que también es el nuestro, está ubicado en un determinado tiempo y espacio histórico-político configurado por las luchas imperiales. El mundo político que nos toca vivir está repartido en Estados, y hay algunos Estados que su radio de influencia se pone necesariamente por encima de otros Estados, estos son los imperios diapolíticos, y que en la ontología llamamos «ego trascendental», que no son egos psicológicos personales o diminutos. Que en lenguaje estrictamente político son los imperios universales.
Imperios capaces de roturar gran parte del mundo y condicionar la vida de gran parte de la totalidad de Estados. Y por tanto van construyendo la historia. 
 
A principios del siglo XX se va a dar las luchas imperiales, que van a reconfigurar el mundo político del momento. La caída del imperio otomano, el imperio ruso, y que Lenin apoyado por las potencias enemigas a Rusia en pugna, producto de la dialéctica de imperios, van a tomar la rusa zarista, dando lugar a un nuevo imperio, un imperio marxista-leninista, la Unión Soviética, la patria del socialismo realmente existente.
 
Al final de la Segunda Guerra Mundial y con el inicio de la Guerra Fría, nos vamos a encontrar inmersos dentro de la lucha imperial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ningún lugar de la tierra va a ser ajena a esta. 
 
Tampoco Iberoamérica fue ajena a esta disputa, y el Perú de enorme importancia política, histórica, económica y cultural durante el imperio español, que luego de ese glorioso pasado se convertirá, en virtud de la dialéctica de imperios (nuevamente), en una nación política, tampoco será ajena al enfrentamiento entre el imperio soviético y el estadounidense.
 
Las izquierdas políticas representadas por la comunista Unión Soviética, quinta generación de izquierdas, y el comunismo asiático o maoísmo, sexta generación de izquierdas, en ese momento enfrentados por la hegemonía de la izquierda mundial, actuaban por medio de grupos guerrilleros, o movimientos populares, como es el caso del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), que fue una organización armada marxista-leninista fundada en 1982.
 
Emprendiendo acciones en julio de 1984 y formando parte de la época del terrorismo en Perú, considerado como una organización terrorista por el gobierno peruano y por los Estados Unidos. El MRTA realizó asesinatos selectivos, emboscadas y atentados con coches bomba contra las instituciones armadas del Estado (el ejército y la policía). En paralelo funcionaban grupos del MRTA uniformados en las regiones de la selva alta peruana.

El MRTA reivindicaba sus acciones e incurrió en acciones terroristas y criminales como asesinatos, secuestros, daño a la propiedad privada y pública, torturas, extorsión y robo. 
 
Esta organización fue liderada por su fundador Víctor Polay Campos hasta su recaptura y encarcelamiento en julio de 1992, su segundo era Peter Cárdenas Schulte, jefe de los llamados comandos especiales del MRTA.

Luego de la captura de Polay, asumió como líder Néstor Serpa Cartollini hasta su muerte en la Operación Chavín de Huántar el 22 de abril de 1997, cuando una acción militar realizada por el Comando Chavín de Huántar de las fuerzas armadas peruanas recuperaron el control de la Embajada japonesa en Lima tomada por asalto el 17 de diciembre de 1996 por un comando de 14 emerretistas, liderados por el mismo Serpa Cartollini.
 
Al inicio del siglo XXI esta organización se encontraba desmantelada en el plano militar, algunos de sus ex integrantes se organizaron en una nueva agrupación política, Julio César Vásquez Vásquez, alias «Camilo Reyes», fundó la organización Fuerzas Armadas Revolucionarias-Ejército Popular Tupacamarista (FAR-EPT), la cual se considera heredera del MRTA, posee el mismo corte ideológico marxista-leninista que este y usa sus mismos símbolos. 
 
Otra de las tareas encubiertas que realizó esta organización política, fue de infiltrarse en organizaciones civiles de la izquierda política.
 
El otro grupo célebre fue Sendero Luminoso, de tendencia maoísta, aunque ignorado por los chinos, que apelaban a métodos verdaderamente crueles, pero no vamos a hablar de ellos. Si del MRTA. La toma de la embajada de Japón en Perú, tuvo un testigo directo, históricamente privilegiado, además de víctima, al doctor Gustavo Saberbein, quien nos relata de manera pormenorizada todo lo ocurrido durante esos dramáticos días, y nos ofrece su propia hipótesis, respaldada en argumentos evidentes:

«Algo que me llamó la atención durante los cinco días que fui rehén del MRTA fue no ver ningún militar (…)».

«No me encontré con ningún general de brigada ni de división del Ejército Peruano, ni con sus correlatos de la Marina de Guerra del Perú ni de la Fuerza Aérea Peruana. Según mi experiencia, ellos, como militares que son, siempre llegan a las reuniones a la hora exacta y no faltan. Algo extraño, muy extraño. Tampoco vi al presidente de facto Alberto Fujimori, quien no faltaba ni llegaba tarde a las celebraciones del nacimiento del Emperador del Japón.

Me pregunté sobre la razón de esto y no hallé una respuesta hasta que, liberado del secuestro y con el correr del tiempo, me informaron que los militares de alto rango, que tradicionalmente son invitados a las grandes celebraciones en las principales embajadas, no llegaron a la hora exacta a la organizada por el embajador del Japón porque antes habían estado, durante una hora, en una despedida del agregado militar de la embajada de Chile y se dirigieron a la residencia del Embajador del Japón, pero no pudieron entrar porque el MRTA acababa de iniciar su secuestro.

Todo esto me lo contó un militar, amigo mío, que creyó esta versión.

-Qué suerte -me dijo- que esos militares de alto rango, ni tampoco Fujimori, estuvieron durante el secuestro del MRTA.

-¿Que rango tenía el militar que despedían en la Embajada de Chile? –le pregunté, mirándole a los ojos.

-Coronel del Ejército- me respondió

-Eh –le volví a preguntar-, ¿desde cuándo los militares peruanos asisten a las despedidas de militares de rango inferior?

-Ah caramba –titubeó-, tienes razón, a lo más podrían haber ido, excepcionalmente, los generales de brigada EP, pero no los de división, ni sus similares de las otras armas militares.
-Claro pues –le dije, ahora con la voz más alta-, lo que te han dicho es un cuento, me parece que ellos ya sabían de la posibilidad del asalto armado a la residencia del Embajador del Japón y por eso no asistieron puntualmente a la invitación y a eso se debe también que Fujimori nunca llegara. Ahora sí todo cierra –acoté.

-Mira -añadí-, examina esta posibilidad. Montesinos ya sabía de este asalto y secuestro del MRTA y en acuerdo con Fujimori lo usaron para recuperar popularidad y seguir perpetuándose en el poder.» 
 
Páginas 401-402. Nuestro Tiempo. Entre los siglos XX y XXI. Gustavo Saberbein.
 
En esa confrontación entre imperios, que mencionaba antes, Perú, como todos los países de Iberoamérica, tuvo que vivir la peor versión del capitalismo, el neoliberalismo. 
 
El Estado peruano (su clase dirigente) tuvo que tomar decisiones que muchas veces no fueron populares y que además, afectaban a muchos intereses. 
 
Por eso nuestros juicios deben ser mesurados, menos apasionados y dejar que la historia con posterioridad (alejado de las pasiones) nos den su justa medida.
 
Libros como «Nuestro Tiempo» tienen una enorme importancia para poder entender las vicisitudes políticas de nuestros países iberoamericanos. Más allá de que estemos de acuerdo o no con la visión del autor, pero que tiene el valor testimonial de alguien que estuvo transitando los pasillos del poder. 
 
Para los peruanos es importante la lectura de este libro, porque es una herramienta que usa el historiador, como lo son los relatos y las reliquias, depurándola para poder exponer una historia objetiva.
 
Pero, para los hispanos que vivimos en Estados Unidos, que tenemos como herencia la lengua del castellano o español, también. 
 
Personalmente, sostengo que el castellano o español, es una lengua de pensamiento, y que en este país, no lo es y si en el futuro se da, será en pequeños grupos o de manera individual. 
 
Un libro escrito en español es una manera de contribuir a que se ejercite el castellano como lengua de pensamiento, además de incentivar a quienes pueden contribuir con su testimonio personal, a publicar y dar a conocer lo que le ha tocado en suerte vivir.
 
Finalmente agradecer al autor por compartir su testimonio personal, las peripecias vividas, los atentados personales y de su entorno familiar, que tuvo que enfrentar por mantener una militancia, por sostener una visión que consideraba necesaria para la eutaxia del Perú.
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