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Domingo 10 de junio 2012

Sancionando a Irán

Por: Farid Kahhat.
Sancionando a Irán
Foto: teinteresa.es

Si la combinación de mayores sanciones, operaciones de sabotaje y amenazas militares bastará para obligar al Estado iraní a hacer lo que la OTAN espera de él (evitando por ende un posible conflicto armado), es una pregunta distinta. Pero es la pregunta fundamental, y nadie conoce con certeza la respuesta.

Los hallazgos de la investigación académica sugieren que las sanciones económicas rara vez consiguen los fines que se proponen. Pero habría que identificar con precisión esos fines antes de estimar la eficacia relativa de un régimen de sanciones. Por ejemplo, cuando voceros del gobierno estadounidense argumentan que la abrupta devaluación de la moneda iraní probaría la eficacia de las recientes sanciones contra el Banco Central de ese país, están confundiendo los fines con los medios: infligir un costo a la economía iraní es un medio para forzar cambios en la política exterior y de  defensa de Irán, y no un fin en sí mismo. En ausencia de un cambio de políticas, las sanciones se tornan un medio no sólo ineficaz, sino además potencialmente criminal por sus efectos sobre la población civil. Si no recordemos el informe de Unicef, según el cual el régimen de sanciones impuesto sobre Irak provocó entre 1991 y 1998 la muerte de medio millón de niños, sin modificar en el proceso las políticas del gobierno iraquí.

Al igual que en Cuba, las primeras sanciones contra Irán fueron de carácter comercial, y tuvieron un efecto paradójico: para sortear el efecto de las sanciones comerciales, el gobierno iraní concedió a empresas públicas un papel prominente en operaciones de contrabando y de mercado negro. Contando con un acceso restringido a esas opciones, fueron las empresas privadas y los consumidores quienes pagaron buena parte del costo de las sanciones. Lo cual explica por qué empresas vinculadas no sólo al gobierno, sino además a los servicios de seguridad (como la Guardia Revolucionaria), dan cuenta hoy de más de 40% del producto iraní, y segmentos de la población dependen de transferencias y subsidios gubernamentales para subsistir. Es decir, los posibles contrapesos al poder del Estado desde una perspectiva liberal (V., la empresa privada y la sociedad civil), vieron erosionada su capacidad de negociación como consecuencia de las sanciones.

Por lo anterior, las sanciones subsecuentes (aprobadas tanto por los Estados particulares como por el Consejo de Seguridad de la ONU), se focalizaron en las empresas e individuos vinculados al régimen que se beneficiaron de las sanciones iniciales. Estas tuvieron un mayor efecto sobre las finanzas del régimen iraní, pero no lo suficiente como para forzar cambios en varias de sus políticas de Estado, y en particular en su programa nuclear. Por eso ahora la Unión Europea contempla la posibilidad de dar un paso que había sido renuente a adoptar hasta ahora: reducir sus importaciones de petróleo iraní. A ello se suman las recientes sanciones aprobadas por los Estados Unidos contra el Banco Central de Irán, y contra empresas que tengan tratos con él. Esas sanciones también tienen como blanco la industria energética, dado que el Banco Central gestiona la mayor parte del comercio en petróleo y gas del país. En cualquier caso, el efecto no sería inmediato: de aprobarse el embargo petrolero por parte de la Unión Europea y hacerse efectivas las nuevas sanciones aprobadas por los Estados Unidos (el presidente tiene la prerrogativa de posponer su aplicación), recién entrarían en vigencia hacia mediados del presente año.

La razón por la cual ambos actores eran reacios a adoptar medidas más severas contra la industria energética iraní es obvia: con la Unión Europea en recesión y con los Estados Unidos atravesando una recuperación anémica, lo último que necesitan es un alza significativa en los precios del petróleo. Pero el propósito de las recientes sanciones no es restringir la oferta de petróleo y gas de Irán (lo cual provocaría esa alza), sino reducir el ingreso que el Estado iraní percibe por exportar esos recursos. La idea es que el petróleo y gas que Europa dejaría de importar de Irán sea compensado por un incremento en la oferta de países como Arabia Saudita y Libia (Arabia Saudita porque comparte el objetivo de reducir la influencia regional de Irán, y Libia porque requiere de recursos adicionales para la reconstrucción de posguerra). ¿Por qué ello reduciría los ingresos del Estado iraní? Porque este necesitaría buscar mercados alternativos que, como el chino, están ya cubiertos con sus actuales niveles de importación, y porque las sanciones penderían cual espada de Damocles sobre aquellas empresas que hagan negocios con Irán. En esas circunstancias, quienes compren el petróleo y gas que Irán dejaría de vender a Europa (20% de sus exportaciones totales), exigirían a cambio un descuento sustancial en los precios de venta.

Suponiendo que ese plan funcione, tendría un mayor impacto sobre la economía iraní (tanto pública como privada), que las sanciones aplicadas hasta ahora. Si la combinación de mayores sanciones, operaciones de sabotaje y amenazas militares bastará para obligar al Estado iraní a hacer lo que la OTAN espera de él (evitando por ende un posible conflicto armado), es una pregunta distinta. Pero es la pregunta fundamental, y nadie conoce con certeza la respuesta. (Fuente: Bajo la Lupa)

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